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—Aristófanes respondió: ha cesado, en efecto, y sólo lo achaco al estornudo; y me admira que para restablecer el órden en la economía del cuerpo haya necesidad de un movimiento como éste, acompañado de ruidos y agitaciones ridículas; porque realmente el estornudo ha hecho cesar el hipo sobre la marcha.

—Mira lo que haces, mi querido Aristófanes, dijo Eriximaco, estás á punto de hablar, y parece que te burlas á mi costa; pues cuando podias discurrir en paz, me precisas á que te vigile, para ver si dices algo que se preste á la risa.

—Tienes razon Eriximaco, respondió Aristófanes sonriéndose. Haz cuenta que no he dicho nada, y no hay necesidad de que me vigiles, porque temo, no el hacer reir con mi discurso, de lo que se alegraria mi musa para la que seria un triunfo, sino el decir cosas ridículas.

—Despues de lanzar la flecha, replicó Eriximaco, ¿crees que te puedes escapar? Fíjate bien en lo que vas á decir, Aristófanes, y habla como si tuvieras que dar cuenta de cada una de tus palabras. Quizá, si me parece del caso, trataré con indulgencia.

—Sea lo que quiera, Eriximaco, me propongo tratar el asunto de una manera distinta que lo habeis hecho Pausanias y tú.

—«Figúraseme, que hasta ahora los hombres han ignorado enteramente el poder del Amor; porque si lo conociesen, le levantarian templos y altares magníficos, y le ofrecerian suntuosos sacrificios, y nada de esto se hace, aunque seria muy conveniente; porque entre todos los dioses él es el que derrama más beneficios sobre los homres, como que es su protector y su médico, y los cura de los males que impiden al género humano llegar á la cumbre de la felicidad. Voy á intentar daros á conocer el poder del Amor, y queda á vuestro cargo enseñar á los demás lo que aprendais de mí. Pero es preciso comenzar por