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Pasión quita razón

Pasión quita razón



IEditar

-Mira, Francisco, si quiées que yo te platique con er corazón en la mano, sa menester que no se te suba, cuando yo te esté platicando, er genio a las narices y que no te vayas del seguro y que no me faltes al rispeto, y que te jeches las galgas y que no digas como dices, ca vez que te llevo, por tu bien, la contraria, que si tú eres el mejor de mis amigos, yo en cambio soy el peor de tus enemigos.

-Es que yo no quiéo que te entretengas, como te entretienes, en retorcerle er cuello a mis últimas ilusiones. ¿Tú te enteras?

-Pero ven acá, loquito de remate, que estás más loco que una yegua loca. ¿Tú no comprendes que por lo mismo que te quiero con toas las veras e mi corazón tengo que aconsejarte contra tu gusto? ¿Tú no comprendes, bruto que eres, que eso que tú quiées jacer es una barbaridá más grande que un navío; que no estamos nosotros ya pa dislocar jembras de catorce brotes, que no tenemos mosotros ya liria pa tanto? ¿Tú no comprendes que el espejo es el único que mos dice la verdá y que cuando mos miramos en él, lo que mos dice es que no nos quea ya güeno más que er corazón; que estamos cuasi pidiendo a gritos que nos apuntalen, que no tenemos ya más de cuatro güesos en la boca con que aguantar los carrillos; que se mos ha caío er barniz y se mos ha queao la piel como la de las pintarrojas; que no son ya patas e gallo, sino toíto un gallinero el que lucimos en el rabillo del ojo; que ya cuando suspiramos es como si espertoráramos; que ya de ca cien pelos mos quea uno; que...?

-¿Te quiées callar, mala hora? Que tiées envenená la campanilla y envenená las intenciones y envenenao er corazón -exclamó interrumpiéndolo iracundo el señor Frasquito.

-¿Por qué? ¿Porque te digo la verdá? ¿Porque no quieo que siendo como eres pa mí cuasi un hermano gemelo le des que decir a las gentes y que reír a las gentes y que chuflearse a las gentes?

-Pero ¿por qué ha de ser eso asín, vamos a ver? ¿Será la primera vez que se prenda de una gachí con diecinueve o veinte primaveras un hombre fresco entoavía, un hombre que entoavía no ha llegao a los dos duros cabales?

-¡Dos duros! Por vía e la Malena! ¿Jasta a mí me quieres tú tirar el pego? ¡Dos duros! ¡Dos y medio mu largo e talle!

-Güeno, pos pongamos que sean tan largos e talle como tú dices. Güeno, ¿y qué? Cincuenta, pos eso tenía el Pelambrera cuando se casó con la Terezona.

-Pero la Terezona en lugar de tener diez y nueve, tenía treinta y ocho y por cara un plato de sobreúsa.

-Güeno, pero la Golondra no tenía más que catorce, y es más bonita que el sol y se ha casao con el Pólipo, que tiée más que yo lo menos catorce meses.

-Asín anda er Pólipo, que tos los sombreros se le rompen por la coronilla. ¡Como que es una cabeza que ha de rematar en perchero!

-¿Y el Tinaja, vamos a ver, y el Tinaja? ¿Qué edá tiée er Tinaja?

-Dos u tres años más que tú, según dicen.

-¿Y su mujer la Mantequita?

-Diez y ocho no cabales.

-¿Y qué? ¿La cabeza del Tinaja tamién va a arrematar en perchero?

-Pero hombre, ¡qué vas a comparar! Si la Mantequita es un matamosca; si tiée por narices un berbiquí, si le funguela el aliento, si ca pinrel que tiée es una escampabía. ¿Vas a comparar a la Mantequita con tu delirio, que tiée por ojos dos luceros y un cintillo por boca y por pies dos altramuces? No, Frasquito, sa menester que te desengañes; eso que tú vas a jacer es más peligroso que er túnel de la Canasta.

-Pero si es que tú no ves claro en este negocio; si es que mi nena de mi corazón está por mí más día der sentío que yo por ella; si es que está que trina por mi persona.

-Camará, eso es lo que a mí no me cabe en er meollo: que tú te pueas creer eso. Vamos a ver, ¿me creerías tú si yo te dijera ahora mismito que me gusta más un plato de lentejas con güéspedes que er solomillo con tomate?

-Y er plato de lentejas con güéspedes soy yo, ¿verdá?

-Pos qué, ¿te crees tú que eres er de solomillo con tomate?

-¿Y quién es el del solomillo?

