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DOCTOR P. OBLIGADO

Nuevos empeños de frailes, monjas y notables habían fracasado como los de la víspera, y los aplausos de la multitud que se apeñuscaba, con que fué recibido el recién venido, esclavo de su palabra, volviéronse llantos y sofocos del mujerío, viéndole salir entre cuatro sayones y el capellán, exhortándole con el crucifijo en la mano, caminito del banquillo, bien corto para que se creyera que la fusilatina iba de verdad.

Cual si misteriosa prevención hubiera combinado á los tristes circunstantes, sólo del lado que divisó á poca distancia el parejero había cancha abierta, interceptando grupos de paisanos curiosos los otros costados.

Y así, mientras solicitaba por el oficial de tiradores al que mandaba el cuadro, que no era cuadro, según los diseminados soldados que lo formaban, que se le concediera como veterano dar las voces de mando en su ejecución, al desprenderse de la chaqueta que daba al sargento, en un momento de distracción, admirando todos la entereza de este valiente, rápido como relámpago corrió hacia el caballo que los centinelas no observaron, y cuando éstos intentaron atajarle el paso salidos de su sorpresa, ya había saltado sobre el parejero en carrera hacia el monte, sin ser alcanzado por ninguna de las balas de unas cuantas carabinas. La mayor parte de los de caballería tropezaban con mirones, que parecían estar en el secreto de abrir cancha al que el pueblo quería salvar, estorbando á los ejecutores de la terrible sentencia.

De esta suerte escapó del banquillo el que no creía en la amistad, y sin embargo fué el amigo de última hora quien salvara su vida exponiendo la suya.

El valiente veterano de Salta y Tucumán Santiago Neirot burló así el banquillo, y á milagro del Santo de su nombre, devoción de familia y Patrono del pueblo de su nacimiento atribuyóse, pues que la inspiración del ardid de su fuga le vino cuando, hincado y absorbido en la oración, estaba mirando el caballo blanco de la imagen por su buena madre heredada.

IV

Pero la persecución siguió. El irascible coronel no era hombrecito de dejarse burlar por ningún santiagueñazo. Y sabiendo que el amor á la familia fué su virtud predominante, le seguía á sol y sombra, rodeando su rancho de espías.

Algunos años pasaron, y cuando creía el matrero que estaban cansados de perseguirle entre enmarañados algarrobales, atraído por el imán irresistible del cariño, cierta claroscura noche que rondaba la nidada, á galope