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la suma que el rey había gastado para llevarme a su casa y tomar mis lecciones. Por tanto, quedamos en paz. Para completar la aventura, un tal Van Duren, librero de La Haya, bribón de oficio y fallido por costumbre, hallábase entonces retirado en Francfort. Era el mismo a quien trece años antes di el manuscrito del Anti—Machiavelo de Federico. Los amigos son para las ocasiones.

Afirmó el librero que su majestad le debía una veintena de ducados, y que yo era responsable de ello. Sacó la cuenta del interés, y del interés del interés. El señor Fichard, burgomaestre de Francfort, y burgomaestre reinante, como suele decirse, encontró justísima la cuenta, en su cualidad de burgomaestre, y en su cualidad de reinante, me obligó a desembolsar treinta ducados, guardó veintiséis para sí y dió cuatro al bribón del librero.

Acabado este pleito de ostrogodos y vándalos, abracé a mis huéspedes, y les di las gracias por su amable recibimiento.

Algún tiempo después fuí a tomar las aguas de Plombiéres; bebí, sobre todo, las del Leteo, hart convencido de que los infortunios, cualquiera que sea su especie, sólo son buenos para olvidados.

Mi sobrina, madame Denis, que era el consuelo de mi vida, muy unida a mí por su afición a las letras y un tierno afecto, me acompañó desde Plombiéres a Lyón. La ciudad me recibió con aclamaciones; pero el cardenal de Tencin, arzobispo de Lyon, muy conocido por la prosperidad "