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Premática y aranceles generales

Premática y aranceles generales
de Francisco de Quevedo



Nos, la Razón, absoluto señor, no conociendo superior para la reformación y reparo de costumbres contra la perversa necedad y su porfía, que tanto se arraiga y multiplica en daño notorio nuestro y de todo el género humano: por evitar mayores daños y que la corrupción de tan peligroso cáncer no pase adelante, acordamos y mandamos dar y dimos estas nuestras leyes a todos los nacidos y que adelante sucedieren, por vía de hermandad y junta, para que como tales y por nos establecidas, las guarden y cumplan en todo y por todo, según aquí se contiene y so las penas dellas.
Otrosí, porque lo primero que se debe y conviene prevenir para la buena expedición y ejecución de justicia son oficiales de legalidad y confianza, tales cuales convenga para negocio tan importante y grave, nombramos y señalamos por jueces a la Buena policía, Curiosidad y Solicitud, nuestros legados, para que como nos, y representando nuestra persona misma, puedan administrar justicia, mandando prender, soltando y castigando, según hallaren por derecho. Y nos desde aquí señalamos por hermanos mayores desta liga a los que fueren celosos cada uno en su lugar; y al que lo fuere más que los otros, nuestro fiscal será la Diligencia, y el mullidor la Fama.
Primeramente, a los que fueren por la calle andando y hablando consigo mismos, y a solas en su casa lo hicieren, los condenamos a tres meses de necios, dentro de los cuales mandamos que se abstengan y reformen; y no lo haciendo, les volveremos a dar cumplimiento a tres términos perentorios, dentro de los cuales traigan certificación de su enmienda, pena de ser tenidos por precitos. Y mandamos a los hermanos mayores los tengan por encomendados.
Los que paseándose por alguna pieza ladrillada o losas de la calle, fueren asentando los pies por las hiladas y ladrillos y por el orden dellos si con cuidado lo hicieren, les condenamos en la misma pena.
Los que yendo por la calle, por debajo de la capa sacaren la mano y fueren tocando con ella por las paredes, admítense por hermanos y se les concede seis meses de aprobación, en que se les manda se reformen; y si lo hicieren costumbre, luego el hermano mayor les dé su túnica y las demás insignias, y sean tenidos por profesos.
Los que, jugando a los bolos, si acaso se les tuerce la bola tuercen el cuerpo juntamente, pareciéndoles que así como ellos lo hacen lo hará ella, declarámosles por hermanos ya profesos. Y lo mismo mandamos entender con los que semejantes visajes hacen, derribándose alguna cosa, y con los que, llevando máscaras de matachines o semejantes figuras, van por de dentro dellas haciendo gestos, como si real y verdaderamente les pareciese que son vistos hacerlos por de fuera, no lo siendo; y con los que los contrahacen sin sentir lo que hacen o cortando con algunas malas tijeras o trabajando con otro algún instrumento tuercen la boca, sacan la lengua y hacen visajes tales.
Los que, cuando esperan al criado, habiéndolo enviado fuera, si acaso se tarda se ponen a las puertas y ventanas, pareciéndoles que con aquello se darán más prisa y llegarán más presto, los condenamos a que se retraten y reconozcan su culpa, so pena que, no lo haciendo se procederá contra ellos como se hallare por derecho.
Los que brujulean los naipes con mucho espacio, sabiendo cierto que no por aquello se les ha de pintar o despintar de otra manera que como les vinieren a las manos, les condenamos a lo mismo. Y por causas que a ello nos mueven les damos licencia que, sin que incurran en otra pena, sigan su costumbre, con tal condición: que cada vez que vieren al hermano mayor o pasare por su puerta, hagan reconocimiento con descubrir la cabeza.
Los que, cuando están subidos en alto, escupen abajo, ya sea por ver si está el edificio a plomo ya para si aciertan con la saliva en alguna parte que señalan con la vista, los condenamos a que se retraten y reformen dentro de un breve término, pena de ser habidos por profesos.
Los que yendo caminando, preguntan a los pasajeros cuánto queda hasta la venta o si está lejos el pueblo, por parecerles que con ello llegarán más presto, les condenamos en la misma pena, dándoles por penitencia la del camino y la que van haciendo con los mozos de las mulas y venteros, lo cual se ha de entender teniendo firme propósito de enmienda.
