Página:Voltaire - Memorias de su vida escritas por él mismo (1920).pdf/91

Esta página no ha sido corregida
87
 

sejeros para decidir acerca de los puntos de geometría y de metafísica contenidos en la Enciclopedia. Un canciller de alguna firmeza hubiese casado el fallo del jurado por incompetencia: el canciller Lamoignon se contentó con renovar el privilegio, para evitarse el bochorno de ver juzgado y condenado lo que él mismo había revestido con el sello de la autoridad suprema. Diríase que esta aventura es de los tiempos del padre Garasse y de las sentencias contra el emético; sin embargo, ha ocurrido en el único siglo ilustrado que ha tenido Francia; tan verdad es, que basta un tonto para deshonrar a una nación. Se reconocerá sin trabajo que, en tales circunstancias, París no podía ser residencia de un filósofo, y que Aristóteles obró muy ouerdamente al retirarse a Calcis cuando el fanatismo dominaba en Atenas. Por lo demás, la condición de hombre de letras en París es inmediatamente superior a la de banquero; el cargo de gentilhombre ordinario de su majestad, que el rey me había quitado, es poca cosa. Los hombres son muy tontos, y yo creo que vale más edificar una buena casa, como yo he hecho, y allí representar comedias y darse buena vida, que verse hostigado en París, como Helvecio, por los satélites del parlamento o por algún mozo de cuadra de la Sorbona. Como a buen seguro yo no podía hacer a los hombres más razonables, ni al Parlamento menos pedante, ni a los teólogos menos ridículos, continué viviendo dichoso lejos de ellos.

Casi me avergüenzo de serlo, contemplando desy