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Prim
Capítulo XIII

de Benito Pérez Galdós



Movidos los estudiantes de un pensamiento generoso, que era proyección del pensamiento general, resolvieron obsequiar con una serenata al Rector saliente. Pedido y otorgado por el Gobernador el necesario permiso, se dispuso la música para las nueve de la noche, y un público espeso acudió a la calle de Santa Clara con bullicio y animación de fiesta. Si la serenata era en aquella ocasión un acto corriente y usual como otros de la misma índole y objeto, ¿por qué a presenciarla y a gozar de ella acudía tan inmenso gentío? Beramendi, que con su amigo Guillermo de Aransis asomó las narices por las inmediaciones del teatro de Oriente, sin otro móvil que curiosear, dijo así: «Cuando un pueblo tiene metido el motín en el alma, basta que se reúnan diez y seis personas para que salgan diez y seis mil a ver qué pasa».

No obstante, motivo no había para temer desórdenes... De improviso vieron los amigos que se arremolinaba la multitud. A la claridad de los farolillos de los atriles, junto a los cuales estaban los músicos, algunos con la boca pegada ya a los instrumentos, se vio que los guardias de seguridad mandaban suspender la tocata... ¡A enfundar los instrumentos, a recoger los atriles, y a casa todo el mundo! ¿Serenata dijiste? No fue mala la que dieron los silbidos de la muchedumbre, el maldecir a la política, y el prorrumpir hombres y mujeres en soeces injurias contra el Gobierno. Resguardáronse Beramendi y Aransis del empuje de la turba enojada, que retrocedía enroscándose como culebra, y arrimados estaban a la pared, no lejos de la calle de la Escalinata, cuando se les plantaron delante dos mujeres gritando y manoteando. Eran las Hermosillas, dos hermanas de vida airosa o aireada, guapas: la mayor, Rafaela, ya marchita; Generosa, todavía bien redondeada. En su vivir azaroso, vestían a la moda señoril o a la de pueblo, según el estado de su voluble hacienda. Aquella noche iban en la forma más achulapada; habían salido de sus madrigueras con la idea de que era noche de libertad y palos. En los barrios del Sur eran conocidas con el apodo de las Zorreras, por ser hijas de un fabricante y vendedor de zorros que figuró en la revolución del 54. A Guillermo de Aransis conocía la mayor, por pasajeros tratos, y con Beramendi había tenido Generosa algún encuentro no casual, grato sí, pero pronto olvidado.

Abordaron a los dos caballeros sin miramiento alguno, saltando de golpe enorme distancia social, y Rafaela interpeló a Guillermo en los términos de la mayor confianza... En tanto, Beramendi les decía: «¿Qué hacéis aquí, oh mujeres del bronce? ¿No teméis que os estrujen?

-Ya estamos bastante estrujadas.

-¿Y que os pisen?

-¡Más pisadas de lo que estamos...!

-Idos a casa, que os puede alcanzar algún palo, sin querer.

-O queriendo... Que haiga palos, don José. Para eso hemos salido, para verlo.

-Os han dejado sin serenata... Fastidiaos.

-Nos ha dicho un chico de Farmacia que ha sido por un rasgo que echó Castelar.

-El Gobierno hace bien en no permitir escándalos. Con pretexto de una serenata, salen a rebuznar los revoltosos de oficio.

-¡Pues, hijo! ¿También tú, Guillermito, sales a la defensa de ese perro de González Bravo?

-¿Pero qué os ha hecho a vosotras el bueno de don Luis, que os permite corretear a todas horas?

-¡Así le den morcilla... así reviente! ¡Vaya con el tío!

-Que lo arrastre el pueblo. ¡Que lo pinchen y lo mechen, hasta que veamos correr por el arroyo la última gota de su sangre!

-¿Y la sangre del tigre de Narváez, para cuándo la dejas?

-Ea, seguid... No va por ahí poca patulea...

-Seguiremos... que estamos llamando la atención.

-Podían decir: '¡Vaya, qué amigas tienen esos caballeros!'. Guillermo, abur.

-Adiós, don José... cuidarse. Lo primero es la salud».

Por los claros de la multitud defraudada, rugiente, avanzaron los dos caballeros. ¿A dónde irían a pasar la prima noche? «Vámonos al Ateneo -Propuso Beramendi, pensando que allí oirían buenas cosas, por ser aquella trapatiesta obra de estudiantes y profesores». Apenas entraron en el largo pasillo, vieron grupos que comentaban con viveza lo que los dos caballeros habían visto en la calle. Una de las primeras personas con quienes topó Beramendi en el grupo más próximo, fue su hermano Gregorio García Fajardo, el cual era en el palacio de la inteligencia parroquiano reciente, novato fresco.

