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Prim
Capítulo XIV

de Benito Pérez Galdós



Y no disimulaba su júbilo al decirlo. Si la revolución era necesaria, inevitable, mientras más pronto viniera, mejor. Y sin sangre no había de venir, porque las revoluciones nutridas con horchata o zarzaparrilla criaban ranas en el estómago de los pueblos... Los ateneístas más impacientes por regresar a sus domicilios dejaron pasar algún tiempo, y en tanto planeaban itinerarios extravagantes. Hombre hubo que para ir a la calle de Atocha, discurrió tomar la vuelta grande del Retiro. A última hora quedaban pocos en la docta casa, comentando los hechos y reconstruyéndolos conforme a datos fidedignos. Por la calle de Sevilla y Carrera de San Jerónimo había pasado la tragedia, dejando en las baldosas huellas de sangre. Los que allí perecieron, no eran gente díscola y bullanguera, sino pacíficos señores que en nada se metían; iban a sus casas; salían del Casino o del café de la Iberia, pensando en todo menos en su fin inminente... En el pasillo grande del Ateneo permanecían dos corrillos de trasnochadores. El más nutrido y bullicioso ocupaba el ángulo próximo a la puerta del Senado; allí analizaban la bárbara trifulca un antillano llamado Hostos, de ideas muy radicales, talentudo y brioso; otro americano, don Calixto Bernal, diminuto, maestro y apóstol de las cuestiones coloniales; Manuel de la Revilla, grande espíritu en un cuerpo mísero; Luis Vidart, artillero, filósofo, escritor, poeta... y otros. En el segundo corrillo, junto a la entrada de la Biblioteca, Tubino, Fulgosio, Moreno Nieto, y unos cuantos jóvenes que en aquel nido de la inteligencia se criaban para la oratoria y la política, embriones de afamados repúblicos, determinaron que la consecuencia inmediata del sangriento motín era la crisis... ¡crisis total! En el Salón de Lectura sólo quedaba una persona, gravemente silenciosa y abstraída, los ojos clavados en una revista extranjera, y el espíritu a mil leguas de las sangrientas colisiones de aquella noche nefanda... Algunos del corro primero se acercaron a la puerta del Salón, movidos de curiosidad, y vieron la figura menuda, melancólica y calenturienta de Tristán Medina.

Estruendoso fue el vocerío de los partidos, de los periódicos, del ciudadano alto y bajo. Desatada la opinión sectaria, gente había que deploró no fuera mayor el número de muertos. Hablaban los madrileños en los cafés y en medio de la calle con un ardor que revelaba el desasosiego del cuerpo social. Transcurridas las vacaciones de Semana Santa, desfogaron en el Senado los hombres públicos, aprovechando la mejor ocasión que podía ofrecérseles para tirar certeros chinazos a la frente del Gobierno. Prim, Gómez de la Serna y don Cirilo Álvarez pronunciaron tremendos discursos. El más hermoso fue el de Ríos Rosas en el Congreso. Uno tras otro, disparó contra los responsables del suceso de la noche del 10 (que bautizada quedó con el nombre de San Daniel), los más formidables cantazos que recibieron en todo tiempo cabezas ministeriales; y como en el pasaje más ardiente, al llamar con voz de trueno miserables instrumentos a los guardias de la Veterana, le soltase la mayoría la rutinaria muletilla que se escriban esas palabras, se revolvió como un tigre, y estampó con un manotazo esta respuesta grandiosa y clásica en la frente de la Representación nacional: «Si no fueran mías, pediría que se esculpieran». González Bravo, con titánico esfuerzo de su fecundo numen oratorio, pronunció diez y ocho discursos en las dos Cámaras.

De algunos incidentes lamentables del día 10 quedó memoria por mucho tiempo. El respetable ministro don Antonio Benavides, que vivía en la calle de Carretas y salió tranquilo de su casa, fue atropellado por los guardias en los momentos de mayor confusión y barbarie. A la misma hora, pasaba en su coche por la Puerta del Sol el ministro de Fomento, don Antonio Alcalá Galiano, y fue tal su emoción al oír los silbidos y ver el tumultuoso y amenazador oleaje de la plebe iracunda, que ya no volvió a su ánimo la tranquilidad. A los pocos días murió casi repentinamente de un ataque apoplético. Así acabó aquel maestro de la oratoria, en su juventud ardoroso evangelista de la Libertad. Su muerte fue, en cierto modo, una muerte obscura; pues apagada estaba ya su fama mucho antes de que llegara la última hora de su existencia honrada, voluble, y al fin más prestigiosa en la esfera literaria que en la política.