Los que, orinando, hacen señas con la orina, señalando en las paredes o dibujando en el suelo, o ya sea orinando a hoyuelo, se les manda no lo hagan, pena que, si perseverasen, serán castigados de su juez, y entregados al hermano mayor.
Los que, cuando el reloj toca la hora, preguntan cuántas da, siéndoles más fácil y decente contarlas, lo cual procede las más veces de humor colérico abundante, mandamos a los tales que tengan mucha cuenta con su salud, y siendo pobres, que el hermano mayor los mande recoger al hospital, donde sean preparados con algunas guindas o naranjas agrias, porque corren riesgo de ser muy presto modorros.
Los que, habiendo poco que comer y muchos comedores, se divierten a contar cuentos, gustando más de ser tenidos por ¡enguaces, decidores y graciosos que de quedarse hambrientos, por ser tintos en lana y batanados, los remitimos con los incurables, y mandamos se tenga mucha cuenta con ellos, porque están de siete grados y falta muy poco para ser necesario recogerlos.
Los que, por ser avarientos o por otra cualquiera causa o razón que sea, como no nazca de fuerza o necesidad (que no se; deben guardar leyes en los tales casos) cuando van a la plaza compran de lo más malo por más barato, como si no fuera mas caro un médico, un boticario y un barbero todo el año en casa curando las enfermedades que los matos mantenimientos' causan, condenámoslos en desgracia general de sí mismos, declarándolos, como los declaramos por profesos, y los mandamos no lo hagan, o serán por ello castigados de los curas, sacristanes y sepultureros de su parroquia, más o menos conforme al daño causado por su necedad.
Los que las noches de verano y algunas en el invierno se ponen con mucho espacio, ya sea en sus corredores y patios ensillados, ya en ventanas o en algunas otras partes enfrenados, y de las nubes del aire fueren formando figura de sierpes, de peones y de otros animales los declaramos por hermanos. Empero si aquel entretenimiento lo hicieren para dar en sus casas lugar o tiempo a lo que algunos acostumbran por sus intereses (para ver el signo de Tauro, Aries y Capricornio, lo cual es torpísimo caso y feo), condenámoslos a que, siendo tenido por tales hermanos, no gocen los privilegios dellos ni los admitan en los cabildos ni se les dé cera el día de su fiesta.
Los que, llevando zapatos negros o blancos, ya sean de terciopelo de color, para quitarles el polvo que llevan o darles lustre, lo hicieren con la capa (como si no fuera más noble y de mejor condición y costosa), y por limpiarlos a ellos la dejan a ella sucia y polvorosa, los condenamos por necios de banqueta, y siendo nobles, por de terciopelo de dos pelos fondo en tonto.
Los que, habiéndose pasado algunos días que no han visto a sus conocidos, cuando acaso se hallan juntos en alguna parte, se dicen el uno al otro: «¿Vive vuestra merced?» y «¿Vuesa merced en la tierra?», no obstante que sea encarecimiento, los nombramos por hermanos, pues tienen otras más propias maneras de hablar sin preguntar si está en la tierra o vivo el que nunca fue al cielo y está presente. Y les mandamos poner a los tales una señal admirativa y que no anden sin ella por el tiempo de nuestra voluntad.
Los que después de oír misa y cuando rezan las Avemarías, a la campana de alzar o en cualquier hora que en la iglesia se hacen señal, en acabando las oraciones dicen: «Beso las manos a vuestra merced» (aunque se suponga ser en rendimiento de gracias, habiendo dado la cabeza dellos los buenos días o noches), los condenamos por hermanos y les mandamos que abjuren a pena de la que siempre traerán consigo, siendo señalados con su necedad, pues en más estiman un beso las manos falso y mentiroso (que ni las besarían aunque los viesen obispos, y más las de algunos que las traen llenas de sarna o lepra, y otros con unas uñas caireladas, que pone asco mirarlas), que un Dios os dé buenas noches o buenos días. Y lo mismo les mandamos a los que responden con esta salva cuando estornuda alguno, pudiéndole decir «Dios os dé salud».
Los que, buscando a uno en su casa y preguntando por él se les ha respondido no estar en ella y haber ido fuera, vuelven a preguntar: «¿Pues ha salido ya?», dámosles por condenados en rebeldes contumaces, pues repiten la pregunta que ya les tienen satisfecha.
