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Para la agenda de Bogotá: el caso de Puerto Rico


PARA LA AGENDA DE BOGOTA: EL CASO DE PUERTO RICO

Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989


La información cablegráfica estampada en órganos de nuestra prensa de uno de los últimos días consigna la noticia procedente de Washington de que el Presidente Truman dirigió recientemente un mensaje al Congreso de los Estados Unidos solicitándole “que se permita al Pueblo de Puerto Rico elegir para el futuro su forma de gobierno”.

Para los hombres de poca memoria en materia de justicia internacional, esta noticia que hasta aquí – por lo menos entre nosotros – no ha merecido mayor comentario podría significar la certeza agradable de que a breve plazo la gloriosa patria de Hostos, sufrido y heroico antemural antillano durante trescientos años de Ibero-América contra el latrocinio y la concupiscencia de los pueblos europeos aprovechadores – va a ser totalmente, como le corresponde por derecho, democráticamente soberana de su destino.

Aquellos hombres, en efecto, no recuerdan, no saben ya, ahora, que en este caso Mr. Truman reitera un ruego al Congreso de su país que ya en otra ocasión había formulado inútilmente. Que igual o parecida exhortación hízole con anterioridad y con idéntico resultado negativo el gran Franklin Delano Roosevelt, inspirador – no en balde – de la “Carta del Atlántico”.

Insensible, ciego, sordo y mudo fue y se quedó en estas oportunidades el Capitolio que, mirado desde nuestro ángulo de observadores estrictos – y lo decimos sin ambages para poder responsabilizar después históricamente a cada quien – piensa siempre al menos en mayoría y para resolución efectiva – no con visión orbital de la justicia pura sino como interesa especialmente a lo circunstancial en Wall Street. Indebidamente en nuestro concepto, injustamente, sin motivo sustancial y profundo suele en nuestra Ibero-América achacarse la culpa total de las manifestaciones de inamistosa prepotencia de los Estados Unidos a su Poder Ejecutivo.

En la práctica y para la apreciación simplista reconocemos que la merece, pero si es verdad que hemos podido hundir a tiempo nuestro escalpelo sobre un tema observado, ¿por qué no hemos de decir toda la verdad que en el caso se descubre? ¿No hacen o pretenden hacer ellos – los estadounidenses – lo mismo con respecto a nosotros?

Al Congreso de Washington pertenece exclusivamente – como lo pensamos, debemos expresarlo – la inmensa y tremenda responsabilidad de mantener a Puerto Rico después de transcurrido medio siglo de su apartamiento de la Madre España – que ya entonces había reconocido su personalidad histórica particular – en carácter y jerarquía de colonia menos importante que - ¡oh, sarcasmo y desprecio formal a Ibero-América! – que las Islas Hawai, que la despoblada Alaska o que Guam y Samoa…

Ahora como en las ocasiones anteriores a que referimos el Congreso de Washington que mantiene de par en par abiertas sus puertas de bronce para recibir y considerar los asuntos que interesan por igual a la Casa Blanca y a Wall Street y clausuradas a cal y canto – como de albañilería pura, sólo a la primera – ha de proponerse seguir en el rumbo que trae – inmisericorde para los “bovoiqués” desde hace cincuenta años.

El Congreso estadounidense no oye sino a través de las transmisiones de Wall Street. Es duro, es cuáquero, es brutalmente sordo si no se le habla claro y con razones de peso del pesado interés inmediato o ulterior mercantil…

Como para muestras basta un botón – y más, por supuesto, si ese botón coincide exactamente con el traje de que se trata – recordaremos ahora que, con referencia a una resolución como la que recientemente le ha solicitado Mr. Truman sobre Puerto Rico, le pidieron – inútilmente – antes, pronunciamiento justiciero en la última década:

1º Año 1936 – Senado Argentino.

2º Año 1936 - Congreso de los Pueblos Pan Americanos – B. Aires.

3º Año 1936 - Congreso de Paz de Mujeres Pan Americanas. B. Aires.

4º Año 1936 - Congreso MUNDIAL PEN. Buenos Aires.

5º Año 1937 - Congreso de la Prensa Hispano-Americana. Chile.

6º Año 1939 - Congreso Pan Americano del Caribe. La Habana.

7º Año 1939 y 1940 - Congreso de Escritores y Artistas Pan Americanos. México.

8º Año 1940 - Congreso Mundial de Paz contra el fascismo. México.

9º Año 1941 – Cámara de Diputados de Chile

10º Año 1941 - Congreso de Trabajadores Panamericanos de la Confederación Latino-Americana de Trabajadores. Habana.

11º Año 1942 - Segunda Convención Constituyente. Cuba.

12º Año 1942 - Cámara de Diputados. Cuba.

13º Año 1943 - Conferencia de Uniones de Trabajadores de América Latina. México.

14º Año 1945 - Parlamento de Guatemala.

15º Año 1947 - Liga Americana Pro Independencia de Puerto Rico. Nueva York.

Para los quince pedidos que acabamos de recordar por su orden cronológico, recibidos en el Congreso de Estados Unidos en sólo la última década, el encarpetamiento y, por consecuencia, un mismo silencio lapidario de grosera desconsideración fue por parte de ese Cuerpo la única respuesta. ¿Y debe esperarse más o cosa distinta ahora? ¿Es lógico pensar que hoy escuchará a Mr. Truman sobre tal particular a pesar de que, como quien dice, ayer mismo no lo oyó ni a él ni tampoco a Roosevelt ni a nadie?

Torpe sería esa esperanza. Torpe y responsable porque a la vista está la prueba del ningún respeto que ha merecido al Capitolio hasta aquí la libertad y justicia que humanamente se deben por encima de los plutócratas azucareros de Wall Street (los azucareros de “la caña”, diría un portorriqueño ilustre) a los dos y medio millones de americanos “borinquas”.

¿Pasaría eso si todo el Continente en movimiento conjunto de convergencia actúa ante el Congreso de Washington en el sentido de apoyar en su noble demanda al primer magistrado de la Unión? Parece, en nuestro concepto, que no. ¡También los prepotentes ceden! Todo está en saberles mostrar cuál es su conveniencia más adecuada…

Que llegue al Capitolio la noticia de que en la próxima Conferencia Pan Americana ha de plantearse y se va a tratar el “Caso Puerto Rico” y sinceramente lo creemos, no se demorará mucho la información de que el Congreso de los Estados Unidos se ha dispuesto a cumplir en el caso concreto con su deber de representante de un pueblo “buen vecino” republicano y democrático”.


EL DEBATE, 8 de febrero de 1948.

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