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más prudente y de humor más igual, y que, a Dios gracias, no hacía versos. Después estuve unos días en la casa de campo del landgrave de Hesse, aun más alejado de la poesía que la princesa de Gotha. Respiré. Continué despacio el viaje por Francfort. Aquí me acechaba mi singularísimo destino. Caí enfermo en Francfort; una de mis sobrinas, viuda de un capitán del regimiento de Champaña, mujer amabilísima, de muchas prendas, y que además figuraba entre la buena sociedad de París, tuvo el valor de dejar París para ir a buscarme a orillas del Mein; me encontró prisionero de guerra. Esta aventura tan buena ocuTrió del siguiente modo: Había en Francfort un tal Freytag, desterrado de Dresde después de haberle puesto allí en el cepo y condenado a prisión; fué promovido después en Francfort agente del rey de Prusia, que se servía con gusto de talles ministros, porque su única retribución era lo que podían arrancar a los viajeros.

Tal embajador, y un comerciante llamado Schmid, condenado a multa tiempo atrás por expender moneda falsa, me notificaron, de parte de su majestad el rey de Prusia, que no saliese de Francfort hasta devolver los objetos preciosos que le había quitado a su majestad.

—¡Ay, señores, os juro que no me llevo nada de aquel país, ni siquiera un buen recuerdo! ¿Qué joyas de la corona brandenburguesa me reclamáis?

—Es, monsir—respondió Freytag—, la obra e poashia del rey, mi gracioso señor.

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