Política de Dios, gobierno de Cristo: 255

Capítulo XVI
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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Cómo nace y para quién el verdadero Rey, y cómo es niño; cuáles son los reyes que le buscan, y cuáles los reyes que le persiguen
La primera virtud de un rey es la obediencia. Ella, como sabedora de lo que vale la templanza y moderación, dispone con suavidad el mandar en el sumo poder. No es la obediencia mortificación de los monarcas; que noblemente reconocen las grandes almas vasallaje a la razón, a la piedad y a las leyes. Quien a éstas obedece bien, manda; y quien manda sin haberlas obedecido, antes martiriza que gobierna. Cristo nuestro Señor, solo y verdadero Rey, nació obedeciendo el edicto de César que mandó registrar todo el orbe (Luc., 2): (sobre cuyo lugar se hizo ya discurso en otro capítulo, de que se puede llamar parte muy esencial éste al mismo propósito). Vino José de Nazareth, ciudad de Galilea, a Bethlehen, ciudad de Judá, a registrarse con María su esposa que estaba preñada. A Cristo antes de nacer le debe pasos la obediencia; y nació obedeciendo donde por el concurso de la gente no tuvo otra cuna sino el pesebre, y creció con tanto amor a la obediencia, y le fue tan sabrosa, que se dijo de él «que fue hecho obediente hasta la muerte», porque fuera en el verdadero Rey gran defecto dejar de ser obediente alguna parte de la vida. Y como antes de nacer obedeció, y obedeció hasta la muerte, pasó la obediencia más allá de los límites del vivir. Y como fue conveniente, después de muerto obedeció al ultraje y a la fuerza, cuando con sangre y agua respondió a la lanzada; que aun después de muerto satisfizo con misterios las iras. San Cirilo (Catech., 13) dice: «Principio de las señales en tiempo de Moisés sangre y agua, y la última de las señales de Jesús lo mismo».


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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