Los que, habiéndose llevado medio pie, o por mejor decir los dedos dél en un canto, con mucha flema, llenos dé cólera, vuelven a mirarle muy despacio, les condenamos en la misma pena y les mandamos que le quiten o no le miren, pena de que se les agravará, con otras mayores.
Los que, sonándose las narices, en bajando el lienzo lo miran con mucho espacio, como si les hubiese salido perlas dellas y las quisieran poner en cobro, condenámoslos por hermanos y que, cada vez que incurrieren en ello, den una limosna para el hospital de los incurables, porque nunca falte quien haga otro tanto por ellos.
Los que teniendo particular amistad con un amigo, cada vez que se ven, aunque sea en un día tres veces, le preguntan: <<¿Cómo está vuesa merced?, ¿cómo le va?», les condenamos por necios de marca mayor, pues basta que le pregunten cada semana una vez, y ésta ha de ser no le viendo más en toda ella.
Los que estando enamorados, ora por ser bizarra su moza, ora por comunicar la alegría que tiene de tratar della y que la vean, llevaren a sus amigos a su casa o los dejaren en ella solos o, en la cama, o, yéndose fuera del lugar, se la encomendaren y pidieren que la visiten, los condenamos a que, cuando vuelvan de la jornada, la hallen arnancebada con ellos.
Los que, topando una buscona en la calle y pidiéndoles luego que la den algo lo hicieren, los condenamos a que se vayan con ella hasta su casa, y en ella, en su presencia, le den a otro lo que ellos la han dado y se vuelva sin uno ni otro.
Los que, habiendo jugado a los naipes u otros juegos, aunque hayan perdido, ora sea por mostrarse generosos, ora por complacer algunas damas, dieren barato, los declaramos por ya profesos, y mandamos que se tenga particular cuenta con ellos, porque falta muy poco para echarlos en incurables.
Los que, escribiendo cartas o billetes, por mostrar que tienen sutil ingenio escribieren palabras o vocablos no usados, les condenamos a que, si en ellos enviaren a pedir alguna cosa de que tenga mucha necesidad della, no se la envíen por no entendidos.
Los que, yendo a caballo con espuelas calzadas, ora se quieran adelantar, ora por otra causa, dijeren: «¡Arre!», los condenamos a que se quiten las espuelas, y caminando sin ellas, no incurran en esta pena, y lo mismo a los que, llevando la tienda en la mano, dijeren: «Jo, macho», pues le pueden tener con ella.
Los que, habiéndose hallado en un punto con otro, ora sea con cólera, ora por deshonrarle, le llamaren cicatero, les condenamos que les llamen lo mismo, y sobre ellos sean presos y llevados a las galeras por diez años, donde, con los rebenques del grumete, hagan las amistades.
Los que, habiendo menester una cosa, enviándosela a pedir prestada, la dicten, los condenamos, en desgracia de sí mismos, a que nunca más la vean.
Los que, habiendo oído misa y sermón, dijeren que se dijo en él cosa muy notable, y preguntados por algunas dellas o en particular no supieren dar razón de ninguna, los condenamos de cabeza, pues de ella dicen lo que no saben ni alcanzan.
Los que, estando en la cama con mujer, queriendo hacer su gusto, se lo piden, los condenamos a que ellas lo hagan sin pedírselo a ellos, por ser necios abatanados.
Los que, estando en alguna conversación de regocijo, dicen «No hay más Flandes», por encarecimiento de gusto, les condenamos a que sean desdichos en presencia de hermano mayor y hermandad, pues hasta ahora no hemos visto de aquellos estados cosa de entretenimiento, sino ojos sacados, tuertos, o brazos quebrados y piernas.
Los que, yendo caminando, en las ventas o mesones por donde pasaren hurtaren a los venteros o mesoneros cualquier género de hurto, o en la cuenta que hicieren les echaren de clavo alguna cantidad, los absolvemos, damos por libres y facultad para que lo puedan continuar, sin que por ello incurran en pena alguna.
Y asimismo absolvemos a los mismos venteros o mesoneros de lo que en ellos en cualquier manera hubieren hurtado en esta razón, aunque sea a mucha más cantidad de las que les hurtaron a ellos, por conmutación que de ellos habemos.
