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diremos vuestro indulto a nuestros hermanos. No dejéis de ir a vernos.

El clérigo fué a Berlín en busca de los tres ministros; se burlaron de él; el rey, más bromista que liberal, no se cuidó de pagarle el viaje.

Federico gobernaba la Iglesia tan despóticamente como el Estado. El en persona decretaba los divorcios cuando una mujer y un marido querían concertar otro matrimonio. A propósito de un caso de éstos, un ministro de la religión le citó un día el Antiguo Testamento..

—Moisés—respondió—, guiaba a sus judíos como quería, y yo gobierno a mis prusianos como me parece.Un gobierno tan singular, unas costumbres más raras aún, el contraste de estoicisma y epicureísmo, de severidad en la disciplina militar y de molicie en el interior del palacio, los pajes con quienes se divertía en su gabinete y los soldados a quienes se daba treinta y seis carreras de banquetas debajo de las ventanas del rey, que lo miraba; los discursos de moral y la licencia desenfrenada, componían un cuadro extraño por demás, conocido entonces de muy pocas personas, y que después se ha difundido por Europa.

En Postdam, todos los gustos del rey se sujetaban a una estricta economía. Su mesa, y la de sus oficiales y servidores, estaban ajustadas en treinta y tres escudos diarios, y el vino aparte.

En lugar de intervenir en estos gastos los dignatarios de la Corona, como ocurre en las demás