Paraíso perdido (Milton)/Libro I

Nota: Se respeta la ortografía original de la época
LIBRO PRIMERO.


SUMARIO.
Propónese el objeto del poema, que es la desobediencia del primer hombre, y su castigo. Se nombra el autor del pecado, á saber, Satanás, bajo la figura de la serpiente sedujo á nuestros primeros padres para vengarse de Dios, cuya terrible justicia le había desterrado del cielo, precipitándole al abismo, con los compañeros de su rebelión. Se describe a Satanás, y a sus Angeles, en medio de los Infiernos, que no se suponen entonces en el centro del mundo, pues que el cielo y tierra no existían aún sino en las tinieblas exteriores, á las que se da el norbre de caos. Atropellados por los rayos, se ven alli desfallecidos, y llorando esparramados en un lago de fuego. El Moparcă infernal vuelve en sí; dirige la palabra á Belzebuth, y después despierta sus legiones, que se levantan de las ondas de fuego, y se van juntando en sus orillas arrasadas. Se trata de su número prodigioso, de su orden batalla, y de sus principates jeſes, bajo los nombres con que los conoció la idolatría. Satanás les habla, les anima con la esperanza de reconquistar el cielo, y les da noticia de un nuevo mundo que debia formarse, que es el nuestro, y del hombre que se debia criar en él, lo que es análogo á la opinión de algunos santos Padres, que han creído que el universo fué criado mucho tiempo antes que este mundo visible. Trata después el Monarca infernal de examinar en pleno consejo lo que pueden hacer, en consecuencia de lo que ha propuesto. Sus asociados consienten en ello, construyen en un momento el Pandemonio, ó palacio de Satanás, en donde las Potestades Infernales se juntan para la deliberación.


Del primer hombre la desobediencia
Canto, y la fatal fruta del vedado
Árbol, cuyo bocado,
Desterrando del mundo la inocencia,

Dió entrada á los dolores, y á la muerte,
Y nos hizo perder el paraíso;
Hasta que el hijo del Eterno quiso,
Lleno de amor, bajar á nuestro suelo,
Hacerse hombre, y volver con brazo fuerte
A abrir las puertas del cerrado cielo.
Asísteme piadosa,
Oh tú, Verdad divina, y encendida,
Unica Musa digna de mi canto,
Que de Oreb en la cima, en la escondida
Cumbre del Sinaí, la venturosa
Alma del pastor santo
Te dignaste alumbrar con tu luz pura;
A fin que á la escogida
Nación, la prodigiosa historia diera,
La narración segura,
Del modo con que el orbe, á la primera
Voz de su Criador obedeciendo.
De repente salió del caos horrendo:
O, si más de Sión la alta colina
Te deleita, á la fuente peregrina
De Síloe, cuyo curso arrebatado
De su divino tempio al pie fluyendo,
Te inspire como oráculo sagrado,
Dígnate desde allí animar mi acento,
Supuesto que cantar osado intento
Cosas sublimes, nuevas, celestiales.
No cantadas aún por los mortales.
Tú, sobre todo, Espíritu fecundo,
Que de un corazón puro la morada
Prefieres á los templos más suntuosos;
Tú, que el abismo lóbrego y profundo,
Que cuando nació el orbe de la nada
Le envolvía en sus velos tenebrosos.
Con tu calor divino fomentaste,

Tus benéficas alas extendiendo
Sobre él, y á producir le preparaste;
Pues que nada se oculta á tu alta ciencia,
Descubreme benigno el ignorado
Orden de los sucesos que pretendo
Cantar, hasta que llegue al deseado
Fin de hacer ver la sabia providencia
De Dios, y los decretos soberanos,
Justos, con que gobierna á los humanos.
Dígnate, pues que todo está patente
A tu vista, en el cielo, y en el mismo
Centro del infernal profundo abismo,
Dígnate revelarme claramente
Qué causa fué la que hizo desgraciados
Nuestros primeros padres, que gozaban
Del divino favor cuando habitaban
Del Edén los pensiles encantados,
De todo bien tranquilos poseedores,
Fuera de un solo fruto, prohibido
A fin de que se hiciesen acreedores,
Tan ligero precepto exactamente
Observando, á otro bien no conocido
De los mortales, á la deliciosa
Suerte de ver á Dios eternamente,
Del cielo en la morada venturosa.
Díme quién fue el cruel que los sedujo.
Satanás sólo, la infernal serpiente,
Fue el que de envidia y de furor ardiendo
Contra su Eterno dueño, desde el día
En que de su soberbia y rebeldia
Le castigó arrojándole al horrendo
Abismo, con millones de otros fieros
Angeles de su culpa compañeros,
Quiso vengar en el linaje humano,
Objeto del amor del soberano

