Política de Dios, gobierno de Cristo: 035

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



Rey que pelea y trabaja delante de los suyos, oblígalos a ser valientes: el que los ve pelear, los multiplica, y de uno hace dos. Quien los manda pelear y no los ve, ése los disculpa de lo que dejaren de hacer; fía toda su honra a la fortuna: no se puede quejar sino de sí solo. Diferentes ejércitos son los que pagan los príncipes, que los que acompañan. Los unos traen grandes gastos, los otros grandes victorias. Los unos sustenta el enemigo, los otros el rey perezoso y entretenido en el ocio de la vanidad acomodada. Una cosa es en los soldados obedecer órdenes, otra seguir el ejemplo. Los unos tienen por paga el sueldo, los otros la gloria. No puede un rey militar en todas partes personalmente; mas puede y debe enviar generales que manden con las obras, y no con la pluma. ¿Quién presumirá de más esforzado que San Pedro, que en presencia de Cristo se portó tan como valiente, y en volviendo el rostro fue menester, para el acometimiento de una mujercilla, que el gallo le acordase de la espada, del huerto y de la promesa?

«Y navegando con ellos, se durmió. Levantose una tormenta de viento en el mar: atemorizáronse y peligraban. Mas llegándose a él, le despertaron diciéndole: Maestro, perecemos; pero él, levantándose, mandó al viento y mareta abonanzar, y quedó el mar en leche. Díjoles a ellos: ¿Dónde está vuestra fe?». (Luc., cap. 8.)


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