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de sus placeres. Por el contrario, á un jóven educado en una feliz sencillez, le incitan los primeros movimientos de la naturaleza á las pasiones tiernas y afectuosas: su corazon compasivo se conmueve por las penas de sus semejantes; se estremece de alegria cuando vuelve á ver á su compañero; sus ojos saben verter lágrimas de ternura; es sensible á la vergüenza de desagradar, y al dolor de haber ofendido. Si el ardor de una sangre que se inflama le hace vivo, arrebatado y colérico, un momento despues se vé toda la bondad de su corazon en la efusion de su arrepentimiento; llora, gime sobre la herida que ha hecho, y querria al precio de su sangre rescatar la que ha vertido: todo su arrebato se estingue, toda su fiereza se humilla ante la conciencia de su furor; si él es el ofendido, le desarma una sola palabra: perdona los agravios que le hacen, de tan buena gana como repara los suyos. No es la adolescencia la edad de la venganza ni del odio, es la de la conmiseracion, de la clemencia, de la generosidad. Sí, lo sostengo, y no temo ser desmentido por la esperiencia: un niño que no es de mala índole, y que ha, conservado su inocencia