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Pecado y penitencia

Pecado y penitencia de Arturo Reyes



IEditar

Acababa Perico el Talabartero de llegar a su casa y de quedarse todo lo ligero de ropa que puede tolerar el decoro en sus horas de benevolencia, y ya disponíase a echar un rengue, en espera de la comida, bajo el verde parral del patio, cuando...

-Oye tú, Pedro, ahí está preguntando por ti el Carambuco - díjole su mujer, Pepita la Tulipanes, una hembra capaz de electrizar a un difunto.

-¿Er Carambuco? Pos que pase er Carambuco.

-Pos voy a decírselo.

-No; antes ven acá y dame un beso en este pómulo.

-¿Solo o con salsa? - y esto se lo preguntó Pepa casi al mismo tiempo que posaba sus labios húmedos y rojos en el sitio designado por su marido.

-¡Camará, y qué requetegüeno que está! - exclamó éste como relamiéndose de gusto, y cogiendo a su hembra por la esbelta cintura, continuó -: Ahora otro en el otro pómulo, que si no el otro se va a quear llorando de envidia y de celeras.

-Pos ahora en el otro pa que no se le encoja er corazón.

-¡Ay, Pepilla..., que me da... algo! Aspérate y no te vayas, mujer, que te los voy a degolver con toa la cría.

Y estrechando entre sus brazos hercúleos la cintura de la Tulipanes, le empezó a desgranar sobre la boca más de un millar de collares de besos, ardientes y apasionados.

-¡Pero compadre! ¡Pero comadre! ¡Por la Virgen de las Angustias, la que vive en la carrera! Que estoy yo aquí y se me está cortando el cuerpo y está espesandoseme la saliva - gritó con voz suplicante y lastimera el Carambuco, apareciendo bruscamente en la entrada del patio.

-¿Y a usté quién le manda meterse aquí sin peír premiso a naide? Pos ni que esto fuera la carretera de Vélez - exclamó la Tulipanes, pugnando por desprenderse de los brazos de su marido.

-Pos tiée razón mi Pepa, compadre, que mi casa no es el Guarmeina, ni er Legío ni er Güerto de los Claveles.

-¡Por vía e la Malena! Pos no me he puesto fatigoso - exclamó el recién llegado, descolgando el pirulo y empezando a beber tan ansiosamente como si se le hubieran incendiado las entrañas.

-¿Y qué es lo que le trae a usté por aquí a estas horas? - preguntóle al Carambuco la Tulipanes con voz un tanto trémula, al par que se atersaba sobre el arrogante seno el pañuelo de crespón que arrollara la mano del Talabartero.

-Pos na, comadre, lo que me trae aquí es una canina que no veo, ¡camará!, como que hace veinte y cuatro horas que no sé lo que es probar la gracia de Dios.

-¿Y eso por qué, compadre? ¿Es que se lo ha prohibío a usté er veterinario?

-¡Ca! La que me lo ha prohibío es mi mujer, que se ha encerrao en el abrigaero, ha atrancao la puerta, y dice que no me abre ni manque se lo mande una pareja de las del correaje amarillo.

-¿Y eso por qué?

-¡Y qué sé yo! Porque le habrá dao por ahí, como ha podío darle por jacer gárgaras de malvavisco. Calle osté, comadre, que me tiée desde esta madrugá en esta misma postura, y como la cosa me ha cojío sin un garabito en la faltriquera.... pos na, que tengo una gazuza que si no me dan ustés manque no sea más que un caldisopa, me como esta noche ar primer sereno que me trompiece en er distrito.

-Pos na, compadre - exclamó el Talabartero con cordial acento -, tan y mientras se le pasa la picá a mi comadre ya sabe usté que aquí están mi mesa y toa mi mantelería.

-Mu pronto lo has dicho tú, porque antes de na sa menester saber por qué motivo le ha puesto la comadre ar compadre por penitencia el ayuno.

-¡Por qué ha de ser, so mal corazón! - exclamó con voz quejumbrosa el Carambuco - Por mo de na; porque anoche mos pusimos a jugar ar tute en ca der Cerriolo el Piña, el Guirigay y er Vizco der Potaje, y juga jugando, se mos fue la hora, y de pronto mos trompezamos con que estaba amaneciendo.

-¿Y dice usté que estuvo en ca der Cerriolo? - preguntóle con voz llena de retintines la Tulipanes.

-Sí, señora, en ca der Cerriolo. Que me den una puñalá si no es el Evangelio lo que le platico.

-¡En ca der Cerriolo! Vamos, hombre, si ya sabemos lo malito que es usté; si es que usté no lo puée remediar, si es que a usté lo tiró su madre ar mundo pa ser lo que es, y gracia que le dio a usté pantalones, poique si llega a darle a usté peinetas y peinaores.... ¡ni la Rita, compadre, ni la Rita!

-Güeno, pos vamos a comer, que es lo que más priesa corre - exclamó, cortando bruscamente el diálogo, el Talabartero - Y asín que haigamos comío - continuó -, entonces ya veremos qué es lo que jacemos pa que a la comadre se le ablande el corazón y desatranque la puerta.

