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te? Estimas infinitamente más tu alma que tu cuerpo, y estás persuadido de que de ella depende tu felicidad ó tu desgracia, segun que está bien ó mal predispuesta; y sin embargo, cuando se trata de su salud, no pides consejo ni á tu padre, ni á tu hermano, ni á ninguno de nosotros que somos tus amigos; ni tomas un solo momento para deliberar si debes entregarte á un extranjero que acaba de llegar; si no que, sin más que saber ayer tarde y bien tarde su llegada, vienes al dia siguiente, antes de rayar el alba, para ponerte sin dudar en sus manos, y con la firme resolucion de gastar para ello no sólo tu fortuna, sino tambien la de tus amigos. Este es negocio concluido; es preciso entregarse á Protágoras, á quien no conoces, como tú mismo lo confiesas, y á quien jamás has hablado; sólo sabes que es un sofista, y vas á abandonarte en sus manos, ignorando al mismo tiempo lo que es un sofista. —Lo que me dices es muy cierto, Sócrates; tienes razon. —No adviertes, Hipócrates, que el sofista es un mercader de todas las cosas de que se alimenta el alma? —Así me parece, Sócrates, me dijo. ¿Pero cuáles son las cosas de que se alimenta el alma? —Son las ciencias, le respondí. Pero, mi querido amigo, es preciso estar muy en guardia con el sofista, no sea que, á fuerza de ponderarnos sus mercancías, nos engañe, como hacen los que nos venden las cosas necesarias para el alimento del cuer-! po; porque éstos últimos, sin saber si los géneros que ponen en venta son buenos ó malos para la salud, los alaban excesivamente para salir lo más pronto posible de ellos, sin que los que los compran los conozcan mejor, á ménos que el comprador sea algun médico ó algun maestro de palestra. Lo mismo sucede con estos mercaderes, que van por las ciudades vendiendo su ciencia á los que desean adquirirla, y alaban indiferentemente todo lo que venden. Puede suceder que la mayor parte de ellos ignoren. si lo que venden es bueno ó malo para el alma, y que