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Obtenía sobresaliente en todas las asignaturas. Siendo casi un niño versificaba con facilidad, leía con primor, hablaba con elocuencia. Profesores y condiscípulos nos decíamos, no sin cierta envidia: ¡hará carrera!

Y, efectivamente, se hizo licenciado, ya lo sabes.... y le ha servido su hoja de estudios para tener que desandar lo andado... tras diez años perdidos día por día, en una vida de aburrimiento y de miseria.

¿Te explicas mi odio contra los ateneos y las universidades, contra los títulos académicos y contra esas poblaciones del interior de España que no ofrecen á la juventud otra salida, que la de embrutecerla con el latín y el griego y el hebreo y la historia de los godos y el derecho canónico y la retórica de Hermosilla y los silogismos—lógica corriente entre los perros—de la metafísica?

Pues bien; el caso de ese chico no es un ejemplo aislado. Se trata al fin y al cabo de un muchacho duro y animoso. Ha perdido su juventud. Es cierto. Pero parece decidido á desquitarse en la virilidad. Mucho me engaño si antes de otro lustro, para cuando se haya desvanecido la profunda tristeza que dejan en nosotros los años vacíos, los años de hueras ilusiones, no ha recobrado la fe en el porvenir y en el esfuerzo propio y con la fe en las cosas y en sí mismo, la alegre acep-