Señor, á quien sus iras dirigía,
Lo que en su sér excelso no podia.
El miserable, de soberbia erguido,
De una multitud de Angeles seguido
Vanos como él, se había lisonjeado,
Insano, colocar su trono al lado
De su eterno hacedor, desconociendo
Todos que á su bondad sola debían
Los dotes y el sér mismo que tenian;
Llegando á tanto el atentado horrendo,
Que contra Dios se armaron
Y á hacerle impía guerra se arrojaron.
¡Intento vano! el brazo omnipotente
Los precipitó á todos, abrasados
En vivas llamas, desde el eminente
Alcázar de los cielos, con horrible
Y vasta ruina, á aquel infernal suelo;
Sima sin fondo, en donde los malvados,
Con cadenas de bronce aherrojados,
Consumidos de un fuego inextinguible,
Sufren á un tiempo mismo, sin consuelo,
Eternamente, el frío, las mortales
Angustias, y otros infinitos males,
Mientras que nueve veces mide el día,
Y otras tantas la noche tenebrosa,
Del tiempo á los humanos la carrera,
El fiero Arcángel, con su turba impía.
Aturdido rodó, en la tempestuosa
Superficie de aquellas formidables
Olas de fuego, que en la sima fiera,
Entre negros peñascos espantables,
Forman un lago inmenso y turbulento.
Al fin coma inmortal restituido,
Para padecer más, á su sentido,
Recorre en su agitado pensamiento,

Con amargo dolor, ya la perdida
Felicidad, ya el bárbaro tormento
A que está para siempre reducido.
Vuelve después la triste y encendida
Vista, á lo lejos, á uno y otro lado.
En sus ojos, el triste abatimiento,
El desmayo profundo está pintado,
Junto á la endurecida
Soberbia y al rencor más obstinado.
Da al contorno una fúnebre mirada,
Tan lejos como alcanzan los vivaces
Ojos de un ángel, por la dilatada
Extensión, y á sus miseros secuaces
Ve en aquel mar ardiente amortecidos
Fluctuar entre las ondas esparcidos.
Observa a todos lados una oscura
Bóveda ininensa, que las llamas cubre
Del lago, que en lugar de una luz pura
No esparcen más que pálidos horrores
De un resplandor funesto, una palpable
Lobreguez, que descubre
Aquel vasto recinto de dolores,
Asilo de las sombras espantable,
Y visiones horribles. Desgraciada
Región, que para siempre está cerrada
Al reposo y la paz; que aun la esperanza,
Que á todas partes lleva su consuelo,
Jamás visita; en donde la venganza
Sobre el malvado agota el justo cielo
Con diluvio de fuego, alimentado
Eternamente por su soplo airado.
Tal es la prisión dura, preparada
Por la justicia del Eterno dueño,
Para siempre, á aquel Ángel insolente,
Y á la turba rebelde y obstinada

Que sus banderas sigue. Un breve sueño
Fué su felicidad. ¡Cuán diferente
Era, oh suerte, el lugar en que habitaron,
Cuando de Dios las manos los formaron!
Tres veces más que desde el eminente
Polo septentrional hasta el segundo
Polo, que á una con él sostiene el mundo,
Hay desde aquel divino
Alcázar, á su cárcel, de camino.
Mas ya el furioso Arcángel, descubriendo
Sus secuaces en medio del horrendo
Fuego de un incesante torbellino
De rayos que sobre ellos, apiñados,
Llueven aún del cielo, atolondrados,
Da un profundo gemido, y distinguiendo
Al fiero Belzebuth poco distante,
Le habla con ronca voz de esta manera:
«¡Si, eres tú aquél...! mas ¡oh, cuán diferente,
»Cuán distinto del que era
»Hace poco una estrella tan brillante,
»Un principe glorioso y eminente,
»En aquellas regiones venturosas
»Moradas de la luz y la alegría!
»Del que, entre mil millones de gloriosas
»Deidades, en beldad sobresalia!
»Sí, eres tú aquel que en la atrevida guerra,
»Conmigo unicron en estrecha alianza
»Los planes, los deseos, la esperanza,
»Como ahora la desgracia nos encierra
»Juntos en este abismo tenebroso!
»¡Si, eres aquel Arcángel poderoso
»Igual á mí, que ruina lamentable
»Nos perdió para siempre! ¿Y quién podía
»Adivinar la fuerza formidable
»De sus ardientes rayos? ¿Quién había

