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ROMANCERO DEL CID

cuando unas voces oyeron
que atronaban el palacio,
diciendo:—¡Guarda el león!
¡Mal muera quien lo ha soltado!—
No se turbó don Bermudo,
empero los dos hermanos
con la cuita del pavor
de la risa se olvidaron,
y esforzándose las voces
en puridad se hablaron,
y aconsejáronse aprisa
que no fuyesen despacio.
El menor, Fernán González,
dió principio al fecho malo,
en zaga el Cid se escondió
bajo su escaño agachado.
Diego, el mayor de los dos,
se escondió á trecho más largo
en un lugar tan lijoso,
que no puede ser contado.
Entró gritando el gentío,
y el león entró bramando,
á quien Bermudo atendió
con el estoque en la mano.
Aquí dió una voz el Cid,
á quien como por milagro
se humilló la bestia fiera,
humildosa y coleando.
Agradecióselo el Cid,
y al cuello le echó los brazos,
y llevólo á la leonera
faciéndole mil falagos.
Aturdido está el gentío
viendo lo tal, no acatando
que ambos eran leones,
mas el Cid era más bravo.