Los que casaren con mujer que saben ha gozado otro, ora sea por su hermosura, ora sea por su riqueza que tenga, los condenamos a que de ninguna cosa que vean en su casa puedan tener queja; a los cuales mandamos que, cuando entraren en ella, sean obligados a ir hablando recio, para que haya lugar de ponerse cada uno en salvo.
Los que sirviendo a alguna dama la llevaren en casa del mercader y mandaren que se les dé todo cuanto pidiere, los mandamos remitir con los incurables, y mandamos se tenga mucha cuenta con ellos, porque corre muy gran riesgo su cabeza. Y juntamente absolvemos a los mercaderes de todo lo que en esta razón tomaren por modo de hurto o latrocinio, con declaración que hacemos que, si después no cobraren cantidad ninguna, no puedan pedir la mercadería en el estado que estuviere, como muchos han intentado. Y que este capítulo se fije y ponga a la puerta de Guadalajara y en las demás partes donde vivieren mercaderes, para que venga a noticia de todos, y dello no pretendan ignorancia.
Los que habiendo jugado a los naipes y perdido alguna cantidad, después de haberse salido del juego publicaren que se lo ganaron con fullería y naipes hechos, y no se hubieran quedado con ellos para averiguación del caso, declaramos por necios pasados en cosa juzgada. Y absolvemos y damos por libres a los que les ganaron, y ponemos perpetuo silencio a los perdidosos, para que en ningún tiempo les puedan pedir cosa en razón dello.
Los que estando en el mismo juego, habiendo descubierto el contrario flux, primera o cincuenta, fueren con mucho cuidado a mirar la carta que les venía, y haciendo primera u otra cosa de buen juego lo publicaren y fueren mirando, los declaramos por necios de cosa juzgada y por sospechosos en el pecado nefando, pues las traseras no valen sino en Italia.
Los que yendo por la calle les diere algún encuentro alguna bestia o salpicare, y ellos, con mucha cólera, les dieren con armas, coz o puñete, de manera que la cabalgadura no pueda caminar con la carga, los condenamos a que luego nuestras justicias les compelan a que ellos mismos lleven la carga que la tal bestia llevaba.
Los que pasando por alguna calle, de las ventanas o corredores les echaren alguna bacinada, agua sucia u otra cosa, y movidos desto llamaren cornudos, putas u otros nombres ignominiosos a los della, los absolvemos y damos por libres, por causas particulares que para ello nos mueven.
Ítem. Habiendo conocido la naturaleza o inclinación de los barberos a las guitarras, mandamos que, para que mejor sean sus tiendas conocidas, y los que dellos tuvieren necesidad puedan saber cuáles son sus tiendas, en lugar de bacías o cortinas se cuelgue una o dos guitarras, con permisión general que hacemos de que, sin embargo de las que estuvieren colgadas en la tienda, puedan tener para tocar ellos y sus amigos hasta dos docenas dellas, sin que se entienda por esto el que les prohíbe el tener juego de ajedrez, damas u otros entretenimientos.
Ítem. Habiendo visto la innumerable multitud de poetas que Dios ha enviado a España por castigo de nuestros pecados mandamos que se gasten los que hay, dando término de dos años para que se consuman, y que ninguno lo pueda usar sin ser examinado por las personas que más eminentes sean en este arte; y no haya más que los tales examinadores, so las penas contenidas en las ordenanzas que se han de hacer de la gente deste gremio, y de que se procederá contra ellos como contra la langosta, pues no han bastado otros muchos remedios que se han intentado, antes cada día hay poetas nuevos, sin ser conocidos ellos ni sus versos en España.
Ítem. Habiendo visto las vanas presunciones de los mediohidalgos y de atrevidos hombrecillos que con poco temor se atreven a hurtar las ceremonias de los caballeros, hablando recto por la calle, haciendo mala letra en lo que escriben, tratando siempre de armas y caballos, pidiendo prestado y haciendo otras muchas ceremonias y cosas que sólo a los caballeros son lícitas, mandamos que a los tales, siendo como va dicho, los llamen caballeros chanflones, motilones y donados de la nobleza y hacia caballeros.
