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pecies íntimamente próximas, descubrimos generalmente en cada raza doméstica, como ya lo he notado, ménos uniformidad de carácter que en las verdaderas especies. Las razas domésticas tienen con frecuencia un carácter algun tanto monstruoso; por lo cual entiendo que, aunque se diferencian unas de otras y de las demas especies del mismo género en algunos rasgos insignificantes, difieren á menudo en un grado extremo en algun punto cuando se las compara unas con otras, y más especialmente cuando se las compara con la especie en estado natural de la que son más próximas. Con estas excepciones (y con la de la perfecta fertilidad de las variedades cuando se cruzan, asunto que más adelante discutiremos), las razas domésticas de la misma especie se diferencian entre sí del mismo modo que las especies muy próximas del mismo género en un estado natural; pero las diferencias en los más casos son en menor grado. Y esto es tan cierto, que las razas domésticas de muchos animales y plantas han sido colocadas por algunos jueces competentes como descendientes de distintas especies primitivas, y por otros jueces competentes como variedades. Si existiera alguna distincion bien marcada entre una raza doméstica y una especie, este manantial de duda no estaria corriendo tan perpetuamente. Se ha dicho á menudo que las razas domésticas no se diferencian entre sí en caracteres de valor genérico. Puede demostrarse que tal cosa no es exacta; pero los naturalistas varian mucho en la determinacion de cuáles son los caracteres de valor genérico, siendo hasta ahora empíricas todas las apreciaciones sobre este punto. Cuando se explique cómo se originan los géneros en la naturaleza, se verá que no tenemos derecho á esperar muchas veces encontrar suma genérica de diferencias en nuestras razas domésticas.

Al intentar apreciar la suma de diferencias constitucionales entre razas domésticas próximas, pronto quedamos envueltos en la duda, por no saber si son descendientes de una ó de várias especies madres. Este punto, si pudiera aclararse, sería interesante. Si, por ejemplo, pudiera demostrarse que el galgo, el podenco, zorrero, sabueso y alano, que todos sabemos propagan su tipo fielmente, fuesen el producto de una sola especie, hechos semejantes tendrian gran peso para hacernos dudar de la inmutabilidad de las muchas especies naturales estre-