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Evaristo Carriego.

Lo custodia el Misterio, y lleva en sus arterias
inoculado un virus de sórdidas miserias;

no hay que temer la lepra que roë los abyectos:
quizá es peor la higiene de los limpios perfectos.

Efigien su nobleza también los infelices:
¡Blasón de los harapos, lis de las cicatrices!

Lidiemos en la justa de todos los rencores-
insignias de los bravos modernos luchadores!

Para esperarte, amigo, después de la contienda,
aunque sea en el yermo yo plantaré mi tienda.

Te envío, pues, mis versos, mis versos torturados,
como flores amargas de jardines violados...

¡Y sean mis estrofas los heraldos cordiales
de una lírica tropa de poemas triunfales!