Ítem. Por cuanto nos ha sido hecha relación por nuestros vasallos de que se han perdido los cuatro nombres más principales de la república, conviene a saber: hidalgos, estudiantes, arcabuces y escribanos, porque ya los hidalgos se llaman caballeros, los estudiantes licenciados, los arcabuces mosquetes y los escribanos secretarios; y como a nos toca la reformación y enmienda desto, mandamos que, so pena la nuestra desgracia, cada uno tenga su título propio, con apercibimiento que se procederá contra ellos, como contra promovedores de escándalo en la república con gran rigor. Y en esto encargamos y mandamos a nuestros ministros tengan muy particular cuidado de que se guarde y cumpla y ejecute, con apercibimiento que, no lo haciendo, se procederá contra ellos como más haya lugar de derecho, y se ejecutarán en ellos las penas que a los tales fueren impuestas.
También, habiendo visto la mucha desorden que hay en esto de las mujeres, a quien ya por su edad las pueden llamar madres o abuelas, mandamos a todas las que fueren de treinta y ocho a cuarenta años que, el no reírse en las conversaciones, se entienda que no es por falta de alegría y contento, sino de dientes.
Ítem. Sabiendo las malas disimulaciones de los hombres vagabundos que hay en nuestras repúblicas, mandarnos, so pena de la nuestra merced y de que se procederá contra ellos con gran rigor, que ninguno llame picado a lo que verdaderamente es roto.
Y porque se han quejado los trabajos, que a ellos les echan la culpa de las canas, malas caras y otras disminuciones en que los hombres y mujeres van cada día, declaramos ser años, y mandamos que de aquí adelante, pena de que serán castigados con graves penas por rebeldes contumaces, que ninguno sea osado a llamarlos trabajos, sino años y no de ninguna otra manera.
Otrosí, por las muchas iras y enojos, escándalos, venganzas, muertes y traiciones que en bandos y parcialidades suelen suceder, vedamos todas las armas aventajadas y dañosas, como son pistolas, espadas, arcabuces y médicos.
ítem. Porque todas las cosas son más perfectas cuando se hacen a menos costa y con más orden, mandamos que, siendo, como es, necesario en el mundo para los malos, en lugar de poetas y verdugos, se usen necios.
ítem. Mandamos que no haya seda sobre seda, y que algunas mujeres con el nombre de doncellas no sirvan de lo que no son.
Ítem. Mandamos que puedan cualesquier de nuestras justicias prender a cualesquier personas que toparen de noche con garabato, escala, ganzúa o ginovés por ser armas contra las haciendas guardadas.
Ítem. Mandamos que ninguno llame ayuno, devoción o templanza lo que verdaderamente fuere hambre y no poder más.
Ítem. Mandamos poner en los calendarios del mundo los caballeros por mártires.
Ítem. Asimismo mandamos que ninguna persona, de cualquier estado o calidad que sea, pueda tener nombre de valiente, si no fuere hijo de médico o lo pretendiere ser por línea de varón.
Ítem. Asimismo nos ha parecido ordenar y ordenamos que no se casen mujeres grandes por la honra de los maridos, pues vemos que en la más pequeña mujer sobra para todo un barrio.
Otrosí, condenamos en los galanes de monjas los anticristos y pensamientos, y teniendo consideración a que ellos y los judíos se parecen en esperar sin fruto, los mandamos desterrar de nuestras repúblicas, por aguardadores e imitadores de los que creen en la ley de Moisés; y si reincidieren en su obstinación y pertinacia, los condenamos a que coman en galeras los bizcochos que antes comían en sus locutorios y rejas con las monjas.
Ítem. Habiendo advertido la multitud de dones que hay en nuestros reinos y repúblicas, y considerando el cáncer pernicioso que es y cómo se va extendiendo, pues hasta el aire ha venido a tenerle y llamarle donaire; y mirando que imitan el pecado original en no escaparse dél nadie si no es Jesucristo y su Madre, mandamos recoger los dones, dando término de tres días después de la notificación a todos los oficiales para que se arrepientan de haberle tenido.
Ítem, Asimismo, que los Mendozas, Enríquez, Guzmanes y otros apellidos semejantes que las putas y moriscos tienen usurpados, se entienda que son suyos, como la Marquesilla en las perras, Cordobilla en los caballos y César en los extranjeros.