-Toma, pus cualisquiera de los que arquean la pluma delante de tu ídolo. Suponte tú si una gachí como ella, más bonita «que los clavelitos blancos, que abren por la mañanita», y mas güena que una reliquia y cantándose como ella se canta, y en un tablao por añadiúra, suponte tú si tendrá a su alreor mozos de ácana y con perfil y con la edá en la dentaúra y con el talle fino y con la piel más atirantá que un tambor, que le digan cosas propias de la edá, y con un metal de voz que no suene a carraca como suena el tuyo y como suena éste con que yo te estoy platicando las del Barquero.

El señor Frasco no pudo contenerse más tiempo; su amigo habíale hecho ver un cuadro que lo sacaba de tino, habíale hecho ver a la Topacio en una de las mesas del café cantante donde ganábase la vida trinando como una alondra, y habíala visto alta, esbelta, gallarda, con el pelo abundante y sedoso, coronado de flores, la tez de nácar, los ojos como empapados en luz, envuelto el arrogante busto por un pañolón de Manila, desnudos los brazos adornados por ajorcas de metal fino; y alegre, triunfadora y resplandeciente, rodeada de mozos de arrogante apostura, de dulce mirar, de labios frescos y de picarescas sonrisas; gente rumbosa y macarena de saladísimos decires y de gallardísimos arrestos, y viéndola así sintió martillearle en el corazón y en los oídos la voz ruda, entonada, implacable del mejor de sus amigos diciéndole con crueldad insoportable:

-A mosotros no mos quea que esté de recibo ya más que er corazón, y cuando mos miramos al espejo, el espejo mos dice que estamos ya pa el guano y naíta más que pa el guano.

El señor Frasquito no pudo contenerse -repetimos-, y se incorporó con el semblante congestionado por los celos y la ira, y

-Está bien, esto se arremató y na más que porque tú eres quien eres no te doy una puñalá y no te arranco er corazón y ¡te lo jecho en sarmuera!

Y dicho esto, convulso, descompuesto, jadeante, rendido por el supremo esfuerzo que hubo de hacer para ponerle bridas a su cólera, salió del hondilón del Tapete deseando tropezarse con alguno en quien poder saciar la ira que se le retorcía en el corazón como una serpiente de fuego.


IIEditar

Cinco años habían transcurrido desde el día en que el señor Francisco, liándose la manta a la cabeza y contra viento y marea y contra los consejos del mejor de sus amigos, hubo de contraer enlace matrimonial con Dolorcita la Topacio.

Y como no son los cincuenta años edad apropiada para tales desaciertos, ocurrió, como era de temer, que en el día en que sacamos a relucir de nuevo al señor Francisco, era éste un purí con todas las de la ley, que habíansele por su mal arqueado la espina y abombado enormemente el abdomen; el negror de su pelo, ya más que escaso, era, de modo tal, áspero y tornasolado que delataba hasta vista de pájaro su química procedencia, su dentadura salida de su faltriquera, andaba a cachetes con sus ojos hundidos y siempre lacrimosos, y con su nariz por bajo de cuyos cartílagos brotábale una selva de pelos blancos; en sus mejillas entrelazábanse las arrugas en geométricos y complicadísimos dibujos, y sus piernas, adelgazadas y débiles, eran ya menos que insuficientes a sostener el torso grande y ventrudo.

Y si el señor Frasquito había llegado a la casi total abdicación de sus ya remotas arrogancias, en cambio Dolorcita estaba que metía miedo de buena moza; los cinco años transcurridos habíanle convertido en arrogantísima matrona de amplísima y redonda cadera, de talle siempre esbelto y de seno de tentadora curvatura; su rostro, antes algo enjuto, habíase redondeado, atersándose su piel blanca como el marfil y fina como el raso; el amor al acariciarla con un ala solamente no había podido ajar su espléndida hermosura.

Calmados un tantico los amorosos anhelos del señor Frasquito, dejáronle sus casi seniles apasionamientos un resquicio a la razón que hubo un día de decirle con voz de persuasivas inflexiones:

Mira Frasquito: tú te has cargado una malita, pero que mu malita faena con el mejor de tus amigos; por aquella salida tuya para con él, debías tú estar por lo menos en el Peñón de la Gomera; si Pedro le dio tres puntapiés a tu vanidad, se los dio por tu bien o creyendo que por tu bien lo hacía. Sa menester que pienses que Pedro ha sido desde hace la mar de tiempo el más leal de tus amigos y que no abundan los amigos de verdad como si fueran cotufas.

Y tantas cosas hubo de decirle la razón y tan elocuente hubo de estar aquel día, que dos horas después celebraban las paces el señor Pedro y el señor Frasquito, en casa del primero mediante un abrazo de los de chipé y dos botellas del más oloroso néctar que ha salido de las vides montillanas.

