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para mí, que en tiempos pasados participaban de las franquicias de aquella ciudad. Tuve la fortuna de obtener una real cédula declarando subsistentes tales privilegios. En suma: he arreglado mi vida de modo que me encuentro independiente en Suiza, en territorio de Ginebra y en Francia a la vez.

Oigo hablar mucho de libertad; pero no creo que en Europa ningún particular se haya 1brado una como la mía. Siga mi ejemplo quien pueda y quiera.

No podía aprovechar ciertamente mejor coyuntura para buscar libertad y reposo lejos de Pa: rís. La locura y el encono por querellas pueriles eran allí tan grandes entonces como en tiempos de la Fronda; sólo faltaba la guerra civil; pero como París no tenía ya un rey de los mercados, como aquel duque de Beaufort, ni un coadjutor que echase la bendición con un puñal, sólo hubo enredos civiles; comenzaron por los billetes de banco para el otro mundo, inventados, como ya dije, por Beaumont, arzobispo de París, hombre testarudo que hacía el mal de todo corazón por exceso de celo; un loco grave, un verdadero santo, por el estilo de Tomás de Cantorbery. La disputa se caldeó por un destino en el hospital que el parlamento de París pretendía proveer, y que el arzobispo reputaba empleo sagrado, dependiente tan sólo de la Iglesia. Todo París se dividió en bandos; las faccioncillas jansenista y molinista no se privaron de entrar en liza; el rey decidió traDigisy by