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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

sufrido esto, si no aprobado, por aquellos disolutos. Pero el desconocido había llevado su imprudencia hasta representar á la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban salpicadas de sangre, y su ancha frente, así como los rasgos de la cara, estaban rociados con el horrible color escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que, con pausado y solemne mo­vimiento, como para sostener mejor su rol, se pavoneaba aquí y allá entre los valsadores) se le vió convulso; en el primer instante con un largo estremecimiento de terror ó disgusto; pero en el siguiente, su frente se enrojeció de rabia.

— ¿Quién se atreve? preguntó roncamente á los cortesanos que estaban á su lado — ¿quién se atreve á insultarnos con esta burla blasfema? Prendedle y qui­tadle el antifaz; ¡que sepamos á quién tenemos que colgar mañana de las almenas!

Cuando el príncipe Próspero pronunció estas palabras, estaba en el cuarto occidental ó azul. Resonaron á través de las siete habitaciones, alta y claramente, porque el príncipe era un hombre intrépido y robusto, y la música había callado á una señal de su mano.

Era en el cuarto azul dónde estaba el príncipe con un grupo de pálidos cortesanos á su lado. Al principio, cuando habló, hubo en el grupo un pequeño movimiento en dirección al intruso, que se hallaba cerca en ese instante, pero que, entonces, con paso lento é impo­nente se aproximaba cada vez más al príncipe. Pero á causa de un cierto temor sin nombre que el fantástico aspecto del desconocido había inspirado á la concurrencía, no hubo uno solo que adelantara la mano para