Prim : 10

Prim
Capítulo X

de Benito Pérez Galdós



Era verdad lo que el abejarrón, con intenso run-run, cantaba en el oído que jamás dejó de percibir la voz pública. Las primeras nuevas del endiablado chico las tuvo en Marzo Maltranita por una carta sin firma ni fecha. El carácter de letra, no disimulado, declaraba la mano que la escribiera. Decía: «Alta mar a bordo del vapor de don Ramón. Estimado majadero: no estoy muerto. Vivo navegando y voy a donde me da la gana. Si me buscan, no parezco; si me siguen, no me cogen. Soy pez... Abur». Otra carta de la misma letra recibieron en Abril los padres, redactada en esta forma bien explícita: «Santiago Ibero y de Castro-Amézaga participa a sus buenos padres que está vivo y sano. ¿Dónde? No quieran averiguarlo». Firmaba Libertad.

En cuanto Clavería tuvo conocimiento de las cartas habidas por Ibero y Maltrana, se lanzó a prolijas averiguaciones en los llamados Centros. De Gobernación no sacó ninguna luz; de Correos tampoco, porque la estampilla de la estafeta de origen estaba, como suele suceder, borrosa y confusa. En Marina trató de averiguar qué vapor era el que el anónimo designaba como de un don Ramón. ¿Era este el capitán, el armador o el consignatario? Nada se puso claro. Quedaba la esperanza de que nuevas cartas del caro vagabundo dieran luz y derrotero para cazarle o pescarle... En el tráfago de sus indagatorias, llevado además del gusto de la comidilla revolucionaria, fue a dar Clavería en la bonita, recatada y casi masónica vivienda de Teresa Villaescusa, donde buscaban cierta obscuridad para ideas y planes algunos progresistas de los llamados de acción, como Leal, Calvo Asensio, Muñiz, Montemar; los militares Moriones, Gaminde y Milans del Bosch, y a veces los demócratas Figueras y García Ruiz. En aquella reunión se incubaban las de mayor fuste que habían de celebrarse en la casa de don Joaquín Aguirre o en la de Olózaga. Había levantado el Gobierno gran marejada con su aviesa circular limitando las reuniones electorales. Los agraviados vociferaban amenazando con el retraimiento; dieron un Manifiesto a la Nación, documento larguísimo, quejumbroso, de intensa amargura, en el cual no se nombraba a la Reina. Esta seguía ciega y sorda. Aquel hermoso nombre que había sido emblema de libertad, alegría de los pueblos, corrompidos estaba ya en el corazón de las muchedumbres, y no sabía salir a los labios con ningún sentido respetuoso.

Triste fue aquel verano. Murió Calvo Asensio de traidora enfermedad que hubo de rendirle y acabarle en pocos días, dando con todo su vigor físico y mental en la sepultura. Era un hombre de grande empuje para la destrucción política: para el construir habría sido seguramente un hombre útil, pues en su voluntad existían seguramente las dos caras de la acción. Su talento no era florido, sino adusto, genuinamente castellano; su palabra de secano, sin verdor ni lozanía; pero sabía, como pocos, imprimir a las ideas el germen fecundo y sembrarlas luego en millares de entendimientos. No había venido, como casi todos los políticos, de los campos abogaciles: era un farmacéutico que administró a su país enérgicas drogas tónicas y estimulantes. Su farmacia se llamaba La Iberia.

Como no hay manera de separar aquí lo público de lo privado, digamos que la hermosa y desenvuelta Teresita Villaescusa fue atacada de la misma enfermedad que dio con Calvo Asensio en la sepultura. Pescó la pobre mujer su tifoidea en pleno verano, y con tal furia fue acometida de la terrible infección, que desde los primeros días se perdió la esperanza de sacarla adelante. Su madre, la sutil tramposa Manolita; su amigo contratista, González Leal, y su criada Felisa, asistíanla, rivalizando en cariño y esmero. Iban a velarla, por las noches, amigas y algún pariente; aunque la pobre con brava naturaleza se defendía del fiero mal, este podía más y se la llevaba, se la llevaba a rastras a la muerte. Espantoso era su delirio de media noche en adelante. Quería saltar de la cama; hablaba con imaginarias personas, monstruos o fantasmas; reía histéricamente, y se figuraba estar perseguida de gitanos o demonios. Repetía con absurdos trueques de nombres lo que había oído a los amigos que en los últimos meses iban a ojalatear a su casa. Había que oírla: «¿Ya está formado el Ministerio Prim-Gabino Tejado? No es esto, caraflis: es Prim-Cándido Nocedal. Este va a Gobernación, y a Fomento no se sabe: o Manuel Ruiz Zorrilla o González Bravo... No te fíes de los neos, Prim... Me ha dicho la Reina que te quiere mucho, que eres muy bravo... Su marido es el que no te traga... Cuando seas poder, hazme a mí de la camarilla... yo quiero ser de la camarilla...». «Esos que ahora entran, ¿quién son? ¡Ah! Pepe Alcañices y el padre Claret. Adelante: ¿tanto bueno por aquí?...». «Hola, Carriquiri, ¡qué caro se vende usted!... ¿Pero qué hace? No se meta debajo de la cama, que ahí está el gitano viejo esperando a que yo me muera para llevarme a enterrar. ¡Pero si todavía no me he muerto, caraflis! No me entierren, que estoy viva... La Reina me ha dicho que me llevarán al Escorial, donde tengo mi panteón, orilla del de los Reyes Magos... como magos, no; de los Reyes de copas... Eh, tú, dile a Prim que le van a matar... Los gitanos le matarán como me han matado a mí... sólo que yo estoy muriéndome y resucitando a cada momento. Me da la gana de resucitar, aunque no sea más que para dar un susto a ese neo, a ese padre Cirilo, que allí está mirándome y saca toda la lengua para hacerme burla... Pues yo te saco la mía, que es más larga, caraflis, caraflis...».

