Prim : 12

Prim
Capítulo XII

de Benito Pérez Galdós



La figura de Prim, que en la mente de muchos tomaba proporciones no comunes, por la firmeza con que seguía contra viento y marea un plan político esencialmente negativo y demoledor, permanecía indecisa, vagamente apreciada por los ojos de la muchedumbre. Perdíase la figura en sombras lejanas. Por un momento salía entre relámpagos que iluminaban una fase de su persona, y a esconderse volvía como fantasma obediente al canto del gallo, o a las campanadas de media noche. No había llegado el tiempo de su desembozada presencia en el mundo; pero los días tediosos, de ansiedad incierta y vagas esperanzas, anunciaban el día luminoso de Prim.

No así Castelar, que en aquellos años brillaba con todo su esplendor en el zenit mental de España. Su oratoria opulenta, de lozanía plateresca, exuberante de formas paganas enlazadas graciosamente con formas góticas, enloquecía los cerebros juveniles. En el Ateneo y en la Universidad, aquel supremo artista de la palabra construía la arquitectura espléndida de sus discursos, nunca fatigosos por largos que fueran, áureos y relumbrantes de piedras preciosas como la Custodia de Toledo, como ella gentiles y teológicos. Gente había que admiraba su retórica y ponía en cuarentena sus ideas, viendo en ellas un ariete contra las posiciones, los privilegios y las sinecuras; otros lo aceptaban todo y alababan fondo y forma. La doctrina democrática iba con tal apóstol penetrando en los entendimientos, y extendiéndose por ciudades y campos como los sones de un órgano potente. El alma de los pueblos gusta de esta música oratoria, y se abre con embeleso a las ideas expresadas con ritmo y cadencia. Siempre hubo poetas que enseñaron las verdades; siempre la música política y filosófica precedió a las grandes mudanzas en el ser de las naciones.

El Ateneo era entonces como un templo intelectual, establecido, por no haber mejor sitio, en una casa burguesa de las más prosaicas, donde se hicieron naves, presbiterio y capillas a fuerza de derribar tabiques, suprimiendo alcobas y gabinetes para formar espacios donde la multitud pudiera congregarse. Era una iglesia pobre, una casa holgona, donde años antes habían vivido señores enriquecidos en el comercio, y que nunca supieron ni una palabra de Filosofía ni de Literatura ni de Historia. Y con ser tan chabacano el edificio, y tan mísero de belleza arquitectónica, tenía un ambiente de seriedad pensativa propicio al estudio, y sus techos desnudos daban sombra semejante a la de los pórticos de Academos. Iban allí personas de todas edades, jóvenes y viejos, de diferentes ideas, dominando los liberales y demócratas, y los moderados que habían afinado con viajatas al extranjero su cultura; iban también neos, no de los enfurruñados e intolerantes; las disputas eran siempre corteses, y la fraternidad suavizaba el vuelo agresivo de las opiniones opuestas. Sobre las divergencias de criterio fluctuaba, como el espíritu de una madre cariñosa, la estimación general.

Entrábase, por la calle de la Montera, a un portal amplio que, si no estuviera blanqueado y limpio, sería igual a los de las posadas de la Cava Baja. A mano derecha, la escalera nada monumental conducía en dos tramos al piso primero; una mampara de hule claveteado daba ingreso al templo. Pasado el vestíbulo en que hacían guarda el conserje y porteros, llegábase a un luengo y anchuroso callejón pasillo, harto obscuro de día, de noche alumbrado por mecheros de gas. Divanes de muelles que ablandó la pesadumbre de tantos cuerpos, convidaban al descanso a un lado y otro, y en las cabeceras del extenso corredor. En verano, no faltaba un botijo en algún rincón, y en invierno los paseantes medían de dos en dos, con las manos a la espalda, la dilatada estera de cordoncillo. Andando en la dirección de la Red de San Luis, a la izquierda caían la sala que llamaban Senado, con balcones a la calle; la Biblioteca y una salita de conversación; a la derecha, el paso a los salones de Lectura y al de Sesiones... Más abajo, en derechura de la Puerta del Sol, abríase un pasadizo estrecho que a las estancias inferiores y de servicio conducía. En el Senado hacían tertulia señores respetables, fijos en los divanes como las ostras en su banco, y otros que entraban y salían parándose un rato a platicar con los viejos. Comúnmente allí no se trataba de asuntos técnicos ni didácticos, sino de los sucesos del día, que siempre daban pie a ingeniosas aplicaciones de los principios inmutables.

