Política de Dios, gobierno de Cristo: 188

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Así lo conoció España en el tiempo del rey don Juan I, tan bueno como infeliz, en las persecuciones, trabajos y guerras que le forzaron a cargar sobre sus fuerzas su reino y vasallos. Sintiolo tan extremadamente el bueno y clementísimo rey, que en demostración de paterno dolor se retiró a la soledad de un retrete, esquivando no sólo música y entretenimientos, sino conversación y luz, y vistiendo ropas de luto y desconsuelo. Lastimado el reino de tan penitente melancolía, para aliviarle de la pena que padecía por verlos gravados aun sin su culpa, le enviaron a pedir que se alegrase y oyese músicas, viese entretenimientos y vistiese ropas insumes (tal es la palabra antigua que le dijeron). El Rey dio por respuesta que no aliviaría su duelo hasta que Dios por su misericordia le pusiese en estado que pudiese aliviar a sus buenos vasallos de la opresión de tributos en que los tenían oprimidos sus calamidades y enemigos. No fue mejor el rey que el reino, ni más justificado ni más piadoso; ni se lee armonía política más leal y más bien correspondida: ejemplo, que si el rey y el reino que le oye o lee, no le da recíprocamente, se culpan el uno en tirano, el otro en desleal; considerando que nunca hay exceso, por mucho que sea lo que es menester, y que no se puede llamar grave aquel peso que no se excusa; y que lo que por esta razón no sienten los vasallos, por ellos lo ha de sentir el rey.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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