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No, sin duda.

¡Qué trabajo ha costado arrancarte esta confesion! Al cabo respondes, pero es preciso que los jueces te fuercen á ello. Dices que reconozco y enseño cosas propias de los demonios? Ya sean viejas ó nuevas, siempre es cierto por tu voto propio, que yo creo en cosas tocantes á los demonios, y así lo has jurado en tu acusacion. Si creo en cosas demoniacas, necesariamente creo en los demonios; no es así? Sí, sin duda; porque tomo tu silencio por un consentimiento. Y estos demonios no estamos convencidos de que son dioses ó hijos de dioses? ¿Es así, sí ó nó?

Sí.

Por consiguiente, puesto que yo creo en los demonios, segun tu misma confesion, y que los demonios son dioses, hé aquí la prueba de lo que yo decia, de que tú nos proponias enigmas para divertirte á mis expensas, diciendo que no creo en los dioses, y que, sin embargo, creo en los dioses, puesto que creo en los demonios. Y si los demonios son hijos de los dioses, hijos bastardos, si se quiere, puesto que se dice que han sido habidos de ninfas ó de otros séres mortales, ¿quién es el hombre que pueda creer que hay hijos de dioses, y que no hay dioses? Esto es tan absurdo como creer que hay mulos nacidos de caballos y asnos, y que no hay caballos ni asnos. Así, Melito, no puede ménos de que hayas intentado esta acusacion contra mí, por sólo probarme, y á falta de pretexto legítimo, por arrastrarme ante el tribunal; porque á nadie que tenga sentido comun puedes persuadir jamás de que el hombre que cree que hay cosas concernientes á los dioses y á los demonios, pueda creer,

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