En la Biblioteca, carpetas para escribir y leer, estantería de estas que se estilan en las casas burguesas para guardar libros que no se leen nunca: allí se leía, sí; pero los libros tenían cierto aire de no querer dejarse leer, prefiriendo su cómodo resguardo entre cristales. En el fondo de la sala, apenas visible por el estorbo de las altas carpetas, se acurrucaba un hombre. En invierno se inclinaba tarde y noche sobre un brasero, puestos los pies en la tarima; en todo tiempo tomaba café a ciertas horas... café traído del café y en vaso. Era don José Moreno Nieto, para quien la Biblioteca que regentaba era poca cosa en comparación de la que él tenía en su cabeza. Había metido en ella todos los sistemas filosóficos conocidos y los que aún estaban por conocer. A esta desaforada erudición correspondían una facilidad, una fluidez de palabra como el chorro de fuente inagotable. Más meritorio debía de ser en él el silencio que la elocuencia, pues esta le salía de la boca sin esfuerzo alguno, como la constante erupción de un entendimiento que no cabe en sí mismo. Era de corta estatura, picado de viruelas, erizado el bigote, el pelo echado hacia atrás. Solo, callado y sin oyentes, hablaba con la movilidad de su temperamento nervioso, con el espíritu que no esperaba la palabra para salirse por los ojos. No existió jamás hombre más puro, de más recta conciencia, ni una vida en que tan bien incrustadas estuvieran, una dentro de otra, la filosofía sabida y la virtud practicada.

El salón o salones de lectura eran un gran espacio irregular compuesto de dos distintas crujías, comunicadas una con otra por arcadas de fábrica, con buenas luces al patio interior; recinto vulgar, que lo mismo habría servido para obrador de modistas que para cajas de imprenta, o para capilla protestante. Largas mesas ofrecían a los socios toda la prensa de Madrid y mucha de provincias, lo mejor de la extranjera, revistas científicas, ilustradas o no, de todos los países. Era un comedero intelectual inmensamente variado, en que cada cual encontraba el manjar más de su gusto. En aquel recinto blanco, luminoso, beatífico, sin más adorno que algún mapa o cuadros de estadística, habitaba como huésped fijo un silencio de paz y reflexión, y al amparo de él se apiñaban los lectores, todos a lo suyo, sin cuidarse ninguno de los demás. Nadie interrumpía con vanos cuchicheos aquella tranquilidad devorante de gusanos de seda, agarrados a las hojas de morera. Oíase no más que el voltear de las hojas de los periódicos, armados en bastones para más comodidad del leyente.

Allí se veían extraños tipos de tragadores de lectura. Un señor había que agarraba el Times y no lo dejaba en tres horas. Otro tenía la manía de coger seis u ocho periódicos de los más leídos, se sentaba sobre ellos, y los iba sacando uno por uno de debajo de las nalgas, y dejándolos en la mesona conforme los leía. Otros picaban aquí y allí, en pie; los más comían sentados, sin quitar los ojos del plato exquisito como buenos gastrónomos. Por aquel vasto local desfilaron todas las celebridades literarias y políticas del siglo, sin excluir buena parte de las militares. Los que recordaban a Martínez de la Rosa leyendo Le Journal des Debats, veían casi a diario, en los días de esta historia, a don Antonio Alcalá Galiano recreándose con las donosas caricaturas del Punch, y explicando el texto de ellas, poco inteligible para los que no habían hablado el inglés en la propia Inglaterra. El buen señor, ya viejo, de cara fosca y larga, enfundado en luengo gabán gris, entraba paso a paso y se situaba en la mesa de las Revistas; hojeaba algunas, picando aquí y allí, buscando las mejores golosinas en la bandeja de los conocimientos novísimos. El ruedo de admiradores que junto a él en ocasiones se formaba, oía su palabra ronca, que aun en lo familiar tiraba siempre a lo oratorio, engalanada con las formas gramaticales más perfectas. En la ironía sazonada no hubo maestro que le igualase, y a veces su intención dejaba tamañitos a los toros de Miura.

También iba alguna vez don Antonio Ríos Rosas, que a los jóvenes imponía respeto con su cara de tigre, y su entrada silenciosa, el andar lento, sin hablar con nadie, hacia el salón de lectura. No picaba, como Alcalá Galiano, en diferentes revistas, sino que cogía una sola, el Correspondant o la de Ambos Mundos, y metódicamente se tragaba uno de aquellos ingentes estudios de arte político o de controversia religiosa. Este y otros señores graves no iban más que a leer, y rara vez entraban en los sitios de tertulia, como otros ancianos o jóvenes maduros, que amaban el sabroso toma-y-daca de la controversia. Fermín Gonzalo Morón, en el declinar de sus años, el Padre Sánchez, en su madura existencia vigorosa, se pirraban por armar altercados con la juventud en el pasillo o en el Senado. Entre la muchedumbre de hombres hechos, bullían mozos en formación para personajes, estudiantones ávidos de aprender, que se ejercitaban en la intelectual esgrima, tirando a perorar y a discutir con los espadachines mayores; los había también tímidos, que laboraban en la muda gimnasia de la observación y la lectura. Para que nada faltase, había un grupo de cubanos que exponían sus ideas de autonomía y aun de emancipación de las Antillas, sin que nadie de ello se asustara.

