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pero era el de que lo encerraran. El rey de Francia lo mandó preso a Alsacia, a un convento de frailotes alemanes. Pero volvamos a lo que me concierne.

La marquesa del Chatelet murió en el palacio de Estanislao, después de dos días de enfermedad.

Tan aturdidos anduvimos todos, que nadie se ocupó en mandar venir ni cura, ni jesuíta, ni sacramento. No sufrió los horrores de la muerte; sólo nosotros los pasamos. Una aflicción dolorosísima se apoderó de mí. El buen rey Estanislao fué a mi aposento a consolarme y a llorar conmigo. Pocos colegas suyos hacen lo mismo en ocasiones parecidas. Quiso retenerme a su lado; pero yo no podía soportar a Luneville, y me volví a París.

Era mi destino correr de un rey para otro, aunque amaba mi libertad con idolatría. El rey de Prusia, a quien había yo dicho que nunca dejaría a la marquesa del Chatelet para irme con él, resolvió, en cuanto hubo desaparecido su rival, atraparme a toda costa. Disfrutaba entonces de la paz ganada con sus victorias, e invertía sus ocios en escribir versos, o la historia de su país y de sus campañas. La verdad es que el rey estaba plenamente convencido de que sus versos y su prosa eran muy superiores a mi prosa y a mis versos, ateniéndose al fondo de las cosas; pero creía que, resperto de la forma, podía vo, en calidad de académico, limar un poco by .