Pelegrín

Pelegrín de Emilia Pardo Bazán


Con el último empellón que le atizaron para que «se despabilase», salió en volandas el chico, mal despierto aún, a pesar de un sopeteo y fregoteo de cara y manos, en la palangana desportillada, con agua muy fría... Llevaba los cachetes colorados aún de los restregones, y turbios los ojos, con los párpados hinchados de soñarrera. No estaba más caliente que el agua el poco de revuelto café que le habían servido en taza rota. Y liada la bufanda, y subido el gabán hasta las orejas, que abotagaban media docena de sabañones, bajó las escaleras a brincos, y se encontró en la luminosidad de la calle, animada ya, a aquella hora matutina, por pregones de vendedoras, rodar de simones y trajín de obreros y fámulas de cesta al brazo.

Mientras zapateaba en la acera, temblando, estremecido, tentado, como siempre, a flanear un poco antes de sumirse en las lobregueces de la escuela, el tranvía pasó. ¡El tranvía! Era el ensueño de Pelegrín. ¡No haber montado en el tranvía nunca! Es indecible lo que el chiquillo admiraba al tranvía. ¡Aquel coche grandísimo, tan precioso, tan reluciente, que andaba solo, con su iluminación clara por las noches, con sus silloncitos, con sus señores de gorra de galón, que van derechos en la plataforma, con su correr fantástico! A veces se atrevía a subirse al estribo un momento, tímido, pronto a huir despavorido si le zapeaban; pero adentro no llegaba jamás. Tenía miedo de salir echado a pescozones.

El miedo era el estado crónico de Pelegrín. Miedo a su padrastro, que le atizaba leña al menor descuido; miedo a la portera, que era bigotuda, y le gruñía si no restregaba muy bien los zapatos en los hierros del umbral, al volver de la calle; miedo a los guardias de Orden Público, que un día le tiraron de las orejas, sin piedad de sus sabañones; miedo a su hermana, que le llevaba dos años y mandaba a zapatos en él; miedo al maestro, que no le había castigado nunca, pero que gastaba unas cejas peludas como jopos de conejo; miedo a los guripas de la calle, procaces y osados cual gorriones, que le hacían burla y le amenazaban con morradas, y cumplían la amenaza a veces. El miedo constante había llegado a ser en Pelegrín segunda naturaleza. ¡Tenía miedo hasta a su madre, tan deshecha, tan demacrada la infeliz! ¡Miedo a las flacas manos que le lavaban, le servían el café chirle y el cocidillo tan escaso! Tal vez, comiendo unos garbanzos más, el miedo de Pelegrín se amenguaría. Probablemente, con un buen filete de carne y un caldo substancioso, Pelegrín sería un valentón. Lo cierto era que vivía temblando. Tenía vagamente la convicción de que cuanto hiciese era malo, digno de reprimenda, rechifla o golpes. Por instinto, cuando le dirigían la palabra, bajaba la cabeza, como el que ve a otro alzar el brazo o un arma para herirle, y trata de esquivar la agresión. Y si alguien le hubiese dicho a Pelegrín que esto no era justo, que no todas las cosas ni las personas debían serle hostiles, le sorprendería mucho: se mostraría incrédulo. Él, Pelegrín, había nacido para eso: para aguantar candela.

Lo único que le sublevaba, como una iniquidad de la suerte, como verdadera picardía del destino, era no saber aún lo que es un paseo en tranvía, por las calles de Madrid, viendo, al través de los vidrios, desfilar las casas lujosas, las tiendas, los árboles... ¡Corcho, eso sí que sería bonito! ¡Y no tener una perra gorda para darse el gusto! Muchas veces miraba a las junturas del empedrado, registraba con los ojos basuras y detritus, por si alguien hubiese dejado caer la consabida perra... ¡Sí, busca! ¡Para que no la agarrasen los chiquillos osados, los hijos de la calle! Una vez que los ojos de Pelegrín se fijaron en el relumbrar de una peseta, semioculta en el rincón de la acera, un golfo vio la dirección de la mirada, recogió la peseta en menos de lo que se dice, y luego, volviéndose hacia el primer descubridor del tesoro, le hartó de mojicones...

Hasta se le ocurrió que pidiendo limosna... No lo hizo, por dos motivos: el uno, el miedo habitual: lo sabrían en su casa: no se preguntaba cómo lo pudieran saber, pero lo sabrían; y su padrastro, preciado de sujeto decente, empleado en el Ayuntamiento, le zarandearía a puntapiés en las costillas, según hizo en alguna ocasión; y las costillas duelen, ¡vaya si duelen! La segunda razón para no pensar en pedir era que Pelegrín iba muy bien trajeadito. ¿Quién iba a darle? Aquella pose de decencia del padrastro influía en la vestimenta del chico: dentro de casa se pasaban privaciones, pero la familia, que se presentase con arreglo a la posición... Pelegrín gastaba abrigo de buen paño gordo, boina flamante, bufanda de calceta, muy abrigosa; marinero azul, de jerga, y sus botas, de becerro, nuevecitas... ¡Y no había andado en tranvía nunca, por falta de diez céntimos!

