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Tipos y paisajes criollos - Serie III
Precursores


PrecursoresEditar

Un escocés, de cara colorada como un tomate, de genio alegre, decidor, muy acriollado, a pesar de su acento británico; quien siempre hubiera soñado con ir más lejos, si hubiese tenido la seguridad de encontrar allá el whisky especial que para él, se traía de la capital; un bearnés, cuyos ojos vivarachos discernían al momento, entre las vueltas de un negocio, donde estaba el clavo y donde la pichincha; dos vascos fornidos y bonachones, y unos cuantos criollos, porteños y provincianos, momentáneamente fijados con sus haciendas, en aquellos parajes, por algún capricho del destino, dispuestos todos ellos a internarse más, el día que surgiese el desconocido dueño del campo en que tenían sus animales, o que se viniese a tupir demasiado la población, eran los más asiduos clientes de don José Cuenca.

Este, pampa neto, vuelto, a los años, vestido de gente y bastante instruido, -como bagual buscando la querencia, después de amansado-, a los pagos ocupados antes, o más bien dicho, recorridos por sus antepasados, y de los cuales lo había arrebatado la conquista, niño aún, había establecido una importante casa de negocio en aquellos despoblados confines de la civilización, donde el efímero dominio de cada choza era todo un condado, de varias leguas.

Hay hombres para quienes salir de la ciudad en la cual han nacido, aun para un paseo por las cercanías, es todo un asunto; que limitan sus aspiraciones geográficas a conocer la vereda de enfrente, y que se creerían perdidos si tuviesen que salir al campo.

Otros hay, al contrario, cuyos pulmones necesitan siempre más espacio, cuya vista requiere horizontes despejados y más extensos, siempre, que los que puede abarcar, y cuya actividad, en eterno movimiento, busca, con afán incansable, lo desconocido.

No es que siempre les guste la soledad y el silencio; no, pues el explorador, a más de pedir al desierto la satisfacción de la curiosidad peculiar de que está poseído, el gozo, realmente supremo, de ser el primero de los hombres civilizados en ver lugares ignotos; y la viril y noble emoción, poderosa hasta la opresión, de descubrir, entre los valles, algún lago escondido que sólo los pájaros del cielo hayan cruzado; de vadear un río todavía sin apuntar en los mapas; de turbar el silencio, hasta entonces inviolado, de alguna selva impenetrable, o de poder dar un nombre a tal o cual montaña o cerro, también le pide la gloria, la fama, la admiración.

No le basta haber humillado por su presencia atrevida al lago misterioso, al río sin vadear, a la selva inviolada, a la montaña sin nombre; quiere que todos sepan que él ha sido el primero en pisar tal sitio.

De su conquista, no le queda generalmente nada más que la memoria de haberla hecho; ha corrido mil riesgos, arrostrado mil peligros, el hambre, la sed, los accidentes de todo género, las fieras y los salvajes, los enojos de la naturaleza y de los seres vivientes, sin buscar para sus trabajos, más compensación que la del aplauso, desdeñoso de los resultados materiales; pero el aplauso, lo busca, lo exige.

Muy diferente es el «pioneer», precursor también del trabajo, de la población y del progreso, pero cuya lucha tenaz con la Pampa indómita tiene por objeto principal de obligarla a producir. Este no busca la fama; sus ambiciones no llegan a conquistar para la humanidad nuevos dominios; no lleva consigo instrumentos de observación, para tratar de enriquecer la ciencia con descubrimientos que podrían inmortalizar su nombre.

Tampoco le parece propio ir a internarse en regiones desprovistas de todo recurso, más allá de lo necesario para que los rebaños que lleva consigo y que le asegurarán la manutención, puedan pacer con holgura y aumentar sin reserva.

El que así se adelanta, también es hombre resuelto, valiente, dispuesto a arrostrar y a salvar los obstáculos de toda clase, con que se defiende el desierto contra los temerarios que le quieren arrancar sus secretos o sus tesoros. Pero si sus vistas son más modestas, si demuestra menos entusiasmo, menos arrojo que el explorador, su valor es quizás de mejor temple, menos quebradizo, más resistente, más duradero.

El explorador asusta al desierto; el pioneer lo subyuga; el primero planta el hito, el otro abre las vías; aquel voltea la fiera, este la dorna, la amansa, la domestica. Ambos gozan en su obra: febrilmente y violentamente, uno, como conquistador que vence y pasa, en las alas de la victoria; el otro, saboreando despacio el inmenso placer de crear, imponiendo su dominación con serenidad, exigiendo del vencido el merecido tributo.

Y tales eran, en su ingenua audacia de simples pastores punteros, todos estos hombres venidos de tan distintas partes del orbe, a juntarse en el galpón de fierro y de madera que constituía la casa de negocio del pampa José Cuenca.

Así mismo, si se les hubiera preguntado cual era el motivo que más poderosamente los había impulsado a dejar toda clase de comodidades, para venir a vivir en ese semidesierto: si la ambición de acrecentar rápidamente sus rebaños, o el amor a las aventuras, o el atractivo de lo desconocido, ¿quién sabe si no hubieran podido contestar sencillamente que sólo las ganas de vivir a sus anchas, y la impaciencia de sentirse codeados?