Desfilaban sobre la memoria de estos acontecimientos las horas grises y los días insulsos, y el bueno de Beramendi entretenía sus ocios con el arte, y singularmente con la música. Dos o tres noches por semana iba Rodrigo Ansúrez a casa de su protector; admiraban sus adelantos Guelbenzu, Monasterio y no pocas damas que en el arte veían el más noble de los lujos. Se improvisaban conciertos amenísimos; tocaban Monasterio y Rodrigo con Guelbenzu admirables sonatas clásicas de violín y piano, y una baronesa muy linda cantaba como los ángeles. En la vaguedad de su solitario pensamiento, relacionaba el soñador Beramendi la música de Beethoven y Mozart con la Historia lógico-natural del eminente compositor Confusio, y descubría entre uno y otro arte semejanzas notorias, que saltaban a la imaginación y al oído.

Una tarde, el Marqués dijo a Confusio: «Necesito dilucidar un punto obscuro de Historia fea y prosaica, que todo no ha de ser Historia estética y soñada. ¿No me has dicho que en tu casa de huéspedes vive ese Carlos Rubio, redactor de La Iberia? Es amigo mío. Quiero hablar con él. Haz por traérmele mañana. Procura desinfectarle, pues ya sabes que es tan grande su suciedad como su talento. Aquí estuvo una tarde, y mi mujer, al verle salir, me llenó la casa de sahumerios». Volvió Santiuste al día siguiente, despachado el encargo. «El amigo Carlos Rubio salió para Valencia, digo, para Alicante. A punto fijo no se sabe para dónde ha salido. Llevaba por equipaje su capa llena de remiendos, y unas prendas de ropa envueltas en un número de La Iberia.

-Coincide -dijo el Marqués-, la desaparición de Carlos Rubio con la de Manolo Pavía. La tirada de patos en la Albufera es un hecho. Allá estará Prim cazando, dígase conspirando. ¿Y qué regimientos y batallones se han comprometido?».

Alzando sus miradas al techo, expresó Santiuste del modo más significativo su ignorancia de todo acontecimiento sedicioso, pues en su Historia, para él la única verdadera, no se sublevaba el ejército. La palabra pronunciamiento sólo figuraba ya en el Diccionario como arcaísmo, a disposición de los pedantes. Aquel mismo día comprobó el Marqués la salida de Prim y de Lagunero para la cacería, y observó en algunos progresistas caras de ilusión. No había pasado una semana, cuando recibió una esquela de Teresa Villaescusa, pidiéndole entrevista para hablarle de un asunto reservado y de mucho interés. ¿Interés para quién? Para ella, sin duda. En la carta, que era un dechado de mala ortografía, decíale que no se determinaba a visitar al señor Marqués, porque podría la señora Marquesa escamarse, etcétera... Le haría el señor don José un gran favor pasándose a tal hora por la casa de su madre de ella, doña Manuela Pez.

Pues allá se fue el hombre con la conciencia tranquila y sin otro estímulo que el de la curiosidad, pues nunca tuvo devaneos con Teresita, ni temía caer en sus bien tendidas redes. La encontró muy guapa, todavía un poco marchita de las resultas de su grave enfermedad, o quizás desmejorada por recientes amarguras. Pero con su palidez y pérdida no muy sensible de carnes, conservaba Teresa hechizos imponentes, y un juego de ojos que daba la desazón al más austero. Solos en la sala, bien apañada de muebles incómodos, de floreros hórridos y candelabros siniestros, dio principio la pobre mujer a la exposición de su asunto. Los tropiezos de la cortedad iban desapareciendo a medida que entraba en materia, y llegó al dominio completo de la dialéctica y a una dicción fluida, como la que un experto letrado que informa ante la Audiencia.

He aquí el triste caso: González Leal estaba tronadísimo. Gastando con exceso sus rentas, había tenido que desprenderse de las fincas rústicas y de las casas que heredó de sus padres. La pícara afición a caballos y coches, el juego, de añadidura, fueron las primeras causas del desastre. Luego vinieron otros despilfarros y calaveradas... Al llegar a este punto, afinó Teresa su elocuencia y enardeció su acento para decir: «No haga usted caso, señor Marqués, de la calumnia indecente que me atribuye a mí la ruina de Leal... que si mi lujo... que si lo que gasto en tocador y en perfumes... que si mis vestidos, que si mis alhajas... No, señor Marqués: como Dios es mi padre, no he sido yo quien se ha tragado, así lo dicen, todo aquel caudal tan saneadito... ha sido él: los caballos de él, los malditos faetones, el juego, señor Marqués; las comilonas de tanto y tanto amigo en el soto de Rebollar... ha sido también la política y la conspiración, porque... verá usted... era un chorro continuo... Tanto para tal periódico... tanto para imprimir discursos... tanto para un almuerzo a donde iban los patriotas con hambre atrasada... tanto para los presos o deportados... tanto para la corona fúnebre que se había de poner a las víctimas... tanto para el viaje de este conspirador, o para la familia del condenado a muerte... En fin, señor Marqués, que no he sido yo, no he sido yo, se lo juro: tan cierto, como que le pido a Dios la salvación de mi alma. Me acosan con calumnias, malos decires y falsos testimonios. Es la envidia, señor, que no desmaya, que no perdona...».