Y momentos después olfateaba, como sumido en delicioso éxtasis el Carambuco la enorme fuente de sopa que acababa de colocar sobre el limpísimo mantel Pepita la Tulipanes.



IIEditar

Terminado que hubo la comida, levantóse de la mesa, ahíto de sopa, de jureles y de ensalada de escarola, el Carambuco, y

-Ahora debía usté jacer otra cosa pa que resultara to más reondo que una piña - díjole al Talabartero, al par que se desabotonaba el chaleco.

-¿Y esa cosa es? - preguntóle a su vez Perico, al par que le ofrecía la enorme petaca.

-Hombre, lo que yo quisiera es que fuera usté a darle coba a mi Rosalía pa que me dejase ya entrar, porque si no voy a abroncarme der to, y voy a comprar un máuser y voy a armar una en la puerta de mi casa que la van a oír hasta en el Callao de Lima.

-Déjese usté de armar ruío en er Callao, que de to tiée usté la curpa, poique la verdá es que teniendo como usté tiene una gachí más bonita que er sol, y más güena que una reliquia, es una charraná mu grande, pero que mu grande, que ande usté siempre como anda coleccionando pendones como si fuera usté a establecer un museo - exclamó Pepa con acento y expresión de reproche.

-Pero ¿usté va a jacer caso de to que dicen por allí?

-Pos no he de jacerlo, si esas cosas las jace usté sin mirar si jace sol o si está nublao. Pero no, no es usté quien tiée la curpa, sino mi comadre, que ha debío jacer lo que ya le tengo dicho jace ya muchísimo, pero que muchísimo tiempo.

-¿Y se puée saber lo que usté le tiée dicho a su comadre, comadre?

-Pos de juro que se puée saber. Lo que yo le tengo aconsejao es que haga lo que yo haría si mi Pedro fuera como usté: bailar al son que me tocaran y cobrarme por ca diente toíta una dentaúra. Pos qué, ¿es que usté cree que las mujeres semos de corcho u de serrín o de pasta pa macarrones, salero? ¡Por vía de Dios, y vaya una ley! Y la tonta ha sío ella, que no ha querío jacer nunca caso de ninguno de los que, sabiendo la poca estima en que usté la tiée, han querío aprovecharse de los descuidos del guarda y saltar la linde y colgársela a la bandola.

-Eso lo diría usté en catite, comadre - dijo, procurando en vano sonreír, el Carambuco.

-Pa bromas está el tiempo. Eso lo digo porque cuando usté jace lo que jace será porque su Rosalía de usté no le espumará a usté a to su gusto er puchero, y como ella no tiée necesiá de que usté la tenga que tragar a buches como si juera susfato e sosa, y a ella lo que le sobra son hombres que la cimbeleen y que la puean tener, si llega el caso, como los propios ángeles y mirándose en ella..., ¡pos velay usté, compadre! Velay usté por lo que yo le digo lo que le digo.

-Vamos, cállate tú ya - díjole a Pepa, interrumpiéndola gravemente, Perico, al notar cómo a las palabras de su mujer se le demudaba el rostro y se le crispaban las manos al Carambuco, que hacía esfuerzos casi sobrenaturales para echarle galga a la tremenda ira que acababan de despertar en su alma las frases de la esposa del Talabartero.

-Pos bien: me callaré, y si te parece te llegas tú a ca de la Rosalía, y a ver si se pués arreglar otra vez este mal negocio.

-Pos me llegaré, pero me da er corazón que no voy a trompesarme mu mollar a la comadre...

.................

Cuando media hora después regresó Pedro el Talabartero:

-Mala cara traes - díjole, cambiando con él una furtiva mirada de inteligencia, la Tulipanes.

-¿No ha desatrancao pa usté la puerta mi Rosario? -preguntole con acento impaciente el Carambuco.

-La ventana, y eso endispués de jacerle una novena.

-¿Y qué le ha dicho a usté por la ventana?

-Pos me ha dicho que no quiée golver a verlo a usté ni en armíbar, ni golver a oír er metal de su voz ni en fonógrafo. ¿Usté se entera?

-¿Y usté qué le ha contestao, compadre? - exclamó el Carambuco con expresión angustiada.

-Pos na, qué le diba a dicir; lo mejor que me pareció. Como yo conozco a las mujeres y sé aónde tiéen er pinito sensible, pos le dije que estaba usté aquí, que se había venío de allí con un calenturón, como un loco, que habíamos tenío que meterlo a usté en cama y que avísarle ar meico, y que er ineico había dicho que estaba usté mu malito y que se le pusieran a usté lo menos dos mil millones de sanguijuelas en el sitio en que le remata la coleta a los toreros.

-¿Y a eso qué fue lo que le dijo mi Rosalía?

-Pos me dijo que si estaba usté tan malito tuviéramos cudiao de avisarle al Santolio cuando llegara la hora, que no quería ella que se muriera usté sin que se le pasara un aviso a la parroquia.

-¡Eso es que ha creío que es jonjana lo de la enfermeá, compadre!

-No, señó. Cómo diba a creer que es jonjana, si le he dicho que to ha sío de resultas de un atracón de solera.

