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LIGEIA

eran, con gran sorpresa de mi parte, más enérgicas aún que las mias propias. Había habido mucho en su severa naturaleza para imprimirme la creencia de que, para ella, la muerte debía llegarle sin el acompañamiento de sus terrores; pero no fue asi.

Las palabras son impotentes para participar una justa idea de la ferocidad de resistencia con que luchaba con la sombra. Yo gemía angustiosamente ante el horroroso espectáculo. Yo habría calmado, habría razonado pero en la intensidad de su salvaje deseo por la vida, por la vida, por nada más que por la vida, consuelo y razón hubiera sido la mayor de las locuras.

No obstante, ni aun en el último momento, ni aun entre las más convulsivas contorsiones de su espíritu impetuoso, desapareció la externa placidez de su aspecto. Su voz se hacía más suave, más tenue, y yo evitaba el meditar sobre el significado extraño de sus palabras, tan tranquilamente pronunciadas. Mi cerebro se turbaba mientras oía, arrobado, una melodía más que morlal; suposiciones y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

Que me amaba, no podía haber dudado; y habría debido presumir fácilmente que, en un corazón como el suyo, el amor no podía haber reinado como una ordinaria pasión. Pero al aproximarse su muerte, fué cuando comprendí por completo hasta dónde llegaba la fuerza de su cariño. Durante largas horas, con mis manos entre las suyas, derramaba delante de mí la rebosante riqueza de un pecho, cuya más que apasionada abnegación era una idolatría. ¿Cómo había yo merecido ser bendecido con aquellas confesiones? ¿Cómo había yo merecido ser maldecido con la partida