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SESION EN 18 DE JUNIO DE 1833

tinuado i penoso trabajo, me compele a interpelar la justificaciOn de V. E., para que se sirva mandar se me contribuya la mesada de ciento cincuenta pesos que decretó en mi favor la primera Junta Gubernativa en 24 de Abril de 1811, i que o se me entregue la cantidad de mas de seis mil pesos, a que ascienden los descuentos que se hicieron de mi renta para el montepío, o que se reconozca en cajas del Estado, para que se auxilie a mi familia con la correspondiente cuota de montepío.

No es algun crimen el que ha hecho se escape a mi vejez el fruto de tantos años bien ocupados. Mi conciencia está tranquila, i no hallo un solo acto de los de mi vida pública que pueda temer ser juzgado con la mas estricta severidad. Nací colono de la capital como todos los que nacieron entonces; formé mi carrera literaria, cuando los americanos todos, éramos colonos; procuré mi subsistencia en la manera que entonces era dado, i aspiré, por fin, a la plaza togada que obtuve, como cualesquiera otro tambien, pués era el ascenso que anhelaba todo aquel que en algun modo se consideraba en posicion de obtenerlo.

En el ejercicio de ese empleo, como en el de la Presidencia interina, e infinitas comisiones i judicaturas que se pusieron a mi cargo, mi comportacion seguramente no es buena sola a mis ojos, sino tambien a los de todos mis compatriotas. ¿Qué juez se halló tan deprimido como yo i en circunstancias tan aparentes para ser acusado con el mejor éxito? ¿De dónde este silencio que respeta mi persona? ¿Será que una jenerosidad sin igual haga callar a esa multitud de mal querientes, que en espresion de una Lei de Partida no puede dejar de tener el que ha ejercido la judicatura? ¿No será mas bien la obra de esa conducta intachable, que me puso fuera del caso de fugar i permanecer dentro del país, cuando sufría los mayores vaivenes políticos, i toda la efervescencia de las pasiones? Todo chileno debe recordar con lágrimas su largo cautiverio; mas, es preciso ser justo i agradecido para con aquéllos que no le agravaron su esclavitud i que, arrostrando mil riesgos, le alargaron una mano bienhechora i llena de consuelos. Yo puedo decir que ni como Togado ni Presidente a la vez me hice conocido, sino por actos públicos i privados de humanidad i beneficencia en un hospital provisional, i en camas de pellejos yacían los enfermos, a quienes su pobreza obligaba a implorar ese miserable asilo, mas propio para abreviar la muerte que para curar. Empeñé todos mis esfuerzos i esclusivamente a ellos se debió la apertura del hospital de San Juan de Dios, de que fui nombrado Protector, la averiguacion de sus rentas, la exactitud i método administrativo, la construccion de edificios necesarios i aumento de sus fondos, siéndome preciso para esto leer i aun estractar catorce piezas de autos, de que resultó la providencia reformatoria que se ve de mi letra en el cuaderno 6.º de Visita, sostener con el Prelado Hospitalario acaloradas conferencias, especialmente para la aprobacion que obtuvo el reglamento que trabajé para su servicio i administracion de rentas; empeñar mis respetos personales para solicitar auxilios, mediante una exhortacion a la caridad que dispuse por escrito, i repartí en persona por cada una de las casas de toda la ciudad, i por último, interponerme con el Ilustrísimo Moran i don Pedro Ignacio Villar antes, i en los momentos de su muerte, para que hiciesen las fundaciones cuantiosas que hoi goza este hospital. Por iguales esfuerzos conseguí el establecimiento de un hospital militar i de un cementerio en la Pampilla, dictando para cada uno su respectivo reglamento; i finalmente, la fábrica de la casa, que hoi sirve al Gobierno, Tribunal de Cuentas, Tesorería i demás oficinas.

En esta clase de ocupaciones consumía el corto tiempo que podían dejar para mi descanso las pesadas funciones que tenía sobre mí, prodigando con mi trabajo i estudio hasta las obras de arquitectura i dibujos que tenía. En todo esto, como en el reparto del fierro i acero que hice desembarcar de un buque estranjero, para auxiliar la agricultura i minería, que padecía por su falta infinitos atrasos, ¿quién podrá decir me hubiese interesado ni en lo mas pequeño, no obstante que todos llevaron sus respectivas comisiones? ¿Qué placer no sintió mi corazon en esa para mí afortunada época del Gobierno interino del Reino en 1801, por haber podido evitar la ejecucion de un reservado, i terminante real órden que recibí, para hacer embarcar prontamente para España a seis ex-jesuitas chilenos que con las licencias necesarias se habían restituido al seno de sus familias? ¿Habrán dado causa a esas acciones la sensibilidad física e interior que, en espresion de un filósofo, son los motores del universo moral, o no serán mejor el efecto de aquel verdadero patriotismo que, animado del amor a sus semejantes, se complace en acciones que resultan en bien de la sociedad?

Si V. E. se digna fijar la vista sobre mi conducta en los tiempos de Carrasco, Osorio i Marcó, en esos tiempos de luto i llanto, estoi seguro que no hallará en ella a uno de esos hombres crueles i sanguinarios que derramaban por todas partes la consternacion i la muerte. ¡O épocas esas! ¡Ah! ¡I qué de amarguras no sufrí en ellas! Yo escuchaba el clamor de tanto oprimido i lloraba con las esposas e hijas, que venían a vertir sus lágrimas a mi presencia para que las consolase i aliviase; sabían que no era un espectador indiferente i que no me contentaba con recomendaciones de ceremonia.

En efecto, yo exhortaba entonces por escrito i de palabra a la humanidad, i reclamaba con voz fuerte la lei, la razon, los ejemplos i aun la historia en favor de mis compatriotas. Esto i el haber notado la diferencia de resultados que daban