-Pos entonces es que a mi Rosalía se le ha muerto de ripente la voluntá que me tenía, porque si a mí me dijeran que ella estaba malita en cama, escarzo y en ayunas y en cueros vivos diba yo en busca suya manque juera a los mismísimos Pirineos.

-Mire usté: ¿usté sabe lo que debe jacer, compadre?

-Ya lo creo, dirme al Castillo y no contestarle cuando me dé el «alto» el centinela.

-¡Ca, hombre! Lo que usté debe jacer es quearse aquí o dirse a cualquier buchinchi, y aguantarse en la coacha como si juera usté mismamente un caracol.

-Hágame usté el favor, compadre, de no poner tan malitas comparaciones.

-Güeno, hombre, como si juera un búsano..., y cuando sea ya media noche sale usté de su concha, se va usté a su casa por la parte trasera, que da ar Legío, aonde a esta hora no hay ní un arma en pena; la paré der patio se puée sartar casi de un brinco; la sarta usté, se cuela usté por la puerta der patio, que no tiée más que un pestillo, y... lo demás ya mos lo dirá usté mañana por la mañana si se levanta trempano.

-No está mar pensao eso, Perico; pero que no se entere la comadre de que hemos sío nosotros los que se lo hemos aconsejao, poique si se entera, en Chafarinas se van a oír los pregones.

-No hay cudiao, comadre, que yo soy un pozo cuando debo y me da la repotentísima gana - exclamó con acento grave y en solemne actitud Antoñuelo el Carambuco.



III

Cuando éste, algunas horas más tarde, penetró en el Legío latíale febrilmente el corazón; y llegado que hubo al pie del muro, detúvose ante él, inquieto y lleno de incertidumbres.

Durante algún tiempo permaneció inmóvil y en silencio, y cuando, algunos instantes después, buscaba una saliente del muro en que apoyarse para realizar sus amantes propósitos, un dulce y melancólico trinar de guitarra, diestramente tañida, turbó el silencio de la noche.

-¡Me parece que eso es en mis cubriles! - exclamó lleno de sorpresa y haciéndose todo atención para mejor oír aquella inesperada armonía.

Siguió trinando dulcemente la guitarra, y Antonio, ya encaramado casi sin darse cuenta de ello en lo alto del muro, pudo comprender, lívido y descompuesto, que era, como antes sospechara, en sus cubriles donde resonaba el melancólico trinado.

Un vértigo de celos y de ira salvaje resbaló por el alma del Carambuco, que saltó al patio a riesgo de tener que andar un par de meses con muletas, se incorporó rápido sin tener que lamentar percance alguno en su persona, y se dirigió trágico como una amenaza de muerte hacia la puerta, al llegar ante la cual se detuvo al oír cómo a los sones de la guitarra comenzaba a cantar un hombre, a juzgar por la voz y de modo dulcísimo y maravilloso:

El que te tuvo en la mano te despreció, y yo, paloma, ya en toa mi vía no te suerto manque los mengues me coman.


Una ola rugiente azotó el cerebro del Carambuco. Aquella copla estaba pidiendo a voces una puñalada por contestación, y como no era el Carambuco hombre capaz de no dársela a quien así se la reclamaba, un momento después abrióse la puerta como si acabara de estrellarse una avalancha en el renegrido maderamen.

Un quinqué, capaz de competir él solo con toda una iluminación a la veneciana, alumbraba el comedor y el limitadísimo vestíbulo, que lo ponía en comunicación con el patio: la Mesa de pino limpísima y adornada con un cacharro lleno de flores, la larga banqueta forrada de yute, adosada a una de las laterales; los cuadros en que majas, frailes y chulos se requebraban y sonreían maliciosamente en picarescas actitudes; la jardinera suspendida del techo y amagandodesplomarse al peso de la colgante yedra, y media docena de sillas de Victoria, ocupadas en aquel momento por Rosalía, adornada con sus trapitos de cristianar: por la Tulipanes, que amenazaba estallar de risa, retrepada en un sillón y con los puños en los ijiares: por el señor Paco el Castizo, que guitarra en mano sonreía mirando a su yerno con socarrona expresión; por su compadre el Talabartero, que habíase por precaución, sin duda, parapetado tras la puerta de la alcoba, no osando poner en descubierto más que un cuarto de perfil, y por el Niño, el más famoso cantaor del barrio de Capuchinos.

-Esta groma está pidiendo a voces una puñalá trapera - gritaba momentos después y con semblante aún contraído el Carambuco.

-Esto lo que está pidiendo a voces es que tú le pías perdón a tu Rosalía por tus partiítas serranas, y que pa festejar la casi boa, te largues ahora mismito a ca der Toneles y te traigas una miajita de argo con que nos durcifiquemos er garnate.

Y si no mienten las crónicas, una hora después no había en casa del Carambuco uno que no hablara casi en latín; y si no mienten las muchas personas que nos lo aseguran, son muchas aún las veces que tiene que ir a pedir un caldisopa Antoñuelo el Carambuco a casa de su compadre Perico el Talabartero.