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hubieseis tenido un tanto de paciencia, mi muerte venia de suyo, y hubieseis conseguido vuestro objeto, porque ya veis que en la edad que tengo estoy bien cerca de la muerte. No digo esto por todos los jueces, sino tan sólo por los que me han condenado á muerte, y á ellos es á quienes me dirijo. ¿Creeis que yo hubiera sido condenado, si no hubiera reparado en los medios para defenderme? ¿Creeis que me hubieran faltado palabras insinuantes y persuasivas? No son las palabras, atenienses, las que me han faltado; es la impudencia de no haberos dicho cosas que hubierais gustado mucho de oir. Hubiera sido para vosotros una gran satisfaccion haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás bajezas que estais viendo todos los dias en los acusados. Pero en medio del peligro, no he creido que debia rebajarme á un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y despues de vuestra sentencia no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero más morir despues de haberme defendido como me he defendido, que vivir por haberme arrastrado ante vosotros. Ni en los tribunales de justicia, ni en medio de la guerra, debe el hombre honrado salvar su vida por tales medios. Sucede muchas veces en los combates, que se puede salvar la vida muy fácilmente, arrojando las armas y pidiendo cuartel al enemigo, y lo mismo sucede en todos los demás peligros; hay mil expedientes para evitar la muerte; cuando está uno en posicion de poder decirlo todo ó hacerlo todo. ¡Ah! Atenienses, no es lo difícil evitar la muerte; lo es mucho más evitar la deshonra, que marcha más ligera que la muerte. Esta es la razon, porque, viejo y pesado como estoy, me he dejado llevar por la más pesada de las dos, la muerte mientras que la más ligera, el crímen, esta adherida á mis acusadores, que tienen vigor y ligereza. Yo voy á sufrir la muerte, á la que me habeis condenado, pero ellos sufrirán la iniquidad y la infamia á que la ver-