Política de Dios, gobierno de Cristo: 150

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Testifícalo en la transfiguración San Pedro, cuando de piedra fundamental de edificio eterno se metió a maestro de obras, y le dijo: «Hagamos aquí tres tabernáculos: uno para ti, otro para Moisen, otro para Elías.» Y dice el Evangelista: «No sabía lo que decía.» Sospechosos deben ser a los reyes, Señor, los solícitos de su comodidad y descanso, pues su oficio es cuidado; más útil hallan en el trabajo que le excusan tomándole para sí, que en el descanso que le dejan para él. Esto es ponerse la corona que le quitan. Hurto es igualarse el criado con el señor; así le llama San Pablo: Non rapinam arbitratus est esse se aequalem Deo; entiéndese como hombre. «No trazó rapiña (esto es, hurto) ser igual a Dios.» ¿Qué será trazar de hacer siervo al señor, y serlo el criado? Esto severamente lo castigó Dios en el ángel y sus secuaces, y en el hombre y su descendencia. Con rigor castiga el pretender ser como él; con piedad el ser contra él. Luzbel pretendió aquello, y cayó para no levantarse. San Pablo le perseguía, y cayó para subir al tercero cielo. Mayor riesgo se conoce en la criatura que compite que en el enemigo que persigue. ¿Qué casa hay en que el rey no haya menester desvelar su atención? En la que le reciben, porque el dueño quiere cerrarle en ella para sí solo; en la que no le admiten porque los que le asisten quieren llueva fuego sobre ella; en la que le trazan en palacio, capaz para su séquito, y en gloria y descanso, porque le quieren retirar en las delicias del Tabor del oficio y trabajos, título y corona de rey que le aguardan en el Calvario. Empero el verdadero rey Cristo Jesús ni se divierte de su oficio, ni consiente que el amor tierno y santo de los suyos le divierta. Y por eso dice: «Afirmó su cara hacia Jerusalén», donde había de padecer. Toda la salud del gobierno humano está en que los príncipes y monarcas afirmen su cara al lugar de su obligación; porque si dejan que las manos de los que se la tuercen la descaminen, mirarán con la codicia de sus dedos, y no con sus ojos. Aquel señor que, no queriendo imitar a Cristo, se deja gobernar totalmente por otro, no es señor, sino guante; pues sólo se mueve cuando y donde quiere la mano que se lo calza.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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