Política de Dios, gobierno de Cristo: 155

Pág. 155 de 389
Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Con toda reverencia y celo leal a vuestra majestad y a Dios, os suplico, serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, consideréis que estas palabras amonestan a vuestra majestad que sea manjar del celo de la casa de Dios. Bien sé que este celo os digiere y os traga. Sois rey grande y católico, hijo del Santo, nieto del Prudente, biznieto del Invencible. No refiero a vuestra majestad esto porque ignore que lo hacéis, sino porque sepan todos a quién imitáis y obedecéis en hacerlo. Muchos habrá, forzoso es, que digan no hagáis lo que hacéis: haya quien diga lo que no queréis dejar de hacer. La casa de Dios, Señor, es su templo, su iglesia, la congregación de sus fieles, sus creyentes. Vuestra majestad es el mayor hijo de la Iglesia romana: cuanto más obediente, monarca glorioso de los católicos, pueblo verdaderamente fiel. La monarquía de vuestra majestad ni el día ni la noche la limitan: el sol se pone viéndola, y viéndola nace en el Nuevo Mundo. Mirad, Señor, de cuánto celo ha de ser manjar vuestra persona y vuestro cuidado y vuestra justicia y misericordia; cuán lejos ha de estar de vuestra majestad el comer vasallos y pueblos; pues antes ellos os han de comer. Son muy dignas de ponderación aquellas palabras de David, que tanto he repetido: «¿No lo sabrán, todos los que obran maldad, que engullen mi pueblo como manjar de pan?». Señor, el pan es un pasto de tal condición, que nada puede comerse sin él; y cuando sobra todo, si falta pan, no se puede comer nada; y se desmaya la gente, y la hambre es mortal y sin consuelo, por haber acostumbrádose la naturaleza a no comer algo sin pan. Los tiranos que ha habido, los demonios políticos que han poblado de infierno las repúblicas, han acostumbrado a los príncipes a no comer nada sin comerlo con vasallos. Todo lo guisan con sangre de pueblos: hacen las repúblicas pan, que necesariamente acompaña todas las viandas. Esto dijo David a los reyes, como rey que sabía «que los que obran iniquidad» los alimentan de sus mismos súbditos. Y no se puede dudar que cualquiera que sustenta al señor con la sangre de sus vasallos, no es menos cruel que sería el que sustentase un hambriento dándole a comer sus mismos miembros y entrañas, pues con lo que le mata la hambre, le mata la vida.


Parte I

Capitulo-- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X -- XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII -- XXIII - XXIV

Parte II

Capitulo-- I - II - III- IV - V - VI- VII - VIII - IX- X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII 1 - XXIII 2