»De pensar que á un ejército sin cuento
»De espíritus tan nobles, é inmortales,
»Precipitar lograse en un momento.
»Del cielo, hasta estas simas infernales?
»Pero todo el furor de ese terrible
»Enemigo, ni el mal que aun puede hacerme,
»Jamás podrán al arrepentimiento
»Ni á la menor bajeza resolverme.
»Por más que pierda el resplandor visible,
»La majestad augusta,
»Primer objeto de su envidia injusta,
»Que corresponde á mi naturaleza,
»Jamás dejará mi ánimo inflexible
»El odio, la venganza que ha jurado
»A ese Altísimo sér que me ha obligado,
»Humillando envidioso mi grandeza,
»A disputarle el cetro, sostenido
»De innumerable ejército, escogido
»Entre los inmortales
»Seres tratados con igual vileza,
»Que mis nobles banderas prefirieron
»A las de su opresor, que defendieron
»Conmigo sus derechos naturales,
»Combatiendo en los campos celestiales
»Con dudosa batalla, y conmovieron
»Su eterno trono. Es cierto que perdimos
»El campo; mas ¿qué importa? No esta todo
»Perdido, si concordes retuvimos
»El ánimo invencible,
»Y nos queda el ingenio necesario
»Para encontrar un modo,
»Por más que sea osado y temerario,
»Con que saciar el odio inextinguible,
»La venganza, la ira
»Que ese fiero enemigo nos inspira;

»Si nos queda firmeza
»Para repugnar siempre la bajeza
»De obedecerle, de doblar rendidos
»El cuello al yugo, ó darnos por vencidos.
»Antes de esto perezca mi memoria!
»Toda su rabia, toda su potencia
»Agotará, sin conseguir la gloria
»De haberme reducido á su obediencia,
»Sin lograr que le doble la rodilla
»O le pida perdón. Aunque á la silla
»Que en el cielo he perdido me volviera,
»Y al lado de su trono me pusiera,
»Bastara que viniese de su mano
»El don, para que yo lo aborreciera.
»Jamás estará ufano
»De que le adore yo. Mayor bajeza
»Sería que esta misera caída,
»El adorar á aquel que ha vacilado (1)
»En su trono elevado,
»De este brazo al sentir la fortaleza.
»Y pues que ser no puede destruida
»De un hijo de los cielos la existencia,
»Pues que ha dispuesto el hado
»Que este divino ser que poseemos,
»Sea inmortal, sus iras despreciemos.
»De esta misma desgracia á la experiencia,
»Sin abatir nuestro ánimo indomable,
»Una lección preciosa deberemos
»De cautela y prudencia,
»Para hacer una guerra interminable,
»Por arte, si por fuerza no es posible,
»A ese enemigo basta ahora tan terrible.
»Esta esperanza debe dar aliento
»A los nuestros, y más en un momento,
»En que, de su victoria envanecido,

»Triunfa en el cielo solo y sin rivales,
»Desprecia nuestras fuerzas desiguales,
»Y no recela ser acometido,
»Dejándonos el tiempo suficiente
»Para adoptar el medio más prudente.»
Así habló Satanás, en la apariencia
Intrépido, mas dentro acongojado,
Maldiciendo su mísera existencia,
De su debilidad desesperado;
A lo que en tono ronco y lastimero,
Así le respondió su compañero:
«¡Oh Príncipe! ¡Oh caudillo generoso
»De tantos Tronos, tantas Potestades!
»¡Que de los Serafines ordenados
»Condujiste los fieros batallones
»Al combate más justo y peligroso
»Que ocurrir puede en todas las edades!
»¡Tú, que con tus heroicas acciones,
»Incapaz de temor, dudar hiciste
»Si debe el Criador Omnipotente
»Su autoridad suprema al contingente
»Azar, ó si en su mismo ser consiste!
»¡Ah! ¡Demasiado ví la inesperada
»Confusión, la derrota desastrada
»De todo nuestro ejército valiente,
»Después de hacer temblar estremecida
»Con sus esfuerzos la extensión del cielo:
»La fiera destrucción, que de la vida
»Feliz (pues que otra no puede quitarnos,
»Siendo Deidades, la enemiga suerte)
»Nos privó, y nos entrega al desconsuelo
»De otra peor é interminable muerte,
»Que en este abismo debe atormentarnos!
»¿Qué fruto, con efecto, sacaremos
»De nuestra eterna y mísera existencia,