Viéndola sin remedio, se determinó, por indicación del médico Augusto Miquis, darle los Sacramentos. Acogió ella con regocijo esta idea, pues en los instantes de remisión inclinaba su espíritu a lo religioso y al arreglo de su alma. La confesó el Padre Laforga, hombre para el caso y de manga anchísima, que hubo de perdonar a la pobre mujer todos sus pecados; y en verdad, el arrepentimiento y contrición que mostró ella, viéndose casi cogida ya por la mano esquelética de la muerte, no eran para menos... Lleváronle después el Viático, a que asistieron devotamente don Serafín del Socobio, Rafaela Milagro y otras personas muy calificadas de la vecindad (Plaza del Ángel). Y transcurridas no muchas horas desde este magno suceso, cuando ya esperaban todos ver a Teresita dando las boqueadas, he aquí que se determina una sedación intensa, que la enferma descansa, que su cerebro se normaliza, que la muerte no llega, que pasa un día, luego una noche, con mayor descanso y alivio, y en fin... que no se muere, que no la quiere la muerte. «Nada, Teresa -le dijo Augusto Miquis al declararla fuera de peligro-, que no puedo con usted... que no hay medio de matarla como no le pegue un tiro».

A los quince días de esto, ya en franca convalecencia, su rostro había quedado como un pábilo, y los ojos engrandecidos parecían espantarse de su propia hermosura. Cortáronle el pelo: habría pasado por un lindo muchacho enflaquecido por los afanes del estudio, o víctima de ardientes pasiones. Viéndose viva, la pobre samaritana no cabía en sí de gozo, y agasajaba su espíritu en el abrigo consolador de las ideas religiosas. Su mantenedor González Leal dispuso llevarla a Valencia en la temporada de otoño, con lo cual Teresa completaría su reparación orgánica, y además podría cumplir la promesa que en las ansías de la muerte hizo a Nuestra Señora de los Desamparados. Había ofrecido visitarla en su santuario, costeando una misa solemne y nueve rezadas en diferentes días, y de añadidura una novena con toda la suntuosidad que se pudiera... A Valencia partieron, y Teresita cumplió con creces todo lo prometido, pues su tierno corazón comúnmente se excedía en la generosidad. A las ofrendas rituales, añadió el regalar a la Virgen todas sus alhajas, quedándose con sólo una sortija de poco valor. Hermosos pendientes, dos aderezos de bastante valor, tres pulseras, alfileres de pecho y otras cosillas, pasaron íntegramente al camarín y joyero de Nuestra Señora; y entendiendo que la humildad era de cajón en tales circunstancias, Teresa hizo voto de vestir durante un año hábito y correa de los Dolores. Cumplidos estos deberes de piedad, instaláronse los amantes en un risueño pueblecito de la costa.

El año marchaba con apagados pasos a su fin, sin grandes sucesos, sin más ruido que el de los ejes chillones y desengrasados de la máquina gubernamental, y el zumbar unísono del moscardón, o sea vox populi, monólogo de un pueblo que se aburre y se despereza en los albores de la desesperación. Prim se fue a Vichy; después pasó una temporadita en París, tomando inhalaciones de fluido europeo, y regresó a España con su amigo Carriquiri... En otoño vino la Emperatriz Eugenia a visitar a doña Isabel. Madrid acogió a la hermosa granadina con la cortesía entusiasta que merecían su ideal belleza y su rango. El 63 acabó sus días lánguidamente... Se cuenta que los mazapanes de Toledo empezaron a presentarse aquel año en la forma de culebras enroscadas. Fue moda iniciada por el amigo Labrador...

No pasaron muchos días después de la inocente diversión de los estrechos (entre Año Nuevo y Reyes), cuando se oyó gran estrépito cual si se derrengara una mesa y cayeran en cascos platos y botellas. Era el Ministerio del Marqués de Miraflores, que caía de un empujón dado por el Senado. El respetable hombre de la insaculación y de los templados procederes, fue sustituido por don Lorenzo Arrazola, con Lersundi, Benavides y Moyano, todos ellos de lo que se llamaba moderantismo histórico.

