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Patrón rico



Un caballo tenía para sí solo todo un potrero bien cercado, de riquísimos pastos, con un buen retazo de alfalfa siempre verde, y en un rincón varias parvas de pasto. En el galpón donde dormía, tenía además, a su disposición y para su consumo una pila de bolsas de maíz.

Era soltero, y por supuesto vivía en medio de extrema abundancia, no por codicia, sino porque así era, no más, por un favor de la Fortuna. Era bueno y servicial por lo demás, este señor caballo, y un día que un ratón le vino a pedir un poco de maíz para su señora que estaba enferma, le dio permiso para tomar lo que necesitase, pensando que un animal tan pequeño no podía comer mucho; y no quiso siquiera aceptar la promesa de pago que le quería firmar el ratón.

Éste, al volver a su casa, encontró al cuis, su amigo íntimo, y entre agradecido e irónico le contó la cosa, diciéndole: «Y tú, ¿por qué no vas? Pedile licencia para estar en el campo y te la va a dar. Poco le cuesta: ¡es tan rico!».

Fue el cuis; ofreció pagar arrendamiento; pero el caballo no aceptó y le dio licencia, no más.

Y el cuis aconsejó a la vizcacha que fuera también, pues era tan rico el patrón que seguramente no le negaría campo. La vizcacha pensó que sin pedir nada, bien se podía establecer allí, y así lo hizo, sin que el caballo, bonachón y rico, le pusiera obstáculo.

La cabra se coló un día entre los alambres y fue a visitar al caballo, queriendo comprarle un poco de pasto verde; el caballo la convidó a comer y puso a su disposición su retazo de alfalfa.

Pronto la cabra llamó a las ovejas, sus compañeras, y a fuerza de pasar por el alambrado, le abrieron un portillo por el cual pudo entrar la vaca; su ternero no podía quedar afuera, y también se hizo baqueano para entrar y salir.

Y toda esta gente comía, destrozaba, voraceaba, ensuciaba, pelaba el campo, volcaba el maíz, deshacía las parvas, siempre muy zalameros todos con el caballo, a quien llamaban patrón, ponderando su riqueza. «¡Es muy rico el patrón!».

Pero cuando llegó el invierno, se encontró el caballo con que le habían acabado el maíz, que casi no le quedaba pasto seco, que la alfalfa estaba pelada y todo el campo talado, y cuando uno de los intrusos se le vino con la santa palabra: «¡Bah, es usted tan rico, patrón!» él, que ya se veía pobre, se enojó de veras, y lo puso de patitas del otro lado del alambrado; y con todos se apuró a hacer lo mismo, no sin bastante trabajo, y a cerrar los portillos, sintiendo haberlos dejado abrir.

No hay riqueza que valga, donde hay derroche.