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público no lee más que los telegramas que de Sampson hablan, ni va al teatro como no se le embriague con la marcha de Cádiz, ni le interesan otras literaturas que las que escriben en las corazas de los barcos las balas del cañón.

Y estos muchachos son poetas, novelistas, autores finos (cómicos ó serios, pero en fino).

De vez en cuando surge una imprecación contra alguno de los grandes periódicos, que, á renglón seguido de protestar en un artículo contra la publicidad, que da otro colega a las noticias sobre movimiento de tropas, anuncia un sorteo para Canarias y Baleares. En verdad que la prensa es á ratos odiosa.

Ella ha precipitado la actual guerra. Es un vampiro que engorda de las catástrofes. ¿Qué les importaba una guerra á las empresas del Sun, del World, del Journar' y del Herald, si los croquis que describían el torpedo submarino causante de la voladura del Maine aumentaban la venta de esos diarios, en cien mil ejemplares? ¿qué le importa al reporter de uno de nuestros periódicos descubrir al enemigo la calidad de nuestras armas, si con ello bate el record de la información á uno de sus rivales?

La culpa no es del periodista, que en su labor precipitada no puede ni discurrir ni dar-