Traían los históricos la idea de hacer elecciones honradas, sacando a los progresistas de su retraimiento. Cándidamente lo creyeron estos, que como pobres provincianos eran víctimas de diestros timadores. En efecto: Benavides reformó las listas electorales a petición de la gente del Progreso, y recomendó a los gobernadores que no fueran verdugos de los candidatos de oposición. Parecía que iban las cosas por buen camino; pero en esto se le ocurre a doña Isabel ponerse fuera de cuenta; llega el día del alumbramiento; delega sus poderes en el Rey don Francisco, y mientras Su Majestad daba a España una Infantita, ¡pataplum! abajo el Ministerio histórico, y venga otro con don Alejandro Mon a la cabeza. La subida de Mon, con Pacheco, Mayans, Cánovas y Ulloa, no era, según los progresistas, más que la descocada y provocativa erección de los infames obstáculos. Ya no era sólo el engaño sino la burla. Prim estaba volado. Dicen que, cerrando el puño, gritó a sus amigos: «Caballeros, a conspirar».

Lo que ordenaba Prim, tiempo hacía que lo efectuaban sus adeptos en una forma confortativa, sabrosa y reconstituyente. En grupo alegre se reunían ocho, diez o veinte amigos, y con cualquier pretexto que sirviera de pantalla, almorzaban juntos en el entresuelo de este o el otro café, o en un merendero de las Ventas. Comunicábanse así sus recelos y esperanzas, y pasaban revista a los corazones bravos con que se podía contar, en este y el otro punto, para un nacional alzamiento. Eran los ojalateros de la libertad. Pero llegó un día en que pensaron algunos, luego muchos, y por fin todos, que de aquellas comilonas parciales y desperdigadas debían hacer una sola tan grande, que fuera ostentación o parada del vigor de la comunidad, y catálogo de la innumerable gente que la componía. Esta idea cuajó del modo más feliz en el monstruoso banquete de los Campos Elíseos, el 3 de Mayo de 1864, fecha memorable, porque lo que allí comieron y hablaron tres mil personas, venidas de todas las regiones de España, se le indigestó al Gobierno y a los altos poderes. Prim, en una perorata fulgurante, pronosticó que los obstáculos serían arrollados dentro de dos años y un día. Clamó la multitud arrebatada por tan arrogante vaticinio.

Ofrecía la explanada del teatro un conjunto soberbio, de grandeza imponente, casi aterradora. Bajo toldos mal empalmados que daban paso a rayos del sol, se tendían las mesas para tres mil españoles, inhabilitados infamemente como raza maldita para toda función política en la patria común. Entre ellos había no pocos hombres respetables, cargados de méritos; muchos que atesoraban saber y cultura; la gran masa era gente honrada, crédula, generosa, sin las cuquerías y malas mañas de los políticos de oficio. Representaban la fuerza social más grande que aquí se había visto reunida y alineada en son de batalla. Sin pronunciar una sola palabra subversiva, sin ultrajar a nadie, ni poner en su queja más que una ligera inflexión de amargura, sólo con el respirar, sólo con la multiplicidad ingente de los rostros, en que dominaba la expresión bonachona, produjeron en las clases privilegiadas y en todo lo de arriba un hondo miedo, el vértigo de los abismos.

Una sola desafinación turbó la armonía de aquel gran concurso. Olózaga no estuvo feliz al regatear a Espartero, con eufemismos corteses, el Pontificado de la Libertad. Terminó, pues, la reunión con una disonancia de pareceres sobre punto tan importante. Esta fue la única sombra que aprovechar pudieron los de arriba para aliviarse el miedo... No asistió Manolo Tarfe al banquete, por impedírselo su pudor de unionista; pero bien cerca estuvo, dentro del perímetro de los Campos. Terminada la función, corrió a dar a su amigo Beramendi cuenta de todo, y este, oída la descripción del lugar y del ágape solemne, dijo así: «Por grande y decorosa que haya sido la solemnidad de esa cuchipanda, no se la puede comparar con la fiesta majestuosa de la Federación de los Estados hispanos, celebrada en Mayo del cuarenta y tantos (del pico no me acuerdo), en el espacio comprendido desde la Puerta de Atocha hasta la de Recoletos, según se describe en el capítulo XXIV de la Historia lógico-natural. De todas las ciudades, provincias y reinos vinieron los síndicos, procuradores y príncipes, asistidos de numerosa representación de gremios, clases o estamentos. Era un espectáculo por demás grandioso ver tan bizarra muchedumbre, con los estandartes y oriflamas que cada cual traía, desfilando a ocupar los puestos que con arreglo a un plan lógico-topográfico se había trazado. Allí no se comía, Manolo, pues cada cual lo había hecho en su casa o donde pudo, ni los discursos se pronunciaban entre restos de tortilla o paella, o entre huesos de aceituna y palillos de dientes... Porque has de saber...

-Sigue, Pepe, que tu historia es tan bonita, que casi no parece mentirosa.



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