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el vientre, o con unos bastonazos. Lo mismo trataba a los ministros del Santo Evangelio, cuando se les antojaba ir a ver la parada.

Júzguese si a este vándalo le produciría asombro y enfado tener un hijo de gran entendimiento, ingenioso, cortés, deseoso de agradar y de instruírse, y que componía música y versos. Libro que viese en manos del príncipe heredero, lo arrojaba al fuego; tocaba el príncipe la flauta, el padre rompía la flauta, y a veces trataba a su alteza real como a las damas y a los clérigos en la parada.

El príncipe, harto de las atenciones que su padre le dedicaba, resolvió una mañana de 1730 escaparse, sin saber si iría a Inglaterra o a Francia. La sordidez paternal no le permitía viajar como viajaría el hijo de un contratista de contribuciones o el de un comerciante inglés. Pidió a préstamo unos cientos de ducados.

Dos jóvenes muy amables, Katt y Keith, iban a acompañarle. Katt era hijo único de un general muy valiente. Keith era yerno de aquella baronesa de Kniphausen, a quien le costó diez mil escudos hacer un hijo. Ya señalados el día y la hora, el padre lo descubrió todo; el príncipe y sus dos compañeros de viaje fueron arrestados al mismo tiempo. El rey creyó al pronto que su hija, la princesa Guillermina, casada después con el príncipe margrave de Baireuth, era del complot; y como era expeditivo en materia de justicia, la arrojó a puntapiés por una ventana Digili by "