»Si ese Dios... (por que al fin la omnipotencia.
»Confieso que negarle no podemos,
»Pues nunca á nuestro ejército glorioso
»Venciera, sino un Todopoderoso);
»Si ese Dios quiere que entre los horrores
»De este fuego, sirviendo á sus furores
»De triste cebo, en indecibles penas
»Arrastremos muriendo sus cadenas;
»Si ese Dios, digo, nos conserva vivos,
»Sólo para saciar su atroz venganza
»Con tormentos eternos y excesivos?
»En este caso, puestas en balanza
»La muerte y vida, cuánto mejor fuera
»Que de una sola vez nos destruyera?»
—«Sea cual fucre», le replica osado
El infernal caudillo, «nuestra suerte,
»Más ó menos cruel, sólo una fuerte
»Resolución, un ánimo invencible
»Harán que sea menos desgraciado
»Nuestro destino, no una vil flaqueza.
»Hasta ahora ignoro su naturaleza;
»Pero cualquier que fuere, es imposible,
»Lo sabes como yo, que en adelante
»Tu corazón y el mío gozar puedan
»De algún bien: incapaces de mudanza,
»La roedora envidia, la constante
»Sed insaciable de una atroz venganza,
»Son los solos placeres que nos quedan.
»Hacer mal, debe ser nuestra incumbencia.
»Única, por lo mismo que él no quiere
»Sino es el bien. Lo que el amare odiemos,
»Y lo que aborreciere fomentemos.
»Cuando su providencia
»Sacar bien de los males pretendiere,
»Procuremos nosotros lo contrario

»Pues que se reservó nuestro adversario,
»Como un Dios, para sí el placer divino
»De hacer bien, nuestro lote son los males;
»Sigamos cada cual nuestro destino,
»Mas juntemos el arte á la osadía,
»Que, ó yo me engaño, ó llegará algún día
»En que, á pesar de nuestras desiguales
»Fuerzas, el alto triunfo consigamos
»De perturbar sus planes más secretos,
»Y de humillar su odiosa tiranía,
»Burlando sus despóticos decretos;
»Único alivio que esperar podamos
»En la funesta situación que estamos.
»Mas á lo lejos hacia el cielo mira,
»Que el vencedor su ejército retira,
»Que aun aquella sulfurea lluvia espesa
»De rayos y de piedra, que caía
»En torrentes de fuego, y perseguía
»Constante nuestras huestes aterradas,
»Hasta aquí mismo, por momentos cesa;
»Que no retumban ya las dilatadas
»Bóvedas de este abismo con el fiero
»Huracán é incesantes estallidos
»De prolongados truenos, ni el ligero
»Resplandor de relámpagos seguidos
»Interrumpe, como antes, la palpable
»Lobreguez de esta cárcel formidable.
»Sea, pues, que el enemigo haya agotado
»Sus armas, ó que ya se haya cansado
»Su furor, ó más bien, que envanecido
»De su victoria, en despreciable olvido
»Nos deje, este momento aprovechemos
»Feliz, y nuestra ruina reparemos.
»¿Ves hacia aquella parte una llanura
»Inmensa y desolada,