En cuanto la usura le dio riqueza bastante para pavonearse en la sociedad, el primer cuidado de Gregorio fue abonarse al Real y hacerse socio del Ateneo. Así, su esposa Segismunda se daba en público el lustre correspondiente a su improvisada posición, y él se barnizaba con unos toques de cultura, indispensables para figurar dignamente en el círculo de hombres de negocios y grandes capitalistas. Pensaba que su persona adquiría respetabilidad e importancia poniéndose a leer La Época u otro periódico de los grandes, y teniéndolo un buen rato desplegado ante los ojos en toda su extensión tipográfica. Y era también cosa muy entonada, como la buena ropa, llegar al café y decir: «Vengo del Ateneo de oír la conferencia que nos ha dado Moreno Nieto sobre El estado actual del pensamiento europeo. ¡Qué discurso, señores... qué hombre tan pensador!».

Apenas los dos caballeros se agregaron al grupo, Gregorio Fajardo soltó esta grave opinión: «De todo esto tiene la culpa ese loquinario de Prim, que ha soliviantado a los progresistas, los progresistas a los demócratas, y estos al populacho y a los estudiantes. También digo una cosa: yo González Bravo, no habría consentido que el Gobernador diera permiso para esa cencerrada o serenata... Ha sido una pitada horrible dar el permiso y luego prohibir la música... Y digo más, señores: yo Narváez, no hubiera destituido al Rector, que es un anciano; a Castelar sí... porque la democracia es una perturbación, y no está preparado el país para esas novedades... Yo doña Isabel, daría el poder a los progresistas, para que se desacreditaran de una vez... Tres o cuatro meses de gobierno nos librarían de ese fantasma...».

Antes que el orador terminase, apareció el Padre Sánchez en el grupo. A una interrogación cariñosa de Beramendi sobre el suceso del día, el buen cura don Miguel se expresó con esta ruda sinceridad: «Son tan torpes estos moderados, que ni saben ser déspotas. Narváez ha perdido los papeles. Ustedes dicen: ya no hay liberales. Yo digo: ya no hay tiranos. Exponerse a un conflicto grave, a una crisis, a un trastorno político, porque toquen o dejen de tocar cuatro músicos sus trombones y clarinetes delante de un rector, es lo último que me quedaba que ver para comprobar nuestra decadencia. Yo les diría a los estudiantes: «Señores estudiantes, ahí tienen ustedes todas las bandas de la guarnición de Madrid. Llévenlas a la calle de Santa Clara, y que estén tocando siete días con sus noches»... Y dicen ustedes: '¡Inicua represión!'. Ya sabemos todos que aquí conspira todo el mundo, paisanos y militares, de la manera más descarada. Hasta los chiquillos le dicen a usted: 'Constitución está comprometido... Arapiles está al caer... Se cuenta con el Inmemorial del Rey'. ¿Saben ustedes de muchos coroneles y tenientes coroneles, de muchos progresistas y demócratas, que hayan ido a aprender el camino de Fernando Poo?».

Rivero, que entra y pasa junto al corrillo, oye, se detiene, se agrega. En su cara de gladiador, tostada, terriblemente enérgica, brota con chispa fugaz una sonrisa. Con un periódico que doblado trae en la mano, golpea el hombro del sacerdote ateneísta, y dice: «A Fernando Poo nos quiere mandar este cura... Pues el que va a ir pronto a Fernando Poo es usted, don Miguel, y no le mandará González Bravo, sino yo, yo.

-No digo que así no sea, don Nicolás. Las Democracias fueron siempre más tiránicas que las Monarquías.

-Pero nunca tanto como la Iglesia.

-Poco a poco, don Nicolás...

-La Iglesia, la primera y más sanguinaria opresora del mundo. Lo discutiremos cuando usted quiera.

-Ahora mismo».

