Política de Dios, gobierno de Cristo: 146

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Justo fue, y al juicio humano disculpado el sentimiento de Jacobo y Juan (aposentadores enviados por Cristo) de que los samaritanos no le quisieren dar posada; mas en la censura del mismo Cristo Jesús fueron dignos de reprensión gravísima, si no por el sentimiento, por el castigo que propusieron contra los descorteses, procurando bajase sobre ellos el fuego del cielo. El Dios y Hombre rey sólo previno en su Santísima Madre la posada de los nueve meses, y eso desde el principio. Aun para nacer no previno lugar; que sin desacomodar las bestias, fue su primera cuna un pesebre. Está hecho Dios a entrarse por las puertas de los hombres, y ellos a negarle sus casas. No admitir a Cristo, ya es fuego del infierno: no hace falta el del cielo para castigo. Más necesitaban de misericordia y de perdón, que de pena. No le falta castigo a la culpa que le merece. Quien no quiere recibir a Cristo, y le despide, y arroja de sí viniendo a él, ¿qué fuego le falta?, ¿qué condenación extrañará? Dije había sido gravísima la reprensión que dio a estos dos grandes apóstoles y parientes suyos: probarelo. Las palabras fueron: «No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del hombre no vino a perder las almas, sino a salvarlas.» Dos veces reprendió Cristo a Diego y a Juan. Aquí les dice «que no saben de qué espíritu son»; y cuando pidieron las sillas, «que no saben lo que piden.» ¡Dichosos ministros, que sirven a rey, que si les dice que no saben, los enseña lo que han de saber, y que no entretiene en el amor y la privanza la reprensión de los que le sirven! No dijo: «No sabéis a quién servís, ni mi condición o piedad»; sino: «No sabéis de qué espíritu sois»; porque como quisieron imitar el espíritu de Elías en el mandar que descendiesen llamas del cielo, supiesen que el suyo era detener las del cielo, y apartar las del infierno. Y si bien el decirles «que no saben de qué espíritu son», fue advertencia severísima, no está en eso la ponderación mía del rigor: está con grande peso en decirles: «No vino el Hijo del hombre a perder las almas, sino a salvarlas.» Severas palabras, si nos acordamos que el demonio le dijo: «Jesús, hijo de David, ¿por qué viniste antes de tiempo a perdernos?». Y los santos ponderan por blasfemia del demonio el decir que Cristo vino a destruirlos y atormentarlos; porque destruir y atormentar es oficio del demonio, y de Cristo restaurar y dar salud.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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