Suspiró Beramendi; tomó aliento Teresa, prosiguiendo así: «Hemos llegado, señor mío, al ahogo constante, y a no tener ni un día ni una hora de sosiego... Si en poco tiempo se acabaron los bienes, más pronto se acabó el crédito... Comprenderá usted la situación, aunque nunca se ha visto en ella... ni quiera Dios que se vea... Aunque hablando a usted con toda sinceridad, no tengo vocación de pobre, ni puedo aceptar sin violencia tantas privaciones y afanes, no quiero abandonar a Leal... ¿Verdad, señor Marqués, que no puedo ni debo? No: él ha compartido conmigo su bienestar; compartiré yo ahora con él la pobreza... De Valencia he venido hace dos días para arreglar un asunto de Leal, y allá me volveré en cuanto lo arregle... ¿Será un atrevimiento mío contar con la bondad de usted?...». (Pausa.) ¿Qué era, señor? Pues muy sencillo. Teresa puso en su lenguaje toda la caridad del mundo para enterar al caballero del terrible atascadero en que se veía. «Entre los acreedores de Leal, hay uno, señor Marqués, uno, el más molesto diablo de la usura que Satanás echó sobre la pobre España. Después de habernos sacado por réditos y capital como seis veces lo que prestó hace dos años, ahora, con un pagaré que Leal y yo firmarnos y que no se le ha podido pagar, quiere quedarse con todos mis muebles. Le advierto que por ocho mil cochinos reales declaramos haber recibido diez mil; y en fianza los muebles, que me han costado más de dos mil duros. ¿No es esto robar? Por la Virgen Santísima, ¿no es una infamia que venga ese tío ladrón y me embargue y me desvalije?... Pues ahora me falta decirle que ese verdugo, ese asesino y chupador de sangre, es un empleado en Gobernación llamado Telesforo del Portillo... El señor Marqués le conoce bien: es feo, con bigote de charretera, y ojos de carnero moribundo.

-Ya: dijera usted Sebo, y le habría reconocido más pronto.

-Ajajá... Sebo le llamaban cuando era de la policía. De poco acá presta dinero. Él dice que el dinero es suyo. ¡Sabe Dios de quién será!

-Dios lo sabe; pero no lo dice. El infierno pone el dinero de la usura en manos escondidas, hipócritas. Con esas manos se santiguan muchos que pasan por personas honradas y piadosas. En fin, a usted le han dicho que yo tengo influencia sobre ese bárbaro Sebo... Es verdad que la tengo, y que la emplearé en hacerle desistir de atormentar a usted... ¿Es eso todo lo que esperaba de mí?

-¡Ay, señor!-replicó Teresa balbuciente y medrosica-: es algo más. Yo... yo... sabedora de que Sebo es para usted como un perro... me atrevía... perdone... a esperar de usted que a más de ese favor me hiciera otro... Decir a Sebo que se resigne a cobrar más adelante... Leal espera una herencia... y que no nos fastidie, que nos dé otros diez mil reales, sin descontarnos nada, con rédito más cristiano que el tres mensual... y a pagar cuando se pueda».

Conquistado por la intensa amargura con que Teresa relataba su suplicio, y también por la belleza de la prójima, que belleza y desdicha combinadas no hallan resistencia en ningún corazón hidalgo, le hizo Beramendi formal promesa y casi juramento de acudir a su cuita y dejarla resuelta al día siguiente, con o sin Sebo... Y fue tan vivo el júbilo de la mundana, que casi llorando intentó besar las manos a su caballeresco favorecedor. Atajó este la demostración, así como el ponerse de rodillas, y Teresa hubo de limitarse a dar suelta a su gratitud con estas nobles palabras: «Ya me decía el corazón, señor Marqués, que usted no me dejaría desesperada en manos de ese bandido. Yo he pasado en Valencia y aquí las mayores angustias, discurriendo a quién volvería mis ojos... ¿A quién, señor?... Un día y otro día fui muy devotamente a la Virgen de los Desamparados, y de rodillas me pasaba las horas muertas pidiéndole que me sacara de penas. Confiaba en la Virgen, porque como yo le había regalado todas mis alhajas cuando salí de aquella maldita enfermedad, pensaba que en alguna forma me las devolvería... Nada, señor; no conseguí nada. Y aquí, en cuanto llegué, me fui a la Virgen de la Paloma... Siempre le tuve devoción... Pues nada, señor; nada... Hasta que me entró de repente una idea... y sin saber cómo pensé en el Marqués de Beramendi, y dije para mí: 'Dejémonos de vírgenes, y vámonos a los caballeros...'.

-¿Y quién le dice a usted, incrédula, que la de la Paloma, de quien soy yo también muy devoto, no le inspiró la idea de venir a dar conmigo y contarme su conflicto?

-Es verdad, señor: así fue. Ahora caigo en ello...



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