Política de Dios, gobierno de Cristo: 081

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



¿Qué cosa bastará a persuadir la vanidad de los príncipes, a que dijese: Yo no puedo? La hipocresía de la majestad vana del mundo tiene calificado por infamia el «no puedo», aunque sea contra todos los decretos divinos. Y el poder verdadero, Señor, es poder contra sí conocer los reyes que no pueden lo que no conviene: «Sino para aquéllos a quien lo aparejó mi Padre». ¡Gran Rey, que mira con respeto los decretos de su Padre, y a los que él mira! Es Rey de gloria a quien, como dice Cirilo70, «ningún sucesor sacará del reino». Allí les concedió la gloria con tal modo que no entristeció a los diez, ni desconfió a los dos. Así parece lo dice San Juan: «Cualquier cosa que pidiéremos recibiremos de él, porque guardamos sus mandatos»; habiéndoles asegurado él con tal condición. De suerte que allí les concedió la gloria sin concedérsela, como se la negó sin negársela, cuando dijo: Nescitis quid petatis. Díjoles: «¿Gloria pedís? Vale muerte, martirios, afrentas, trabajos». Dijeron que los querían pasar. Dijo que los pasarían; más que dar la gloria y las sillas no era de él, sino para aquéllos a quien su Padre lo tenía decretado. Ya le habían oído decir que el reino del cielo padecía fuerza: «Quien me quisiere seguir niéguese a sí mismo, tome su cruz». Eso es beber su cáliz. Así que, para los que le beben y los que se la cargan y le siguen, tiene su Padre las sillas; y esto lo mostró Cristo en sí mismo, que por el cáliz y por la cruz pasó cargado de nuestras culpas a merecernos la gloria. Dé vuestra majestad juntamente el oficio y noticia de lo que vale; y no dé entristeciendo a los que ven dar a otros; ni entristezca por no dar al benemérito que pide; que discípulo de este evangelio lo conseguirá todo.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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