El tranvía, una vez más, pasó tentándole. Estaba entonces como a diez metros de la escuela; torcer por la primera bocacalle, y en el número 15. Siempre vacilaba un poco antes de hacerlo; la calle principal era alegre, bullanguera, inundada de sol, y la escuela abría su portal negruzco en una especie de callejón maloliente. El ansia de felicidad que hay en el ser humano detenía a Pelegrín un minuto más, entre el vocerío y alborozo de la calle.

Fue en ese momento de indecisión cuando una mujer se acercó a Pelegrín y le soltó, como en chanza:

-¿Quieres unas avellanas tostás, monín, que están mu ricas?

En vez de alzar la cabeza para mirar a su interlocutora, Pelegrín la bajó según su hábito, por miedo maquinal. Una mano gordezuela le metió en la boca las avellanas, y una risa alegre le desencogió el corazón.

-Anda, cómetelas, que es cosa buena.

Sí que lo eran... Un grato saborete lisonjeó el paladar al triturar con los dientes el fruto socarradito. Se atrevió a mirar a la mujer. Una cuarentona fresca, envuelta en un mantón de lana gris, le sonreía, le hacía carantoñas.

-Anda, ¿te vienes conmigo? Te convido a dulces...

Asombrado, Pelegrín rehusó.

-Voy día, a la escuela...

-Para to hay tiempo, hijo; ahora, ven, que te daré rosquillas y pasas y mucho bueno, bobo... Miá tú: al tranvía nos subimos y te llevo dacia mi casa, ¿oyes?, que tengo allí pa que te hartes de rosco...

No era necesario tentar a la golosina: la mujer frescota había pronunciado la mágica palabra... ¡El tranvía! Subir al tranvía, irse en él, sabe Dios adónde, a alguna región de magia, al país azul...

Callado, trémulo de esperanza, por fin se vio aupado, metido en el coche de sus ilusiones... Tan intensa era la emoción, que no hablaba; no habría podido articular frase alguna. Únicamente, cuando el tranvía se puso en movimiento y se sintió llevado por él, arrebatado por el bello monstruo apocalíptico, murmuró fervorosamente:

-¡Recorcho!

La mujer, siempre zalamera, le subía la bufanda hasta las cejas.

-Tápate, hijo, que corre un remusgo...

Se apearon en un sitio solitario, un cruce en glorieta perdida. Todos los viajeros habían ido quedándose acá y acullá... Sólo entonces se le ocurrió a Pelegrín, libre ya de la fascinación del tranvía, volver a su estado habitual de susto. Por allí no pasaba alma viviente. Y, suplicante, balbuceó:

-¡Quiero di a la escuela!...

-Ahora irás, precioso, ahora -respondió la mujer, quitando con presteza a Pelegrín la boina y la bufanda, y ocultándolas bajo el mantón.

Y como el niño, al sentir el frío, hiciese un momo de llanto, la embaidora se dio prisa y le tiró de una manga del abrigo, y luego de la otra, atizándole, para acallarle, un bofetón de los que quitan el aliento. Fue obra de pocos segundos; sin duda, la ladrona tenía adquirida práctica. Con la misma celeridad desapareció. El despojo fue consumado en el rincón de un solar, y acaso la valla de tablas, rota, sirvió de burladero. Pelegrín, aturdido por el dolor del bofetón bárbaro, que le había cruzado las orejas ensabañonadas, ardorosas, rompía por último a llorar y gritar con estrépito. Aún tardó algo en aparecer por allí un transeúnte, un obrero, con su talego de herramientas al puño.

-¿Qué te pasa, muñeco?

Del incoherente relato salió la verdad. El obrero miraba con indignación al niño, descubierto, tiritando, inflamada la mejilla, ensopado de lágrimas el rostro...

-¡Repodrías ladronas! Y los demontres de los guardias, ¿dónde andarán? ¡Vegilando en el portal de algún menistro!

No hay para qué decir el recibimiento que se le hizo en su casa al despojado. Sobre un bofetón ¡caben tantos otros! ¡Y las costillas de un pequeñuelo reciben tan perfectamente la punta de la bota de un hombre! El miedo -mejor dicho, el terror profundo- volvió a enseñorearse del alma de Pelegrín, donde reinó como amo. Tuvo miedo hasta a las calles animadas, a las mujeres que ríen mostrando sanos dientes, a las confiterías, a la luz del sol... Lo único que le consolaba un poco era repetir para dentro, sin decírselo alto a nadie: «¡He andao buen cacho e camino en tranvía!...».