Y cinco años eran transcurridos -repetimos- durante cuyos cinco años jamás había despegado sus labios el señor Pedro refiriéndose a la Topacio para nada que no fuese entonar un himno en su honor, cuando un día, día otoñal, fresco y luminoso, en que parecía reír el cielo azul, el espacio límpido y sereno, el sol ardiente y vivificador; en que alegres bandurrios de mozas y mozos cargados con los cestos de la merienda y la indispensable guitarra, acomodábanse acá y acullá en las desigualdades de los montes o en las hondonadas de los arroyos, para alegrar la vida con algunas horas de solaz y de esparcimiento, sentáronse ambos amigos al pie de uno de los árboles que sombrean la Carrera de Capuchinos, y

-¿Qué tiées, que estás triste? -preguntóle el señor Pedro, al par que le ofrecía la petaca, al amigo de sus preferencias.

Este tomó la petaca, suspiró hondamente y, tras algunos instantes de silencio, murmuró con acento quejumbroso al par que liaba con dedos ya trémulos un imponente cigarro.

-¡Qué quiées que tenga! Las duquitas de muerte que me dan de verme como me veo.

-¿Y cómo te ves pa que te dé tanta pena?

-¿Que cómo me veo? Pus como me ves tú, como me verá toito er mundo... ¡como me verá mi Dolores!

-Ca, hombre. No diré yo que seas un chaval, pero ya quisieran conservarse como tú otros que la pintan de catorce pámpanas.

-Déjate de queas. Yo ya estoy como los perros del tío Alegría, y ea vez que pienso esto y miro a mi gachí con aquella cara, con aquellas jechuras, con aquel modo de entornar el párpado y de jechar el habla del cuerpo, yo no sé lo que me pasa, Pedro, pero me dan intenciones de jacerla porvo pa que nadie pueda jurgar nunca su cuerpecito de nácar.

-¡Hombre, por la Virgen Santísima, no seas bruto! ¿Que tu Dolores es un proigio de bonita? Pus que mejor que mejor.

-Es que mi Dolores va perdiendo vapor a chorros pa conmigo; es que ya no es lo que era, es que ya cuando yo la acaricio me parece que me está diciendo con toa su persona: «Güeno, ¡qué se le va a jacer! ¡Quien manda, manda!». Y na más que pensar en eso me trae loco perdío, y a lo mejor se me mete en la cabeza que me va a dar el tifus y que me voy a morir y que mi Dolores va a golver al café cantante y a verse otra vez rodeá de mozos de los de ácana y...

-Vamos, hombre, tú estás más loco que un cencerro. ¿Por qué has de pensar asín de Dolores? Dolores es güena desde la raíz a la cepa. Dolores te quiée a ti más que a las niñas de sus ojos.

-No, eso no puée ser -repúsole el señor Frasquito, como esforzándose en cerrarle el paso a tan gratísimas convicciones.

-Vaya si puée ser. ¿Qué motivos tiées tú pa pensar mal de Dolores? Una gachí que por no darte una esazón no se asoma ni por casolidá a la ventana; que no hay un gachó que puea presumir de que le haiga sonreío una vez tan siquiera desde que se casó contigo.

-To eso es verdá. ¡Pero estoy yo ya tan poco de recibo!

-Esas son cavilaciones tuyas, y además que las mujeres son mu caprichosas... ¿Pos no lo estamos viendo a ea paso?... Mía tú, la Pelitos, loca perdía por su Pepe el Carabinero, y mía tú que el gachó está ya que cuando tiée que platicar fuerte, se lo tiée que encargar a cualisquiera de sus amigos.

-Es verdá, pero la Pelitos es el llorón de un bombero.

-Y la Salaíta, la mujer del Baticola. ¿Qué me tiées que dicir de la mujer del Baticola? ¿Pus y la Tamicera?

-No, con ésa no me compares tú a mi Dolores.

-Es que eso que dicen de la Tamicera es guayaba y, en fin, que lo que yo digo es que me apuesto el corazón a que pa tu Topacio no hay más hombre en er mundo que er que lleva tus calzones.

Calló el señor Frasquito. Las palabras de Pedro habían conseguido que entraran en su pecho los rayos de aquel sol que iluminaba la radiante perspectiva, y

«Esto es un amigo», murmuró mentalmente mientras casi mentalmente también canturreaba el señor Pedro:


«Siempre pueden más si riñen
el amor que la amistá,
y el dulzor de la mentira
que la jiel de la verdá».