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encarnación del mundo creador. "Lo tenían por creador de las cosas y causa de ellas." Símbolo del Sol era el Águila, tanto que sus nombres místicos incluyen siempre al de esta ave. Cuahuahtlehuaniti es el "Águila que remonta el vuelo", Cuauhtémoc es el "Águila que está bajando", nombre del Sol que del cenit cae hacia el poniente. Cuauhcalil es la "Casa del Águila y de sus servidores especiales", llamada también Cuauhnochtii. Y los que iban a la casa del Sol en su mansión real eran los 99 moradores de la tierra del Águila", o sea Cuauhtecati, Cuauhteca.

Quizá jamás pueda saberse el origen de estas concepciones, pero deben ser sumamente antiguas. En todos los documentos que recogen informaciones arcaicas hallamos ya referencias al mismo complejo de ideas.

En la página 210 de la misma obra leemos: "Resumiendo en las líneas anteriores, lo que juzgo más necesario para la apreciación de los 'Cantos del Águila', vamos a estudiar varios de los temas que en ellos se desenvuelven. Más que en otro género relata aquí el complejo de las ideas religiosas. Un estudio total de tantos poemas como al respecto tenemos, nos daría la información de la 'cooperativa de los amigos del Sol para la conservación de la vida universal'. Es decir, el meollo mismo de las doctrinas de la religión de México..."

La maestra "Laurette Séjourné en su libro “Pensamiento y religión en el México antiguo”, página 121, nos dice: "¿Pero es necesario después de lo que nos han enseñado los mitos, que sólo quemando la materia es liberada la partícula divina? El mensaje de Quetzalcóatl no dice otra cosa. Hemos visto que el alma individual se desprende del cuerpo incinerado del rey del Tollan y que de las cenizas del anciano ulceroso es de donde emerge el alma cósmica. Esas narraciones, por otra parte, han indicado suficientemente que el fuego liberador es el del sacrificio y de la penitencia; y se sabe que la institución del sacerdocio no tenía otro fin que la enseñanza de las prácticas que conducían al desprendimiento de la condición terrestre. Es entonces probable que el trofeo que perseguía el guerrero de la “batalla florida” no era otro que su propia alma”.

El fuego interno fue la obra que vino a "rescatar" a muchos lectores, quienes después de "Relatos de poder", editada en 1974 y hasta la aparición de "El fuego Interno", editada en 1984, habíamos caído en mayores confusiones que las del propio Castaneda.

Seguir la obra a través de cada aparición, desde luego que fue un reto para el lector; ahora es más fácil tener los nueve libres a la mano y leerlos uno detrás de otro o, inclusive, hasta escoger el orden que uno crea conveniente. Iniciaremos ahora nuestro análisis de El fuego interno.

INTRODUCCIÓN

El autor relata que en los últimos quince años ha estado escribiendo sobre las experiencias de ser un aprendiz de la Toltequidad, el antiquísimo conocimiento que se dividía en tres partes: el estar consciente de ser, el acecho y el intento. Aclara que él y sus compañeros no son brujos sino "videntes" y que la obra tratará sobre la maestría del estar

consciente. Menciona, a su vez, que ellos pertenecen a un nuevo ciclo de la Toltequidad y que son "guerreros de la libertad total" que buscan cumplir, escrupulosa e impecablemente, todas las complejas prácticas que requieren de disciplina y un tremendo esfuerzo y que, si logran culminarla, se consumen con un fuego interno que les hace desaparecer de este mundo, libres y sin dejar huella alguna.

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