Política de Dios, gobierno de Cristo: 347

Pág. 347 de 389
Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Dos cosas son de admiración en la materia de guerra: La una, que siendo la gente que la sigue la que no sólo está más cercana a la muerte, sino por poco sueldo vendida a la muerte, es la que no sólo se juzga lejos de ella, sino exenta. La otra, que en las conferencias, juntas y consejos en que los soldados o los oficiales con el general tratan de cosas militares, que es frecuentemente, no se oye. Esto mandó Dios a David, esto a Moisés, esto a Josué y a Gedeón, y nunca dejan de la boca a Alejandro, a César y a Escipión, a Aníbal; siendo las hazañas y victorias de éstos dictadas de perdido furor, de ciega ambición, de rabiosa locura o de abominable venganza, y aquéllas de la eterna e inefable sabiduría. Dirán que aquel género de milicia de David y los demás, los tiempos le han variado y hecho impracticable; y no es así, ni tiene la culpa el tiempo con las nuevas máquinas de fuego y diferentes fortificaciones, sino el distraimiento que padecen los ánimos belicosos, que no les deja meditar los procedimientos llenos de misterios del pueblo de Dios, en las cosas que no habrá tiempo que las varíe, ni siglos que no las reverencien y verifiquen. Esforzareme a probar esto. Ya hubo un libro en tiempo de Moisés, cuyo título era231: Libro de las batallas del Señor. De lo que en él se contenía son varios los pareceres. Yo sigo el de aquellos padres que dicen había mandado el Señor recopilar en él, de todo el cuerpo de las sagradas escrituras, solos aquellos lugares que pertenecían al precepto o al ejemplo del arte militar, en aquella manera que él dijo a Moisés en la guerra de los amalecitas: «Escribe esto para advertencia en el libro.» Perdiose este libro; dejemos el por qué; no se han de escudriñar los secretos de Dios, que es vanidad y soberbia. A ninguno parecerá mal que cuando se puso aquel sol se encienda en mi discurso esta candela, no para suplirle y contrahacer su día, sólo para con pequeña llama alegrar las tinieblas en su noche: basta estorbar que no anden a tiento en materia tan importante. No alumbra poco quien hace visibles los tropiezos y despeñaderos. La centella de este discurso se enciende en la inmensa luz de las batallas del Señor, que se leen en las sacrosantas escrituras. Cuando sea pequeña, tiene buen nacimiento.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

Parte I

Capitulo-- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X -- XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII -- XXIII - XXIV

Parte II

Capitulo-- I - II - III- IV - V - VI- VII - VIII - IX- X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII 1 - XXIII 2