Política de Dios, gobierno de Cristo: 162

Capítulo V
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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Las costumbres de los palacios y de los malos ministros; y lo que padece el rey en ellos, y con ellos. (Matth., cap. 26; Luc., 22.)
Et viri qui tenebant eum, etc. «Y los varones que le tenían se burlaban de él. Entonces le escupieron en la cara: cubriéronle dándole pescozones. Otros le dieron bofetadas, y le preguntaban diciendo: Cristo, profetízanos quién es el que te dio. Y los ministros le herían con piedras, y decían otras muchas cosas, blasfemando contra él».
Del texto sagrado consta que ataron a Cristo para llevarle a palacio; y que en tanto que anduvo en palacio, anduvo atado y arrastrado de unos ministros a otros. Lazos y prisiones llevan al justo a tales puestos, y preso y ligado vive en ellos. Hasta el fuego de los palacios es tal que San Pedro, que en el frío de la noche se encendió en la campaña contra los soldados, calentándose al fuego de la casa de Caifás, se heló de manera que negó tres veces a Cristo. No se acordó, negándole, de que le había dicho él mismo que le negaría tres veces; y acordose en cantando el gallo; porque en palacio se acuerdan antes de las señas del pecado cometido, que de la advertencia para no cometerle. Esta circunstancia de su negación, con la negación, llorando amargamente bautizó con lágrimas San Pedro. Hemos dicho de los que entran; digamos de los príncipes que le habitaban. Uno y el primero fue Anás, el que dio el consejo de «que convenía que uno muriese por el pueblo». Éste le preguntó de su doctrina y de sus discípulos. Cristo nuestro Señor, que predicando había dicho: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?», y en otra parte: «Yo soy camino, verdad y vidas»; viéndose preguntado por juez en tribunal, quiso responder (como dicen) derechamente, y dijo: «Siempre hablé al mundo claramente; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, donde se juntan todos los judíos; y en secreto nada he hablado. ¿Para qué me examinas a mí? Examina a aquéllos que oyeron lo que yo les dije: estos saben lo que yo les he hablado». Calumnia el mal juez al Hijo de Dios; y porque él le dice que examine testigos y le fulmine el proceso, lo que jurídicamente debía mandar, consiente que un sacrílego que le asistía le dé un bofetón, diciendo: «¿Así respondes al pontífice?». No es nuevo que príncipes tales, cuando no hallan delito en el acusado, castiguen por delito la advertencia justificada. Responde Cristo al que le dio el bofetón: «Si hablé mal, testifica en qué; y si bien, ¿por qué me hieres?».


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