En aquel espacio, no más grande que el de una mediana iglesia, cabía toda la selva de los conocimientos que entonces prevalecían en el mundo, y allí se condensaba la mayor parte de la acción cerebral de la gente hispánica. Era la gran logia de la inteligencia que había venido a desbancar las antiguas, ya desacreditadas, como generadoras de la acción iracunda, inconsciente. Por su carácter de cantón neutral, o de templo libre y tolerante, donde cambian todos los dogmas filosóficos, literarios y científicos, fue llamado el Ateneo la Holanda española. En aquella Holanda se refugiaba la libre conciencia; lo demás del ser español quedaba fuera del vulgarísimo zaguán del 22 de la calle de la Montera.

En los primeros días de Abril de aquel año (andábamos en el 65) creció la animación en las tertulias y mentideros de la ilustre casa. Las chácharas rumorosas casi llegaron a invadir el primer espacio del sosegado Salón de Lectura, y aun llegó algún eco de ellos al de las Sesiones o Cátedras, donde unas noches explicaba Paleontología el sabio geólogo Sr. Vilanova, y otras hacía Gabriel Rodríguez la crítica acerba del Sistema protector. El Senado dio por agotado el tema de la encíclica Quanta cura, en que Pío IX condenaba el liberalismo y lo hacía responsable de todos los males que afligían a la humanidad. ¿Cómo habían de gobernar a España los liberales, si su doctrina era pecado? Declarándolo así, el Santo Padre nos exhortaba paternalmente a dejarnos gobernar por él.

Sucedió en aquellos días que la Reina doña Isabel cedió al Estado el 75 por 100 de algunos bienes del Patrimonio que debían venderse para socorro de la Hacienda pública. En esto iba comprendida una parte del bajo Retiro, entre la Puerta de Alcalá y el Prado. Vieron algunos en esto una martingala en que salía beneficiada la Casa Real; los ministeriales dieron en sus periódicos un descomunal bombo al proceder de la Reina, y Castelar soltó en La Discusión un artículo titulado El Rasgo, que puso de uñas a toda la caterva moderada y palatina. ¡Vaya un escándalo! Ciego y disparado de coraje, el Gobierno privó a Castelar de su cátedra de Historia en la Universidad, ganada por oposición. Rezongó el Claustro, chillaron con furiosa algarabía los estudiantes. ¿Cómo no había de repercutir este nervioso estremecimiento escolar en las circunvoluciones del Ateneo, la bóveda pensante?

Aquella noche (primera semana de Abril) restallaban en el Senado diálogos vibrantes. Salió al pasillo Moreno Nieto, y rodeado al punto de muchachos, les dijo que la cátedra ganada por oposición es propiedad más sagrada que la camisa que llevamos puesta. En su opinión, las demasías de los Gobiernos autocráticos proceden siempre de una levadura demagógica. González Bravo fue siempre un demagogo, y ni él ni Narváez tenían idea de las funciones augustas del Profesorado. Los jóvenes no se recataban para soltar ante don José las opiniones más radicales: la bondad del maestro les daba confianza para todo. En esto llegó el Padre Sánchez, que venía del Salón de Lectura, y antes que le preguntaran su opinión, dijo a los muchachos, a don José y a Ramos Calderón, que en aquel momento se incorporó al grupo: «Soy enemigo de Castelar, y de su democracia y de su lirismo histórico y político. Pero reconozco que es un atropello quitarle su cátedra por un artículo de periódico... Y esto traerá cola. Acabo de hablar con Montalbán. Dice que será firme defensor de la dignidad universitaria, y que no dará curso a la destitución de Castelar».

Apenas dicho esto, vieron salir del Salón de Lectura, pasito a paso, a un anciano de afeitado rostro, dejando en su maxilar la menor cantidad de patillas blancas. Usaba gafas de présbita, muy fuertes; andaba con precaución, y sus plegados ojos no respondían de reconocer lo que miraban. Era el Rector de la Universidad... Saludáronle; contestó él con ligera inclinación, y ninguno se atrevió a interrogarle, porque pudo más el respeto que la curiosidad. Al día siguiente apareció en la Gaceta la destitución de Montalbán y el nombramiento del Marqués de Zafra, que fue como prender fuego a la hoguera del enojo estudiantil y desatar sobre ella un huracán. Se necesitaba poco en aquellos días para que una pavesa se trocara en incendio, un juego de chicos en motín pavoroso.



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