niño mimado de la diosa Fortuna! ¿No será quizá ese aparente fastidio un verdadero lujo de felici- dad?...
Estamos en presencia de un libro de viajes escrito
por una persona que, á pesar dehaber vi a; ado mucho,
no es verdaderamente un viajero. El autor no siente
la pasión de los viajes : soporta á su pesar las inco-
modidades materiales, se traslada de un punto á otro,
pero maldice los fastidios del viaje de mar, el cambio
de trenes, los pésimos hoteles, etc., etc. Habla de
sus viajes con una frialdad que hiela: adopta cierto
estilo semi-escéptico, semi-burlón, para reírse de los
que pretenden tener esa pasión tan horripilante.
"Cuántas veces — dice — en un salón, brillante de luz, ó en una mesa elegante y delicada, he oído decir á UQ hombre, culto, fíno, bien puesto: tengo pasión por los viajes, y tomar su rostro la expresión vaga de un espíritu que flota en la perspectiva de horizontes lejanos; me ha venido á la memoria el camarote, el compañero, el ordago, la pipa, las miserias todas de la vida de mar y he deseado ver al poético viajero en- tregado á los encantos que sueña!"
Ah! el placer de los viajes por los viajes mismos, sin preocupación alguna, buscando contentar la curio-