»Cubierta toda de una niebla oscura,
»Apenas por los pálidos fulgores
»De este lago de fuego penetrada,
»Infecunda región, desierto suelo,
»Triste abrigo de todos los dolores?
»Hacia ella dirijamos nuestro vuelo.
»Alli, ya libres del balance horrible
»De estas ondas del lago proceloso,
»Hallaremos quizás algún reposo,
»Si es ¡ay de mi! posible
»Que habite este lugar desventurado!
»Allí nuestros guerreros esparcidos
»Por ese ardiente mar reuniremos,
»A fin de que sus pechos abatidos
»Recobren su valor acostumbrado.
»Después con madurez tratar podremos,
»Juntando de los jefos el senado,
»De acertar con el plan más ventajoso,
»Para dañar á ese enemigo odioso,
»Reparar nuestras pérdidas, y acaso
»Sacar utilidad de esto fracaso,
»Pues á lo que no llega la esperanza,
»La desesperación tal vez alcanza.»
Así en el desmayado compañero,
Entre las negras llamas sumergido,
Satanás el antiguo ardor guerrero
Procura despertar, adormecido,
Y desde el pecho arriba con presteza,
La espantosa cabeza
Sobre el líquido fuego levantando,
Centellas de ojos arrojando,
Registra ansioso la desconocida
Bóveda, para ver si halla salida.
Lo restante del cuerpo desmedido,
En las sulfureas olas extendido,

Veinte estadios ocupa, á semejanza
De los Gigantes hijos de la tierra
Briareo, ó Tiphón, cuya pujanza,
Según pinta la fábula, al potente
Jupiter hizo formidable guerra,
Hasta que en fin, armado dol ardiente
Rayo, los hizo caer precipitados,
Y junto á Tarso fueron sepultados.
Tal en las hondas la Ballena inmensa,
Reina del mar, de lejos aparece,
Que cuando inmóvil duerme entre la densa
Niebla, que es tan frecuente en la apartada
Costa de la Noruega, siempre helada,
Al pescador atónito parece
Una isla, y confiado, en su piel dura
El áncora clavando, cree segura
Su débil barca, hasta que en el Oriente
La suspirada Aurora se presente.
Así el infernal Principe extendia
Su cuerpo enorme sobre el inflamado
Golfo en que, para siempre encadenado,
Gemido hubiera, si el Omnipotente,
Que acrecentar su humillación quería,
Y su castigo, no le permitiera
Que de aquella prisión cruel saliera,
Por este medio aquel endurecido
Monstruo, al forjar ansioso las ajenas
Miserias, nuevamente confundido,
Había de agravar sus propias penas,
Y ver, de eterna rabia consumido.
Que sólo había servido su malicia,
Contra el linaje humano dirigida,
A dar mayor realce á la justicia
De Dios, con su sentencia,
Por sus nuevos delitos merecida,

Y á su inmensa bondad, á su clemencia,
Con el perdón piadoso concedido
Al hombre, por su envidia seducido.
Mas ya, en el fuego líquido estribando.
De pie se pone el infernal Gigante,
A un elevado monte semejante.
Retroceden bramando,
De ambos lados, las olas inflamadas,
A impulso de los brazos separadas.
Y al paso que se alejan,
Un vasto abumado valle entre ellas dejan.
El sus enormes alas extendiendo,
Con espantoso estruendo
El aire corta, rápido, que gime
Bajo el no usado peso que le oprime.
En breve tiempo pisa la ribera
De la remota tierra, si pudiera
Así llamarse un suelo eternamente
Inflamado, y en nada diferente,
Sino en la solidez, del que fluctuaba
Dentro del lago; un calcinado suelo,
Semejante á los trozos formidables
De ardiente y dura lava
Que arranca de sus ásperas entradas
Y escupe el abrasado Mongibelo,
O el Vesubio, agitados de espantables
Convulsiones extrañas,
Cuando el aire en su centro comprimido
Arde, y su cárcel rompe embravecido,
Con humo denso el día oscureciendo,
Estragos y terrores esparciendo.
Allí el caudillo, y su lugarteniente
Belzebuth, que de cerca le ha seguido
El vuelo paran, y concordemente
La nueva libertad de haber salido

