Parte oficial del capitán de navío Carlos Ferreyros sobre la captura de la Pilcomayo

Parte de C. Ferreyros comandante de la Pilcomayo

A bordo del vapor Loa, al ancla en Pisagua, noviembre 22 de 1879.

Señor General Ministro, en el despacho de Guerra y Marina:

Habiendo zarpado del puerto de Arica la corbeta Unión a las 10 P. M. del 17 del que cursa, me puse en movimiento con esta cañonera siguiendo sus aguas, perdiendo muy pronto de vista a la corbeta por la oscuridad de la noche, y navegar nosotros a media fuerza para dar tiempo a que el Chalaco, que también debía zarpar, se reuniese al convoy, siguiendo así con rumbo al n. 70, O. hasta el amanecer, en que avistamos a este transporte por nuestra aleta de estribor.

A las 8 A. M. nos hallábamos a 25 millas al noroeste de punta de Coles con rumbo a Mollendo, cuando el vigía anunció un humo por el norte, el que una hora después reconocimos ser el de la Unión, avistándose en este mismo momento, por nuestra armadura de estribor y hacia el lado de tierra, otro humo. A las 9.50 A. M. la Unión, que había puesto la proa hacia el sureste, gobernando en nuestra demanda, hizo un tiro de cañón, izando señales que no fue posible distinguir por la distancia que nos separaba. Comprendiendo que el vapor avistado hacia el sur suroeste, era enemigo, hizo un disparo de alarma al Chalaco el que inmediatamente se dirigió hacia nosotros.

A medida que se acercaba la Unión pudimos distinguir sus señales que decían: "buque enemigo a la vista", y enseguida nuevas señales anunciándonos que el buque enemigo era un blindado. Pocos momentos después lo vimos por nuestra popa en demanda del Chalaco.

A las 10.15 A. M. la Unión gobernaba hacia fuera, cruzando nuevamente por nuestra popa a distancia de 500 yardas. El Chalaco lo hacía al sur, distando la costa veinte millas. El blindado que nos daba caza estaría de seis a siete millas de distancia. Navegamos así a toda fuerza de máquina, con una velocidad máxima de diez millas, que era cuanto podíamos hacer, hasta las 12 M. en que perdimos a la Unión por nuestra cuadra de estribor, quedando el Chalaco entonces, por haber variado su rumbo, muy pegado a la costa con dirección a Pacocha. Desde este momento noté que la persecución del blindado era dedicada única y exclusivamente a la Pilcomayo, a pesar de que el Chalaco, cuya primera maniobra lo había acercado al enemigo, había llegado a estar más inmediato a éste que a nosotros; notando además, por medio de repetidas observaciones con el micrómetro, que el blindado nos ganaba en el andar a razón de más de una milla por hora, siendo la distancia que nos separaba en ese momento de cuatro o cinco millas.

En esta situación, entre los dos recursos que me quedaban, o bien dirigirme a tierra, de la que distaba más de 20 millas próximamente, con el objeto de embarrancar el buque, o tomar la vuelta de afuera y aprovechando así la brisa, que aunque floja, se dejaba sentir, tratar si posible era, de ganar en velocidad al enemigo, opté por el segundo, pues a más de ser grande la distancia que me separaba de la costa, abrigaba el fundado temor de que llevando al enemigo en la dirección en que el Chalaco ganaba la tierra, fueran dos los buques que perdiera la nación. Practicada esta maniobra en consecuencia, y orientadas las cuchillas, varió su rumbo el blindado, acercándose rápidamente a nosotros, pero alejándose del Chalaco.

A las 2 P. M. calmó la brisa y teniendo la marejada de proa, nuestro andar apenas se mantenía en las 10 millas, a pesar de hacer todo esfuerzo en la máquina para aumentar su velocidad, no distando ya mucho el momento en que iba a encontrarse la cañonera a tiro de la poderosa batería de su enemigo. Convencido pues, que la huida era imposible, reuní a la oficialidad en consejo y unánimemente manifestó ésta que el último recurso adoptable, atendido a lo crítico de nuestra posición, era el de inutilizar la nave sumergiéndola e inutilizándola, batiéndose en retirada hasta conseguir practicar estas operaciones.