Enredose la discusión, elevándose de un vuelo a las altas regiones, que en aquella casa (pórticos de Academos) lo que empezaba en disputa familiar concluía por guerra de principios... Aransis se había separado del grupo, y aparte parloteaba con un diplomático amigo suyo, que quería saber la impresión producida en Viena por la Encíclica Quanta cura y el Syllabus. Díjole Guillermo que las cuestiones romanas interesaban poco en Austria. Toda la atención estaba en el problema internacional. Debilitado el Imperio por la pérdida de Lombardía y el Véneto, buscaba medio de fortalecerse con las alianzas. La Cancillería austríaca gestionaba secretamente una alianza ofensiva y defensiva de Austria, Francia, Italia y España, contra Prusia, que se crecía y engallaba, amenazando a Francia por el Rhin, y al Austria en la frontera de Bohemia. A la sordina trabajaba el zorro de Antonelli contra este pacto. Todo menos robustecer a Italia. Para Roma, el peligro más visible de tal alianza era que los Estados del Papa perderían el amparo de Francia. Y España, ¿qué vela llevaba en este entierro? Ninguna, porque la Santa Sede, que se consideraba dueña de la voluntad de Isabel II, no consentía que nuestro país entrase en tal combinación, y por de pronto se le prohibía, como caso de conciencia, el reconocimiento del reino de Italia...

Y como en aquella casa, que no sólo era los pórticos, sino también los portales de Academos, se trataban todas las cuestiones, así las más elevadas como las más humildes y familiares, Pepe Beramendi, viendo salir del Salón de Lectura a un amigo suyo, militar, se fue derecho a él, abandonando el corro en que el Padre Sánchez y don Nicolás Rivero acometían un tema histórico tan claro como la inmortalidad del cangrejo. Arrimados a un sitio solitario, Beramendi y el militar, que era joven, vestía de paisano y usaba lentes, hablaron así:

«¿Pavía, eh?... perdone un momento. ¿Sabe usted algo de Clavería? Hace dos semanas que no se le ve en el Casino ni en ninguna parte.

-Creo que está en Valencia.

-¿Preparan algo allí?

-No sé... (La sonrisa del militar más bien indica discreción que ignorancia.) No he dicho nada... tampoco aseguro que esté Clavería en Valencia, sino que allá pensó ir. Me lo dijo Teresa Villaescusa.

-¿Pero está aquí Teresa?

-Estuvo unos días... Muy bien de salud.

-Algo tronada, según oí.

-González Leal está rebañando las ollas de su fortuna.

-Pobre, conspirará con más fe... Otra cosa:¿y Prim, está aquí? (Afirmación del militar.) ¿No habrá este verano tirada de patos en la Albufera?

-No sé... (Vacilando.) Creo que no... En fin, ya veremos.

-Habrá tirada... Crea usted que todos los patos la deseamos. (Sonrisa del militar.) ¿Y qué piensa usted de este revoltijo de los estudiantes?

-Que es una chiquillada. Yo lo arreglaría con las mangas de riego.

-Yo con el himno... con el himno de Riego. Verá usted cómo viene a parar ahí.

-¡Quién sabe! Todas las revoluciones empiezan con música...

-Y con música acaban. Son un emparedado musical... con los tiros en medio».

A cada hora se animaban más el pasillo y el Senado. No eran pocos los que opinaban, como el teniente coronel Pavía, que contra la estudiantil asonada bastaba la artillería de las mangas de riego. Otros creían ver ya chorros de sangre; quizás los deseaban... con tal que no fuera la suya la que se derramase... Pasó el día 9, que era domingo, sin grandes novedades por estar cerrada la Universidad, y el lunes 10, día en que celebran su santo los profetas Daniel y Ezequiel, presentó antes de mediodía síntomas de borrasca. La tarde fue bochornosa, relampagueante. Todo Madrid divagaba en las calles, con la esperanza, el temor y el deseo de sucesos trágicos. El menor ruido hacía correr a los transeúntes. En la Puerta del Sol grupos de gente risueña con grupos de gente ceñuda se cruzaban. Creyérase que aquellos decían a estos: «Atreveos. ¿Qué teméis? Aquí estamos nosotros para elogiaros y decir que sois la salvación de la patria». Los grupos risueños requerían los portales a la menor ondulación de los que venían ceñudos.

