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Cartas íntimas

H

ERMANA mía: Ayer visité uno de los colegios gratuítos de esta capital, y me llamó particularmente la atención una hermosa niña de 14 á 15 años, blanca, rubia y delicada, de mirada tan dulce, tan triste y tan profundamente conmovedora, que me hizo recordar estos cuatro versos del célebre Larmig, cuando habla de los ojos de Jesús:

«Ojos llorosos, que piedad inspiran,
ojos sin ira, que perdón predicen,
ojos que tristes, al mirar suspiran,
ojos que tiernos, al mirar bendicen.»

Esa mirada magnética, poseía la simpática niña que, apoyada en el alféizar de una ventana, miraba fijamente á un patio, revelando en su actitud inquieta, que esperaba la llegada de una persona querida. No se hizo ésta esperar mucho tiempo; la joven ahogó un grito y veloz como la im-