Del lago ardiente aplauden, cual si fueran
Deidades que á sus fuerzas la debieran,
Ignorando que Dios la permitía
Para más confusión de su osadía.
«¡Es esta la región, es este clima.»
Grita el precito Principe, gimiendo,
«Que hemos cambiado por la excelsa cima
»Del cielo, por su estancia luminosa!
»Sea así, pues que aquel cuya espantosa
»Fuerza está de la suerte disponiendo,
»Lo halla por justo. Cuanto más remotos
»De él estemos, pues somos desiguales
»A él en poder, aunque en el resto iguales,
»Tanto más consolados viviremos.
»¡Adiós, pues, dulce objeto de los votos
»De nuestro corazón! ¡Adiós, moradas
»Celestiales! ¡Mansiones deleitosas
»Del gozo, á donde nunca volveremos,
»Por siempre adiós! ¡Salud, oh temerosas
»Regiones por las sombras habitadas!
»¡Salve principalmente, oh tú, hondo infierno!
»Tus puertas abre á tu Monarca eterno,
»Al nuevo poseedor de tus horrores,
»A aquel cuyo carácter inflexible,
»Por más que el cielo agote sus furores
»Sobre él, que corra el tiempo, ó que cambiare
»De lugar ó de estado, es imposible
»Que la menor mudanza experimente.
»¿Y á que mudar? En donde me encontrare,
»Formar puede ini mente,
»Pues que en sí sola existe, si es preciso,
»Aun del infierno mismo un paraíso,
»Como del propio cielo un cruel infierno.
»Nuestra dicha consiste,
»No en la naturaleza del externo

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Del vasto techo caben sin trabajo;
Pero los Serafines elevados,
Los Querubines, y otros principales
Jefes, conservan todos su estatura,
Su talle y nobilísima figuras,
Sobre el inmenso vulgo descollando;
Y en el remoto fondo, sus sitiales
Regios, de él separados, ocupando
Según el orden de sus dignidades,
Forman un gran senado de Deidades,
Hasta que el gran Monarca se endereza
Hacia su solio, y el consejo empieza.


NOTAS DEL TRADUCTOR.


(1) Pag. 8, v. 18.—Esta blasfemia, como todas las demás de la misma especie que se encontrarán en los discursos de Satanás y los de sus secuaces en la extensión del poema, no son más que un efecto de su desesperación; pues como se verá por otras expresiones, puestas igualmente en su boca, todos ellos estaban bien ciertos de su debilidad y de su absoluta dependencia de Dios; y así todas las injurias y horrores que vomitan contra él, no son más que falsedades reconocidas por los mismos que las profieren, y nacidas de su soberbia obstinada y de su odio injusto. Téngase esto presente en cuantos pasajes ocurran de esta clase, pues nadie mejor que los angeles réprobos conoce práctica y especulativamente que Dios lo puede todo, y nada sin él todas las criaturas juntas.

Lo mismo digo de las expresiones que Milton les atribuye, en que suponen, como en los versos que se siguen poco después, la existencia del Hado, y le dan por autor de su sér, de su inmortalidad o de otros cualesquiera sucesos, pues no podían ignorar que no hay más Hado que la voluntad de Dios, ni otro autor de cuanto existe que el mismo. Así Milton les hace prorrumpir en dichas expresiones como en unas ficciones hijas de su ingratitud y orgullo, que les hacen desear engañarse a sí mismos para lisonjearse de no deber su existencia y sus dotes al Señor, á quien aborrecen, como lo dan á conocer en otros pasajes del mismo poema, en que, no teniendo interés para propalarlas, lo confiesan ellos mismos.

Tampoco podían hablar en otro tono, cuando aquellas ficciones venían al caso, unos espíritus tan desesperados. Ni debe extrañarse que en ellas hablen los demonios como los verdaderos demonios, esto es, con la soberbia y la mentira en la boca. Había de ser, pues, muy mentecato el lector para escandalizarse de semejante lenguaje; y para el que estuviere en este caso, si con efecto se verifica, es para el que se destina esta nota, en que, una vez para todas, se le precave contra semejante necedad.

(2) Pág. 18, v. 1.—Aunque los Angeles, según la doctrina de la Iglesia Católica, son puros espíritus, Milton, lo supone también corporeos, porque sin esta ficción era imposible hacerlos figurar en una obra de imaginación cual es un poema épico.

(3) Pág. 25, v. 9.—Esta facultad de mudar de sexo es una nueva fábula adaptada á la naturaleza angélica, supuesta la anterior de hacerla corporea, que antes habían defendido como efectiva algunos cavilosos escolásticos, que dio lugar á sus cuestiones sobre los demonios incubos y súcubos, y que Milton no ha hecho otra cosa que reproducir y adornar.