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se ve obligado á confesar que tienen un lado especioso y que encuentran su justificacion hasta cierto punto en los fenómenos sensibles. El error, segun él, de todos los filósofos que han profesado el escepticismo en este concepto, nace de haberse fijado sólo en los objetos sensibles. Y asi, Anaxágoras y Demócrito, viendo que las mismas cosas producen los contrarios, y no profesando otro principio superior al de la materia, han reconocido naturalmente la existencia simultánea de los contrarios en los mismos séres, porque no llegaron á conocer la distincion entre la potencia y el acto, sin la cual no puede explicarse la produccion y la destrucción. Los contrarios existen realmente en el mismo sér, pero no existen en acto porque es de toda necesidad que uno de los contrarios sólo exista en potencia. La apariencia de los objetos sensibles condujo á Demócrito, á Parménides, á Anaxágoras y á Protágoras á creer que las opiniones de cada hombre son la medida de la verdad. Los juicios humanos varian al infinito segun los diversos individuos; varían en el mismo hombre segun las circunstancias, y en medio de esta diversidad de opiniones, ¿dónde está la verdad? Únanse á estas consideraciones las que se deducen de las trasformaciones incesantes de los séres, del movimiento de todas las cosas, y esta preocupacion os podrá conducir hasta la opinion expresada por Heráclito y por su discípulo Cratilo; á saber, que no pudiendo haber conocimiento alguno de lo que es esencialmente variable, el hombre no puede afirmar nada, so pena de caer en el absoluto y perpetuo error.

Aristóteles responde á todos estos filósofos, que sólo han tenido en cuenta el mundo terrestre, y que aun cuando sus conclusiones fueran verdaderas con relacion á este mundo, el hombre puede todavía encontrar la certidumbre en regiones más elevadas, y que, despreciando el testimonio de los sentidos, podria aprovechar el testimonio de las demas facultades:

«Este espacio que nos rodea, dice, mansion de los objetos sensibles, y el » único que está sometido á las leyes de la produccion y de la destruccion, »es, por decirlo así, una porcion nula del universo. De suerte que hubiera »sido más justo absolver este bajo mundo en gracia del mundo celeste, que » no condenar el mundo celeste en obsequio del primero[1].» Pero sin atacar á estos filósofos desde un punto de vista que no es el suyo, consiente en encerrarse en el circulo estrecho en que han circunserito sus indagaciones, admitiendo por un momento con ellos, que el conocimiento sólo recae sobre los objetos sensibles.

No es cierto, áun dentro de esta hipótesis, que todas las apariencias sean verdaderas, porque una cosa existe ó no existe, y no varia segun la opinion que se forme de ella. Si hay disidencia, diversidad de juicios ó de gustos, esto nace del hombre y no de las cosas mismas. No se niega la existencia de la luz porque haya ciegos; ni es más fundado admitir la opinion de un enfermo ó de un hombre de gusto pervertido, si se trata de


  1. Metaf. iv, 6.