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y no veo ninguna persona, cuyo auxilio pueda serme más útil que el tuyo. Rehusando algo á un hombre tal como tú, temeria mucho más ser criticado por los sabios, que el serlo por el vulgo y por los ignorantes, concediéndotelo todo. A este discurso Sócrates me respondió con su ironía habitual:

—Mi querido Alcibiades, si lo que dices de mí es exacto; si, en efecto, tengo el poder de hacerte mejor, en verdad no me pareces inhábil, y has descubierto en mí una belleza maravillosa y muy superior á la tuya. En este concepto, queriendo unirte á mí y cambiar tu belleza por la mia, tienes trazas de comprender muy bien tus intereses; puesto que en lugar de la apariencia de lo bello quieres adquirir la realidad y darme cobre por oro[1]. Pero, buen jóven, míralo más de cerca, no sea que te engañes sobre lo que yo valgo. Los ojos del espíritu no comienzan á hacerse previsores hasta que los del cuerpo se debilitan, y tú no has llegado aún á este caso.

—Tal es mi opinion, Sócrates, repuse yo; nada he dicho que no lo haya pensado, y á tí te toca tomar la resolucion que te parezca más conveniente para tí y para mí.

—Bien, respondió, lo pensaremos, y haremos lo más conveniente para ambos, así sobre este punto como sobre todo lo demás.

—Despues de este diálogo, creí que el tiro que yo le habia dirigido habia dado en el blanco. Sin darle tiempo para añadir una palabra, me levanté envuelto en esta capa que me veis, porque era en invierno, me ingerí debajo del gastado capote de este hombre, y abrazado á tan divino y maravilloso personaje pasé junto á él la noche entera. En todo lo que llevo dicho, Sócrates, creo que no me desmentirás. ¡Y bien! despues de tales tentativas permaneció insensible, y no ha tenido más que desden y des-


  1. Locucion proverbial que hace alusion al cambio de armas entre Diomedes y Glauco en la Iliada, l. VI, v. 236.