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En esto tomando la palabra, replicó Glaucon, paréceme que á estos hombres no les dais vianda ninguna que comer. Vos teneis razon, le dixe yo: habiaseme olvidado que ellos tendrian por vianda, sal, aceytunas, queso y cebollas, y la hortaliza y legumbres, que son los guisados del campo. Tampoco quiero privarles de los postres de higos, garbanzos, habas, bellotas y nueces del mirto, que tostarán al fuego y se las comerán bebiendo con moderacion. Y pasando así la vida llenos de alegria y de salud, llegarán, como es regular, á una extremada vejéz, y dexarán á sus hijos herederos de su felicidad. Glauc. Si hubieseis, Sócrates, formado una sociedad de cerdos, los alimentariais de otro modo? Soc. Pues qué es lo que se debe hacer, mi amado Glaucon? Glauc. Lo que comunmente se hace. Si quereis que vivan á gusto, hacedles comer en mesa, echados sobre sofaes, sirviendoles los platos que están en uso hoy dia. Soc. Muy bien; os entiendo. Parece que no buscamos ahora simplemente el orígen de una ciudad, sino el de una ciudad que rebose en regalos. Acaso no haremos mal en considerar tambien esto: podriamos muy bien descubrir por este camino de dónde nacen en la sociedad la justicia y la injusticia. Aunque sea lo que fuese, la verdadera ciudad, en mi sentir, es la que acabamos de describir, como á ciudad sana. Si quereis ahora que echemos la vista sobre la ciudad enferma y llena de humores, nada nos lo