A las 3 P. M. variando la distancia entre 3.500 y 4.000 yardas, rompimos los fuegos con el colisa de 40 de la toldilla, y ordené que un oficial se instalara en la sección de máquina y procediera a hacer abrir y destrozar las válvulas y grifos, mientras que otro lo hacía con los de la Santa Bárbara. Asimismo se hizo derramar en las cámaras y sollados todas las sustancias inflamables que poseíamos, y se les dio fuego. Los cañones de la sección de popa se abocaron sobre las escotillas de la cámara de oficiales, disparándolos oblicuamente sobre los fondos, los que produjeron una perforación bajo la línea de agua y otra en la línea de flotación. Procedí enseguida a hacer botar libros de señales, correspondencia oficial y particular y demás documentos del buque. Se destruyeron las bombas y rompieron las lumbreras del costado. Mientras se verificaba todo esto, continuábamos haciendo fuego con el colisa de popa, logrando disparar en todo hasta 19 tiros con granadas, muchas de las que, tocando el costado del enemigo, hacían explosión sin producir ningún efecto. Estos tiros fueron contestados con 3 de a 250 y algunos de menor calibre, ocasionando los de 250 la rotura de la maniobra y pera del pico trinquete, y el corte de los amantillos de la botavara a una altura de diez pies sobre la toldilla. Los otros tiros cayeron a nuestro costado, sin tocarnos.

Conformé observé que el fuego de las cámaras se hallaba próximo a los pañoles en que estaban depositadas las bombas cargadas, saliendo las llamas por la escotilla de la segunda cámara, parada la máquina a causa de que el agua que entraba en gran cantidad había inundado las hornillas, y habiéndome manifestado los ingenieros la imposibilidad de que pudieran los enemigos salvar el buque, ordené arriar las embarcaciones menores, y que se embarcara la dotación, quedándome a bordo con la oficialidad que no quiso abandonarlo.

El Blanco Encalada, que reconocimos ser el blindado enemigo, por la insignia del contralmirante que enarbolaba en el palo de mesana, se hallaba a tiro de rifle por nuestro costado de babor, y observando que los pabellones no se arriaban, rompió el fuego con las ametralladoras y rifleros de sus cofas por espacio de diez minutos.

La circunstancia de haber dejado a mi salida de Arica la ametralladora y armas menores que hacían gran falta y que debían ser repuestas en el Callao, me imposibilitó para adoptar una resistencia que hubiera sido siempre estéril.

A las 4.30 P. M. las embarcaciones del Blanco nos abordaban conservando nosotros nuestros pabellones al pico y tope, que fueron arriados por los enemigos, los que inmediatamente se dirigieron a combatir el incendio e inundación, obligando a nuestros 1º y 2º ingenieros a que les enseñaran el lugar de las válvulas y las cerrasen provisionalmente. A esta hora las dos cámaras eran presa de las llamas y el agua alcanzaba a 10 pies en la sentina, estando la Santa Bárbara totalmente inundada. El fuego de proa, que no había tomado tanto incremento, continuaba sin embargo.

El señor teniente Goñi, que comandaba la gente que nos abordó, se acercó al puente donde me encontraba con toda la oficialidad, y me notificó que iba a hacer regresar a toda nuestra gente a bordo, y que si no tratábamos de hacer apagar el incendio, nos iríamos a pique o volaríamos todos, a lo que contesté que habíamos cumplido con nuestro deber y aceptábamos las consecuencias.

A las 5 P. M. próximamente fui trasladado al Blanco, junto con la oficialidad, habiendo sido ya trasbordada anteriormente, de las embarcaciones menores, toda nuestra tripulación.

En el encuentro con el Blanco no hemos tenido felizmente ningún muerto, habiendo resultado heridos ligeramente el marinero Pedro Álvarez y el cabo 1º de la guarnición Rufino Chuquihuanca con un balazo en la cara y otro en la muñeca derecha.

Los esfuerzos hechos por la tripulación del Blanco para salvar a la Pilcomayo han sido grandes, trabajándose constantemente día y noche, atracándola al costado del blindado para aplicarle las poderosas bombas a vapor de éste, habiendo estado a punto de ser abandonada varias veces por la enorme cantidad de agua que hacía. Desgraciadamente el buen estado del tiempo y del mar favoreció estos esfuerzos, lográndose remolcarla navegando tan sólo a razón de 1 a 2 millas por hora, y aguantándose el blindado constantemente sobre su máquina, para evitar que se hundiera ésta en los pequeños balances que daba.

El jueves 20 a las 10 A. M. fondeamos en este puerto de Pisagua y fuimos trasbordados inmediatamente, oficialidad y tripulación, a bordo de este transporte de guerra, donde permanecemos hasta hoy.

Antes de terminar, creo de mi deber hacer presente a V. S. que tanto los jefes como oficiales y maquinistas, han perdido completamente sus equipajes a consecuencia del incendio de las cámaras.

Cábeme la satisfacción de mencionar a V. S. que la dotación de la cañonera, durante todo el conflicto, cumplió con su deber, conservándose hasta el último momento inalterable el orden y la disciplina.

Dios guarde a V. S.

CARLOS FERREYROS

FuenteEditar

Boletin De la Guerra Del Pacifico pág. 517