Poco después de anochecido, los rincones y salas del Ateneo presentaban la propia animación que en la noche del sábado. Beramendi, que acudió también al olor de las noticias motinescas, no encontró allí a su hermano Gregorio, sino que fue con él. Dígase entre paréntesis que, existiendo una distancia enteramente planetaria entre la rastrera vulgaridad de Gregorio y el sutil talento de José María, este no siempre miraba como inferior a su hermano, y en ocasiones se sentía vagamente impulsado a tributarle cierta admiración o respeto. ¿Por qué? Porque Gregorio había sabido, por fas o por nefas, labrarse una fortuna y ser el creador de su propia personalidad. Aun amasada con la usura, la riqueza de Gregorio era timbre o diploma de voluntad, y un sillar sólido en la social arquitectura. Podía permitirse ser tonto, con cien probabilidades contra una de no parecerlo... Convidole su hermano a comer aquel lunes, y luego, tirando de buenos puros, se fueron al Ateneo. A poco de arrellanarse ambos en los divanes del Senado, entró jadeante Luis Navarro, diciendo: «¡Menuda bronca en la calle del Arenal! Corre la gente desalada; los hombres braman; las mujeres chillan; algunos caen... Pisadas, estrujones, batacazos...». No había concluido esta relación, cuando llegó Tubino limpiándose el sudor: «Señores, la Puerta del Sol es un volcán. Ha salido González Bravo a exhortar a la multitud. Le han contestado con silbidos horrorosos... Y a toda tropa o autoridad que pasa, allá van silbidos, insultos... una cosa atroz...». Manifestó don Antonio Fabié que él había observado los grupos al pasar por la calle del Carmen. No eran ya estudiantes los amotinados; era el pueblo, la plebe... se veían esas caras siniestras que sólo aparecen camino del Campo de Guardias en los días de ejecución de pena capital... Se veían caras de revoltosos de oficio y de patriotas alquilados. Era un horror...

Llegó don Laureano Figuerola con la habitual placidez de su rostro y su expresión austera y benigna. Acompañábale Gabriel Rodríguez, alto, barbudo, bien encarado y con antiparras de oro. Venían del Suizo. Desahogadamente pudieron llegar hasta la Academia de San Fernando; pero desde allí el paso era imposible. Hubieron de retroceder, dando un rodeo por la calle de la Aduana. En la Puerta del Sol, el tumulto y vocerío eran espantosos. Los dos esclarecidos economistas oyeron contar que una cuadrilla de obreros, que bajaba a la calle del Carmen por la de los Negros, apedreó a los soldados de Caballería, y que el Gobernador militar mandó hacer fuego... Figuerola y Rodríguez sintieron la descarga; pero ignoraban si había sido al aire... Las voces que de esto llegaban al Ateneo eran contradictorias. Pasó tiempo... declinaban las horas con lenta rotación que acrecía la ansiedad... Sanromá entró diciendo que la Guardia Veterana repartía sablazos en la Puerta del Sol... En efecto: oíase desde la Holanda española un rumor como de oleaje impetuoso, lejanos apóstrofes, estridor de silbidos...

Algunos ateneístas de los que se arremolinaban en el pasillo pensaron salir y aproximarse a la Puerta del Sol para ver de cerca la jarana; pero en esto llegó casi sin aliento un precoz filósofo, González Serrano, y dijo: «No salgan ahora; no salga nadie... Por poco me gano un sablazo... El dolor que tengo aquí, ¡ay! es de un golpe ¡ay!... Se me vino encima la cabeza de un caballo... Ya cargan, ya vienen cargando por la calle de la Montera...». Acudió a los balcones del Senado y de la Biblioteca gran tropel de curiosos. Calle arriba iban hombres, mujeres y muchachos huyendo despavoridos. Centauros que no jinetes, parecían los guardias; esgrimían el sable con rabiosa gallardía, hartos ya de los insultos con que les había escarnecido la multitud. No contentos con hacer retroceder a la gente, metían los caballos en las aceras, y al desgraciado que se descuidaba le sacudían de plano tremendos estacazos. Chiquillos audaces plantábanse frente a los corceles, y con los dedos en la boca soltaban atroces silbidos. Al golpe de las herraduras, echaban chispas las cuñas de pedernal de que estaba empedrada la calle costanera. Un individuo a quien persiguieron los guardias hasta un portal de los pocos que no estaban cerrados, cayó gritando: «¡asesinos!», y el mismo grito y otros semejantes salieron de los balcones del Ateneo. En la puerta de la sacristía de San Luis había dos muchachos que, después de pasar los últimos jinetes hacia la Red de San Luis, gritaban: «¡Pillos! ¡Viva Castelar... viva Prim!». Hacia la esquina de la calle de la Aduana, dos sujetos de buen porte retiraban a una mujer descalabrada... La noticia, traída por un ordenanza, de que en la Puerta del Sol y Carrera de San Jerónimo había muertos, hizo exclamar a Beramendi: «¡Sangre!... Esto va bien».



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