Pioneers felices

Los milagros de la Argentina
Pioneers felices
 de Godofredo Daireaux


Escocia es un país rudo, áspero y frío, cuyas montañas producen más rocas y más nieve que pan; pero en el que también se crían hombres vigorosos y osados, sanos y sufridos, a quienes no amedrentan los obstáculos materiales, ni las dificultades de la vida, ni las penurias; que son capaces de sacar, a fuerza de energía, mil recursos del infértil suelo de la comarca más desierta.

En la parte norte de la Argentina tampoco faltan regiones desiertas, ni montañas escarpadas; pero son desiertos fértiles, montañas cubiertas de lozana vegetación y rocas henchidas de riquezas ocultas, entre las cuales se crían y viven, en muelle holgazanería, hombres indolentes, sin ambición y sin necesidades. Sobrios por pereza, pobres en medio de la exuberante riqueza del suelo de su nacimiento, aprecian más, al parecer, su dulce reposo y su apatía secular que las comodidades de la moderna vida de civilización y de lujo; y el supremo goce para ellos es descansar, después de no haber hecho nada. Que conquisten otros, por su trabajo, y las aprovechen, las riquezas naturales que los rodean, no lo impedirán, y hasta no desdeñarán aprovecharlas ellos también en parte, pero su ayuda será poca, mientras no les enseñen cuán provechoso es el esfuerzo.

Cansados de vivir pobremente en el suelo patrio, resolvieron cinco hermanos escoceses ir a buscar fortuna en otras regiones. De espíritu aventurero, soñaban con alguna comarca virgen, que no hubiese todavía sido manoseada, y atraídos, desde su tierra árida y fría, por la seductora antítesis de la exuberancia tropical, pensaron en hacer tostar por el sol ardiente de la América meridional sus rubicundas caras enrojecidas por los vientos helados de los montes Grampians.

Harry, John, Frank, William y George, de treinta a veinte años de edad, huesudos y musculosos; con esos ojos azules, a la vez tan transparentes y tan impenetrables, llenos, en su dulzura, de latentes energías; que siempre parecen dispuestos a amar, pero con recelo, si no con desconfianza; con esos labios delgados, irónicamente risueños que. si bien no saben mentir, sólo de la verdad dicen lo que quieren decir; rubios como el trigo maduro, audaces con serenidad y sin fanfarronería, dieron, algo por casualidad, y después de haber rodado bastante, con la dormida Jujuy.

Y ésta, a su voz, tan desconocida, entreabrió los ojos y se desperezó. Extrañaba que se dignase alguien ocuparse de ella. Bien sabía que su nombre, entre sus hermanas, era sinónimo de atraso, de irremediable indigencia; que era la parienta pobre a quien siempre hay que ayudar, o porque la suerte no le haya deparado herencia, o porque no le haya dado los medios de hacerla fructificar. Ignoraba, por lo demás de cuál de los dos motivos provenía su miseria. De todos despreciada, era natural que a sí misma se despreciara y prefiriera dormir, envuelta, como en harapos, en sus inexploradas selvas y sus hermosos pastizales, sin tratar siquiera de saber si algo valían esos dominios.

-«¡Levántate!-le dijeron despacito, para no asustarla, los cinco hermanos-; levántate, para hacerte rica».

Miró soñolienta, a esos extranjeros importunos que la venían a despertar; sus caras enérgicas, su ademán algo imperativo, le hubieran podido infundir terror, si su mirada franca, su palabra suave, no le hubiesen sugerido ideas de leal y sincera protección.

Se levantó y consintió en que los cinco hermanos explorasen su territorio. Y ellos, extendiendo sus peregrinaciones por la provincia de Salta y los territorios de Formosa y del Chaco, quedaron asombrados de las enormes riquezas existentes en esas comarcas olvidadas, desconocidas, desiertas, abandonadas.

Cierto es que sufrieron muchas fatigas y privaciones: el calor, los insectos, la fiebre, los esteros inmensos, anegados, intransitables; la selva virgen, impenetrable, con sus árboles seculares ligados entre sí por inextricables lianas; los ríos indómitos, que después de correr como torrentes impetuosos, se extienden de repente, y cortan el paso, inmovilizados, en vez de facilitarlo; obstáculos, en vez de caminos, y, por todas partes, los peligros de la selva, los indios, las fieras y las alimañas.

Pero esas selvas inacabables de majestuosos árboles de madera dura representaban mil fortunas; las llanuras, fértiles y de riego fácil, prometían cosechas maravillosas al que resolviera el problema de cultivarlas; las montañas dejaban ver que en su seno encerraban todos los metales cada día más apetecidos por el hombre. Las mismas lianas, y los espartos y juncales, y las enredaderas silvestres, si bien estorbaban la marcha por el monte, contenían fibras sólidas y resistentes, susceptibles de alimentar una industria sin par.

Tanto más adelantaban los cinco hermanos, más admirados estaban de la riqueza de esa tierra. No había más que abrir y cerrar la mano; y pronto pensaron que, entre los cinco, podían, repartiéndose la tarea, hacer algo más todavía que aprovechar solamente lo que les ofrecía la naturaleza. Había que civilizarla, someterla al cultivo y crear en ella, al lado de las que espontáneamente daba, otras riquezas, artificiales sí, pero de más valor aún que las naturales.

Si en la Escocia ruda habían podido sus antepasados resolver el arduo problema de vivir, ¿cómo no iban ellos, en ese suelo, en ese clima privilegiados, a resolver el problema de edificar una fortuna?

Y pusieron manos a la obra.

Sus recursos personales eran escasos; pero la libra esterlina es atrevida y buena compatriota y con el irresistible poder de su ayuda hicieron nacer en la población indígena el afán de poseer y el amor al trabajo. La indolencia nativa resultó curable; esos hombres que parecían incapaces del mínimo trabajo, estimulados por el ejemplo y los consejos de estos extranjeros, y por los salarios que pagaban, se transformaron en peones hábiles y guapos, en servidores fieles y leales; y pudieron desde luego los cinco hermanos emprender las múltiples obras que los han hecho ricos y que mucho más aún: han abierto horizontes de infinita prosperidad a la pobre y despreciada Jujuy. Harry se encargó de organizar el trabajo en la selva.

Abrir en ella caminos; voltear los gigantes árboles y sacar de ellos los tirantes para los edificios, los postes para los potreros de la hacienda, la leña para los futuros ingenios, el tanino para la curtiduría; y llegar poco a poco hasta la vía fluvial que permitiría llevar con poco gasto los productos agrícolas, ganaderos e industriales hasta los mercados del mundo entero.

John empezaba, mientras tanto, a romper tierra en la llanura desnuda, haciendo plantar la caña de azúcar, el tabaco, el algodón, y preparando el suelo para sembrar arroz en terrenos adecuados y también el caté.

Frank apuraba la creación del ingenio en que se debía elaborar el azúcar; de la curtiduría, en la cual se trabajaban con el tanino de los árboles de la selva los cueros de las haciendas que pronto pacerían innumerables en los vastos potreros de la planicie.

William cuidaba las haciendas amansando sin cesar mulas y bueyes para los largos, penosos y numerosos transportes que necesitaba la explotación múltiple de tantos productos.

George, joven aún, vigilaba bajo la dirección de sus mayores, hoy, un trabajo, mañana, otro.

Y brotaba de todas partes, con el impulso poderoso de los cinco hermanos, la más extraordinaria, la más variada riqueza, inverosímil para los que todavía sólo tenían en la memoria la leyenda de pobreza mantenida, durante tantos años, alrededor del nombre de Jujuy.

Y como cunde el ejemplo con la mayor facilidad cuando viene acreditado por el éxito material, pronto no hubo un indio que no se ofreciese para alguna de esas tareas bien remuneradas que para todos eran fuente de bienestar y de vida más acomodada. Otros, también, siguieron el ejemplo: fueron los grandes terratenientes, profundamente dormidos, hasta entonces, sobre las inmensas áreas casi inútilmente adquiridas y poseídas por ellos.

El esfuerzo ajeno había divulgado el valor intrínseco de sus vastas propiedades, pero sin por ello hacerle producir mucho más; faltaba capital y más que todo faltaba el esfuerzo propio. Resolvieron algunos hacerlo y se ofreció el capital. Y la selva se fue transformando, explotada con juicio, dando para el presente sin sacrificar el porvenir; la llanura, anegada o reseca, se puso en condiciones de ser saneada o regada y dio los opimos frutos de la región tropical, tan buscados en todo el orbe, y los dio con la misma abundancia que da el trigo la tierra fértil, en las regiones templadas.

Toda esa provincia de fama arraigada de pobre y de haragana, se iba metamorfoseando en emporio de trabajo afanoso y de poderosa riqueza.

Los cinco hermanos habían fundado sus cinco familias con cinco hermosas hijas de la tierra enriquecida por ellos y por su fecundo ejemplo; y en sus espléndidas y patriarcales moradas, daban albergue regio a todos los hombres de buena voluntad que venían en busca de nuevos tesoros por explotar, o deseosos de aplicar a la explotación de los ya hallados nuevos métodos.

Harry, John, Frank, William y George, tan generosos como ricos, comprendían que para todos alcanzaba esa tierra prodigiosa, cuyo suelo producía con exuberancia las cosechas más valiosas, cuyas selvas encerraban incalculables riquezas, cuyas piedras escondían tesoros, cuyos ríos proporcionaban la fecundidad inagotable de sus aguas, y al comercio y a la agricultura envidiable camino que marcha.

Hubiesen sido diez hermanos, que cada cual hubiera tenido, como ellos cinco, las manos llenas de nuevas empresas que crear y que manejar. Hombres de ciencia o aventureros, hombres ingeniosos o valientes, pedían ayudarles a hacer surgir de ese suelo maravillosos tesoros sobre los cuales, antes de su llegada, dormían los mismos habitantes que hoy ayudaban a descubrirlos; y con la misma liberalidad con que la naturaleza había acogido y retribuido sus afanes, retribuían ellos y acogían a los que venían a juntar sus esfuerzos a los suyos, para hacer de la desheredada Jujuy una de las hijas más afortunadas de la Argentina.

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